EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
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Edición Aniversaria

Elías Pino Iturrieta
Miembro de la Academia de la Historia Director de Historia de la Ucab


Editorial
Notitarde
C.A.


Las quebraduras y las tablillas de Venezuela

No hay que llenar un tortuoso rompecabezas para encontrar la clave capaz de explicar el desencuentro que distingue al país de nuestros días, para localizar la razón de los fragmentos dispersos en un paisaje que cada vez se hace más difícil de visitar. El erizamiento del ambiente remite a la desatención que ha distinguido a los regímenes de la historia contemporánea, pero también a la sociedad toda, ante el problema capital de la pobreza que agobia a la mayoría de los venezolanos. La comarca que desde el período del descubrimiento de América se ha proclamado como "el paraíso terrenal", como la "tierra de gracia" capaz de recibir generosamente al conquistador europeo, como "la república de las maravillas" divulgada por Bolívar en los papeles de la Independencia, anunciaciones todas que encuentran ratificación cuando comienza la explotación comercial del petróleo, a partir de la segunda década del siglo XX, ha producido, según la mayoría de los analistas, la paradoja de la miseria en el regazo de la abundancia.

Sobre el primer elemento no puede admitirse discusión. La sociedad que ha recibido los beneficios de la industria extractiva, terminó por desembocar en cuadros dantescos de pobreza. La alternativa de la opulencia se ha detenido en escasos puntos del mapa o, más bien, en las contadas habitaciones y empresas de una estadística mínima de individuos. La rutina de la clase media, tan resistente en el pasado a los vaivenes de la fortuna, se viene aproximando aceleradamente a situaciones de estrechez y de ausencia de confort. Los jóvenes habituados a ganarse la vida y a programar sin apremios el desarrollo de sus proyectos particulares, se apresuran a llenar el equipaje para probar suerte en el extranjero, especialmente en los países del ansiado Primer Mundo. Los estratos humildes, cada vez más numerosos y desesperanzados, compiten con los cuadros de harapientos y muertos de hambre que pululan en el vecindario latinoamericano. Es tan abultado el panorama de los fracasados, los quebrados, los desamparados, los hambrientos, los desahuciados, los sin tierra, los sin casa, los enfermos sin asistencia y los pordioseros irredentos, que deben mirarse el cuerpo y las caras de su condena para encontrar la causa medular de un país fracturado.

Pero tales evidencias no deben ocultar la falsedad del otro presupuesto que forma la supuesta paradoja. Acaso, como se ha venido pregonando, ¿es Venezuela un país rico que ha terminado distribuyendo con mezquindad sus posesiones?

 

EL DESLUMBRAMIENTO DE LA MINERIA

y el antiguo discurso de la bonanza, han hecho que nos sintamos protagonistas en un teatro dispuesto a repartir con prodigalidad sus haberes. Basta con que lo pidamos para que el medio ambiente responda con creces. La riqueza nos corresponde a la fuerza, es nuestra por derecho de nacimiento y sólo es cuestión de ponerse en la cola para que a cada cual le toque una providencial y obligatoria cuota de los frutos que la naturaleza guarda en su cofre. Si no nos llega el baño de oro, se debe a que alguien lo ha robado, porque el oro ha estado siempre allí para el servicio colectivo. Los que pierden el tiempo y la paciencia en la cola nacional de herederos de un tesoro perteneciente al común, deben hacer justicia con los políticos que lo han escamoteado, con los privilegiados de siempre que apenas miran por su bienestar, con los corruptos enquistados en la administración y con los partidos políticos dedicados a la depredación. Por allí van los fuegos de la retórica que recoge la versión de una comarca opulenta que ha sufrido la patología histórica de la mala administración y que, por consiguiente, ha fabricado una población desdichada, en lugar de un conglomerado satisfecho y apacible.

¿Qué buscan las personas que así piensan? Un eficaz distribuidor de la riqueza, el hombre fuerte y bueno que se ocupe de las dádivas, el samaritano de limpios sentimientos y decente compañía que levante las bases de un negocio defraudado por los administradores de antaño. Es una danza que cada cierto tiempo bailamos los venezolanos, la única salida que nos atrevemos a avizorar desde la oscuridad del túnel en el cual supuestamente nos ha metido una mala voluntad ajena. La sociedad se aferra a la dirección de un mesías que la lleve a la tierra prometida. Mientras aparece, le achaca a las conductas de los demás el descalabro de su suerte. Si el mesías fracasa, piensa en su nuevo advenimiento en el porvenir.

Pareciera que vivimos dando vueltas en la misma noria desde el principio de los tiempos, y que pretendemos continuar la estéril travesía hasta la consumación de los siglos. Tal vez será así, mientras no revisemos la idea en torno a la riqueza que ha adornado al país y de la cual nos debe tocar un suculento pedazo. Venezuela no ha sido un país rico, ni lo es en la actualidad. Como cualquier república de América Latina, forma parte de una periferia en la cual se ha sembrado la mitología del abundamiento cuando de veras prevalece una realidad antípoda. Ni siquiera en los tiempos del arranque petrolero, durante el gomecismo, se modificó la vida como para que la gente se estrenara en el cenáculo de los países realmente avanzados y acomodados. Hubo una mudanza de pellejo, una metamorfosis en la superficie, para que permaneciera el panorama de penurias y la obligatoria modestia del siglo XIX. Ciertamente ya no fue entonces Venezuela la comarca que vivía de comerciar cueros y café, pero no intentó el experimento de una sociabilidad relacionada con el bálsamo nacido en el subsuelo. Tal bálsamo podía sanar las heridas del pasado, producidas por el escombro que fue el país campesino de las guerras civiles, pero apenas pudo disimularlas.

 

Si Venezuela fue durante la Colonia una de las provincias menos favorecidas por la riqueza mineral, la situación no se despeja más tarde. Apenas en el siglo XVIII juega con buen pie en la ruleta de los lujos lugareños, debido al éxito en los cultivos del café, el cacao y el tabaco, pero más tarde lo que fue deslumbramiento se viste de harapos. La guerra que comienza en 1812 sólo nos deja pobreza, aparte de Independencia. Cuando la nación se separa de Colombia, en 1830, es un agujero sin haciendas, sin talleres, sin comercio, sin oficinas, sin educación, sin legalidad, sin comunicaciones y sin mano de obra. Sólo cuando los precios agrícolas reciben la bendición del mercado europeo, pueden los antepasados sobrevivir en una aceptable medianía. De resto predominan las penurias, aún entre las familias más encumbradas. Es evidente que el petróleo del siglo XX zarandea la situación hasta el extremo de casi hacerla irreconocible, pero entonces el país rico es más una imagen que una evidencia concreta. La mayoría de los venezolanos come su dieta miserable de la pasada centuria, mientras multiplica las lacras de la falta de educación, la enfermedad y la vivienda precaria. La propaganda dice que ya somos ricos, o que continuamos navegando en la antigua riqueza de El Dorado, pero vivimos como pobres debido a que es más la bulla de las voces oficiales que la cabuya de la transformación constructiva.

 

La mole de los rascacielos, la red de autopistas, el advenimiento de la computación y el establecimiento de hábitos urbanos que nos alejan de la ruralidad para concedernos un talante metropolitano, por ejemplo, ocultan la mayor verdad que han tratado de eludir los políticos apoltronados en la cúpula y el pueblo que achaca a la obra del prójimo la causa de su vida desgraciada: sólo puede existir riqueza en Venezuela, una riqueza duradera y consistente, cuando nos pongamos de acuerdo para producirla. El país no será rico, pese a la fantasmagoría de su bonanza, sino cuando exista, por primera vez en su historia, el compromiso compartido de producir y distribuir la riqueza a través del trabajo. Pero del trabajo de todos, sin excepción. Tal es la verdad de Perogrullo que nos hemos empeñado en eludir. ¿Debido a cuál resorte? Si se le arroja esa verdad a los venezolanos en la cara, descubre la existencia de la sociedad parasitaria que hemos sido desde antiguo. El problema radica en que seguramente nadie quiera que lo motejen de parásito, pero tampoco desea que lo pongan a trabajar. La riqueza, observada desde esta perspectiva, deja de ser una corona, o un trofeo que se logra sin competencia por el único hecho de ser venezolanos, para convertirse en un sacrificio tan persistente y arduo como el puerto de felicidad material que se persigue. Es como salir del paraíso en el que se ha vivido de mentirijillas, para internarse voluntariamente en el purgatorio. Menuda mudanza! De allí que prefiramos continuar hablando de una tierra engastada en brillantes, aunque no exista de veras, y de la necesidad del hombre fuerte y bueno que nos saque del atolladero, aunque sea él una salida falsa y, sobre todo, una medicina perversa que nos revela, ante los ojos del mundo y ante nosotros mismos, como una muchedumbre de sujetos irresponsables, desprevenidos e ineptos.

 

Es precisamente ese hombre fuerte y bueno que cada cierto tiempo aparece, ese evangelista ante quien abdicamos nuestro derecho a sumir un rol estelar en el arreglo de las urgencias, ese clarividente que se proclama como único garante del bien común, el más interesado en que permanezca la versión falaz de Venezuela. Así mismo, las organizaciones mesiánicas que se han dedicado a criar y alimentar militantes o borregos, en lugar de individuos autónomos. Establecen una complicidad con los sujetos menores que se han acostumbrado a depender de las dádivas y a complacerse en el anhelo de cómo algún día se soldará el rompecabezas de la existencia gracias a la luz venida desde algún lugar de las alturas. Pero no vendrá esa iluminación, como no ha venido hasta la fecha. Seguiremos extraviados en la dispersión, lamiendo nuestras heridas que no cierran y entablillando sin tino las fracturas, porque no nos atrevemos todavía a echar en el basurero de la historia a los hombres salvadores, a las añejas e inocuas redenciones, a la vacilación y a la indiferencia que ha distinguido nuestras respuestas frente a las solicitaciones de la república.

 

Al lector le puede parecer pesimista esta conclusión, pero es, más bien y por su bien, por nuestro bien colectivo, una invitación a agarrar el toro por los cuernos en la búsqueda de la dignidad y la madurez. Acaso pueda el texto entenderse como un mirar innecesario hacia a lejanía, cuando hay personas con nombre y apellido que deben inscribirse ya en la nómina de los culpables, cuando abundan los dolores y los entuertos que asfixian la inmediatez, cuando impera otra vez el hombre fuerte y bueno que coquetea con la muchedumbre incauta y confiada, cuando la paciencia se agota porque nadie aporta la receta eficaz que nos haga generosos, tolerantes, compasivos y solidarios en un país habitado por erizos viviendo en hostilidad. Pero el problema radica en que no se trata de ofrecer una cucharada para una gripe pasajera, sino para una dolencia metida en el ser de Venezuela.

 

 

 

 

 



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