EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
Portada de la
Edición Aniversaria

Angela Zago
Periodista


Editorial
Notitarde
C.A.


El lado oscuro

En 1963 me gradué de bachiller; para entonces era una militante sectaria, cerrada y dogmática de la Juventud Comunista. Estaba segura de que sólo mis camaradas tenían la verdad y que ningún otro joven de entonces merecía ni mi amistad, ni mi amor. Aun así, el grupo de estudiantes con los cuales compartía el aula de clase de aquel último año de bachillerato estaba compuesto en un alto porcentaje por copeyanos y adecos. La hija del entonces ministro de Relaciones Interiores, Mery Dubuc, y el hijo de un importante dirigente adeco, Alberto Federico Ravell, eran mis compañeros de clases. La mayoría de las muchachas se confesaban socialcristianas y por supuesto creían en Dios, la Virgen y todos los santos. Era lógico que así sucediera: mis compañeros de sesión estudiaban por primera vez en un colegio público y las niñas de las cuales hablo procedían de un colegio de monjas que no contaba con los dos últimos años de educación media. Pero yo era comunista, más que comunista: dirigente de la Juventud Comunista del Buró Local de Estudiantes que dependía a su vez de la dirección local de Petare. Además -para entonces- ya formaba parte del Frente de Liberación Nacional y de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. En mi mundo clandestino, el sueño fundamental era participar en estas agrupaciones que significa dar el todo por el todo, por la revolución y los cambios a favor del pueblo. Me sentía que tenía el futuro por delante y que estaba dentro de la utopía: algún día conocería a los guerrilleros.

Ésa era la situación cuando se presentó en mi grupo estudiantil la posibilidad de decidir cuál sería el anillo de graduación y qué inscripción llevaría. De plano me negué a participar de tal conversación "vacía y pequeño burgués". Como justificación dije que simplemente yo no me compraría el anillo, traté de no darle importancia a semejante tontería. Unos quince días después llegué a mi clase y fui sorprendida con un hermoso anillo de graduación comprado con el dinero de mis compañeros comunistas, adecos y copeyanos. Ellos habían recogido ese capital de su merienda diaria para obsequiarme aquel regalo inesperado y sin pretenderlo me ofrecieron ese día una lección de tolerancia política y sentir democrático. Por supuesto yo no entendía semejante acto, sobre todo cuando supe que la idea procedía de la hija del conocido ministro, enemigo cierto de mi pensamiento político y seguro jefe de la represión contra mis camaradas. Aun así, llevé con orgullo ese objeto y nunca olvidé aquel momento; más aun cuando en el acto de graduación fui recibida por un aplauso ruidoso que me acompañó hasta el lugar donde me entregaron el diploma. La directora del liceo me murmuró: "Zago, como que trajiste barra"; "sólo están mi mamá y mi tía" -respondí-. ¿Cómo explicarle que tanto mis amigos de la Juventud Comunista como aquellos que formaban parte del mundo político "enemigo" se olvidaron de discusiones y separaciones para simplemente ser lo que somos: unas personas maravillosas que no tienen espacio en sus corazones para guardar odios, separaciones, diferencias?

Pasé años en la lucha armada y conocí de los atropellos, las muertes y torturas de aquellos años. Pero, de esos tiempos, también recuerdo el acto gallardo de uno de mis camaradas, que luego de una acción de combate donde murieron varios soldados se acercó a los heridos, los colocó en el jeep, encendió el vehículo y le señaló al conductor: "Tiene el campamento a pocos kilómetros de acá, puede llegar; lamento lo sucedido, nuestra guerra no es contra usted". El soldado atinó a contestar: "Sí, caballero".

La lucha armada fue desarticulada por el Buró del Partido Comunista de Venezuela debido a los acuerdos a que la Unión Soviética había llegado con Estados Unidos de Norteamérica. A nosotros, a los guerrilleros de entonces, no nos preguntaron nuestra opinión y si la preguntaron no la tomaron en cuenta, simplemente nos dejaron a la buena de Dios. Volví a mi ciudad y reinicié mi vida cotidiana donde convivía con personas de otros sectores políticos. Nunca nadie me ofendió por mis ideas. Nadie me gritó en la calle, ni me señaló, tampoco observaron cuál era mi clase social. Caminé por barrios pobres, me reuní con la clase media y alta, discutí acerca de los sucesos ocurridos en las guerrillas. Escribí un libro en contra de las perversiones del sistema y de las vilezas de la política: nadie me señaló, ni gritó, ni golpeó. En 1968 fue invadida Checoslovaquia y a partir de esa primavera se inició el conocimiento sobre la vergonzosa realidad de lo que ocurría en los países socialistas. Supimos de las atrocidades realizadas en nombre de la defensa de los débiles y nos avergonzamos. Entendimos que no se debe creer jamás en conductores o dirigentes que digan tener el conocimiento y la certidumbre por encima de los demás seres humanos; mucho menos en partidos únicos que otorgan a su dirección el poder sobre la sociedad donde se instalan. No existe ningún hombre o mujer que posea el dogma, ni tan sólo Dios. Esta breve historia pertenece al pasado, pasado que no olvidamos y del cual no nos arrepentimos, pero que entendemos. Por años hemos luchado contra gobiernos corruptos, incapaces y que pensamos eran los responsables de todos los males que abatían a nuestro país. La bandera de los pobres también nos ha envuelto y en lo posible hemos querido que nuestra sociedad cambie de tal forma que vivamos en un país desarrollado donde los que menos tienen puedan obtener recursos y vivir mejor.

Hoy nuestro país está inmerso en una pesadilla inexplicable; cuando pensábamos que al final se realizaría un proceso a favor de la mayoría de la población venezolana, en el entendido de que nuestro pueblo había sobrepasado todos los retos que dirigente alguno le había ofrecido, un señor que tuvo la oportunidad de fortalecer nuestras instituciones, de separar los poderes y comprender que sólo podía ser un agente transformador, creyó que nuestras almas le pertenecían. Lanzó rayos, centellas y llamas sobre la concordia de nuestro pueblo y a esto lo llamó revolución. Utilizó la imagen, los cantos y las emociones de los desposeídos y sin darles nada a cambio sino el verbo cargado de odio, logró imponer la filosofía del rencor, el desprecio, la ira, el enconamiento, el desamor, la envidia, la enemistad.

Nunca sabremos por qué actuó de esta manera; este secreto personal se lo llevará a la tumba.

Después de los sucesos que ocurrieron en nuestro país entre el 11 al 14 de abril casi logra que también nosotros nos pasemos al lado oscuro y que Darth Vader triunfe. He luchado contra estos sentimientos, he oído en la voz de uno de mis hijos a Obi - Wan Kenobi. He tratado de dejarme acompañar por Luke Skywalker y la princesa Leia Organa. He querido oír a Yoda, pero les juro que la voz y el llanto de quienes cobardemente fueron asesinados durante una de las más hermosas marchas a las cuales he concurrido, me acercan cada vez más a Darth Vader. Por ello y en nombre de mis hijos, les pido, amigos, que tendamos la mano de la esperanza y estemos convencidos de que aún tenemos caminos comunes, cielo despejado y la filosofía del ultraje y la mentira no cubrirá nuestra tierra.

La transformación de una sociedad se hace con la participación de todos los componentes de esa sociedad. Aquí no había necesidad de enfrentar a nadie. El señor Chávez Frías tuvo para 1999 todas las oportunidades que ningún otro dirigente venezolano ha tenido y, sin explicación y sin necesidad, acudió a una política de separaciones, descalificaciones y odios. Es falso que en Venezuela existieran odios de clases sociales. En nuestro país existe un altísimo porcentaje de pobreza acumulado durante años de malos gobiernos, eso es cierto y contra esta situación fue que nos unimos, pero también es cierto que para principio y la totalidad del primer año de gobierno, sectores de clase media, industriales, medios de comunicación, la Iglesia, las organizaciones no gubernamentales e incluso los grupos de oposición de los viejos partidos tenían una disposición, una necesidad de que existieran reales cambios. Cambios, por cierto, que forman parte de una cierta aspiración de muchos de nosotros. Por largos años hemos luchado por lograr un país donde la calidad de vida de los más pobres mejore, y podamos volver a aquellos años donde fuimos la nación de mayor movilidad social del mundo. Este sueño no es bandera de un sector limitado, mucho menos de quienes hoy acompañan a Chávez Frías en su gobierno. Las transformaciones que los jóvenes de los años sesenta queríamos estaban enmarcadas en un extraordinario sentido de amor a la gente. êramos unos ilusos que pensábamos y vivíamos el sueño de un mundo socialista que lamentablemente se derrumbó: no lo tumbaron ni golpes, ni invasiones, ni agresiones del mundo capitalista: La Unión Soviética, junto a la Alemania Oriental, conjuntamente con Cuba han mostrado al mundo cuál era y es la verdad de un sistema que no cree en las personas, sino que se basa en dogmas y la fidelidad a dirigentes mesiánicos que son tan comunes como cualquiera de nosotros y cometieron -y cometen- errores terribles en nombre de otros seres humanos. Fueron y son crueles. Asesinaron, vejaron, torturaron, fusilaron, acallaron las voces de los otros seres humanos y todo lo hicieron en nombre de los pobres, de los más humildes.

Precisamente por la utilización que hacen de las necesidades y angustias de los sectores más necesitados, sus acciones son aun más graves, más dañinas para el mundo. No creo que este sistema donde vivo es el mejor del mundo, pero estoy segura de que pudimos construir una democracia con instituciones bien construidas que pudieran desarrollarse independientemente de quien las dirija. Creo que el pueblo venezolano no merecía que en vez de solucionarle sus problemas se le brindara la alternativa de sentir odio o ira contra quienes viven mejor. Siempre la proposición fue lograr que los de abajo alcanzaran metas de buena vida, pero ¿quién ha dicho que se quería lograr la separación, el odio? Nunca he jugado a semejante proposición, hasta donde sé las bajas pasiones sólo han traído derrotas, miserias, tristezas, muerte. ¿Qué culpa tenemos nosotros de los resentimientos personales y falta de amor de una persona que debería amar al mundo porque sin grandes esfuerzos obtuvo una oportunidad histórica que no se le ha presentado a dirigente alguno?

Volvamos por unos minutos a enero de 1999 y veamos el mundo que se nos presentaba: estaba servido todo para hacer por lo menos un buen gobierno, se podían realizar milagros sociales, transformaciones válidas, ayudar de verdad a nuestra gente. Qué dolor! Qué tristeza! Qué desgracia! Qué maldición! Iniciamos lo que pensamos sería la reconstrucción del país. El sueño de una Asamblea Nacional Constituyente nos pertenecía antes de 1989. Un grupo importante de hombres y mujeres cuestionábamos la situación política y social que vivía nuestra nación; pensamos que una Asamblea Nacional Constituyente serviría para organizar la plataforma jurídica política que necesitábamos. Se trataba de lograr que las instituciones fueran tan fuertes que ningún cambio político electoral las tocara, de eso se trataba. Poderes independientes, gente comprometida con la sociedad y no con grupos políticos. Cuando asistimos a formar parte de la Comisión Presidencial Constituyente, fuimos llenos de ilusiones con la seguridad de que al fin el país tendría la oportunidad de iniciar esta construcción que tanto anhelamos. Bastaron unos meses para entender que definitivamente, en Miraflores, parece que se instala y desarrolla una perversa hiedra venenosa que al estilo de aquella que exhalaba un veneno envuelto en perfume en una pésima película de Batman y Robin, vierte el veneno de la codicia, el aislamiento, la corrupción y el olvido. Hoy podemos agregar que esta vez también vertió la rabia, la grosería, el odio, la ineficiencia, la división y la desesperanza.

Quienes estamos fuera, recibimos el aire no contaminado de la necesaria lucha: el orgullo de andar la calle porque es ahí nuestro lugar. Hoy estamos seguros de la disposición de defender y proteger nuestra Constitución. Con ella como base formaremos los ciudadanos y las ciudadanas que necesitamos para, ahora y en un futuro cercano, construir ese país que todos y todas queremos. Entendemos que el hilo constitucional está roto y no precisamente por los oficiales que se negaron a asesinar masivamente a una marcha de la calidad de la que realizamos el 11 de abril. El sector oficialista sabe claramente que en las más altas esferas del gobierno se planificó, organizó y operó una acción de genocidio en contra de nuestras familias que, creyendo que funcionaba cierta tolerancia democrática, se fueron a la calle -como de hecho lo han hecho en otros países gente como nosotros- para pedir a un presidente que se vaya. Si antes del 11 de abril estábamos seguros de nuestra proposición constitucional, hoy tenemos aun más motivos para asegurar que el Gobierno venezolano -incluyendo los poderes públicos- viola sistemática y públicamente la Constitución. Por ello apelamos al deber que establece el artículo 333 y al derecho que nos otorga el 350 para, en forma oficial, pública y legal desconocer a una autoridad que viola la Constitución Bolivariana de Venezuela. En voz alta decimos: desconocemos a Hugo Chávez Frías como presidente de nuestro país y lo hacemos para restituir el hilo constitucional y proteger nuestra Constitución.

Y, sí: maldito el soldado que utiliza su arma contra el pueblo.

 

 

 

 



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