EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
Portada de la
Edición Aniversaria

Fausto Masó
Escritor


Editorial
Notitarde
C.A.

Después del 11 de abril
En un país fracturado

En los días siguientes a cada acontecimiento supuestamente trascendental, nos apresuramos a sentenciar que el país cambió, es otro, surgió un nuevo venezolano, aprendimos una lección! Rechazamos que tantos esfuerzos, víctimas, hayan sido en vano, necesitamos extraer una lección, una moraleja: no reconocer que a veces en la historia el tiro sale por la culata. Dijimos que el país había sido transformado cuando Chávez llegó al poder en 1999, hoy se volvió un lugar común afirmar lo contrario: insistir que Chávez agravó los peores males de la IV República. En el mismo talante se afirma que no podemos volver al pasado, porque el país sigue queriendo un cambio. Sin embargo, las encuestas muestran una recuperación de Acción Democrática. Cambiamos tanto que volvemos al punto de partida. Nos limitamos a comparar a Chávez con Pérez I, otra muestra de la pobreza de nuestra imaginería política. Mientras, los nuevos partidos del gobierno y la oposición, copian los procedimientos de los antiguos: sus secretarios generales, su dirección nacional, aspiran también a ser vitalicios. Ayer la política rondaba alrededor de Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez; hoy Chávez es su centro, sólo que con mayor intensidad. Continuamos acumulando diagnósticos y planes económicos sobre Venezuela, basados en el principio de que estamos condenados al éxito. Todos son programas integrales, todos desbordan optimismo. Ese panglossianismo ha sido nuestra sarna incurable, llevamos veinte años de fracasos, y de alguno que otro acierto, es verdad, pero continuamos proclamando nuestra fe en el mañana, cerramos los ojos al hecho a que después del 11 de abril nos amenaza otro 10 de abril, que llevamos años y años dándole vueltas a la noria. êsa es la verdad, nos amenaza la violencia, por una razón: en un país dividido, fracturado, hay siempre la tentación de aplastar al contrario, al otro. êse ha sido el gran pecado del chavismo, reemplazar la política por la lucha de clases. ¿Qué hacer frente a esa fractura del país? Primero reconocerla, no engañarnos, aceptar la verdad.

Chávez nos politizó: aprendemos de navegación cuando el barco comienza a hundirse, pero seguimos desconociendo los mecanismos del poder en la sociedad venezolana, los instrumentos para cambiar al país, las razones por las que como el cangrejo caminamos hacia atrás. En realidad, no hay siquiera una discusión seria sobre Venezuela. Por una parte avanzan los análisis, los grupos de estudios, los foros, y por otra la realidad. Contra los optimistas profesionales recordemos que en los tiempos previos a las guerras civiles los países se politizan, lo que no quiere decir que estemos al repetir la historia de España en el 36, o que vayamos a colombianizarnos, sino que los países más prósperos pierden interés en la política.

Seguimos necesitando una política para estos tiempos. En estos últimos 25 años donde los partidos se agotaron, las instituciones se pudrieron y el famoso modelo se lo comió el óxido. Concordamos en que la educación es la primera necesidad, los candidatos presidenciales hablan mucho del tema. Pero nadie le pone el cascabel al gato. Sabemos que la parte mayor del presupuesto se despilfarra en la educación superior, en jubilaciones privilegiadas, sueldos de empleados: nadie se atreve a exigirles a las universidades una rendición de gastos. ¿Cómo invertir la pirámide del presupuesto educativo? Poco a poco nos recomiendan hacerlo en voz baja. Mentira, en estos años aumentó el gasto universitario. Ignoramos cómo impedir que esa desigualdad monstruosa no sólo desaparezca sino que no siga aumentando. Tenemos el diagnóstico, no pasamos a las propuestas, o a las razones por las que éstas quedan sepultadas en foros educativos.

Toquemos otro tema del debate venezolano, el autoritarismo. A Chávez lo acusan de autoritario, con razón porque sus decisiones las marca la arbitrariedad, pero llevamos años aceptando el cierre de calles, la violencia pública, el desprecio por la norma. Esa falta de autoridad juega con la ausencia del estado de derecho, el cual sabemos no existe, excepto quizá para los poderosos. Hablamos grandilocuentemente del déficit fiscal, olvidamos cómo se distribuye el presupuesto, quiénes son los más beneficiados, qué parte recibe un "recogelatas" del gasto público. Hubo una época, en los primeros años de la democracia, en que ese gasto impulsó la creación de una vasta clase media. Hoy ocurre lo contrario: las jubilaciones de los funcionarios de la Contraloría, las universidades, los oficiales del ejército, el Banco Central, no sólo están homologadas, sino se pagan con relativa puntualidad. Podemos hablar mucho del sistema de pensiones, eso sí, pero ¿quién cerrará el Seguro Social? Esa tremenda distancia entre el discurso académico y la realidad se traduce en un sentido de impotencia, en especial cuando apelamos a la socorrida frase de que "no hay voluntad política". Ocurre algo peor: ignoramos cómo pasar a la realidad, o nos atrevemos a describirla. Saldremos de Chávez, por ejemplo, ¿qué haremos con el ejército? ¿Alguien pregunta en voz alta sobre la necesidad de que tengamos un ejército? O, más sencillo, ¿qué hacer con los militares mañana? ¿Sobornarlos como en el pasado? ¿O aguardar que vuelvan a las andadas? Sospechamos ahora que habrá una solución militar, la que aceptaremos con el famoso pañuelo en la nariz. Como ocurrió en otros países de Latinoamérica en la década de los setenta y los ochenta, las vías políticas se cierran. Frente a esto enterramos la cabeza en la arena. Nos enamoramos de un consenso etéreo, de palabras como diálogo, todo depende del diálogo, repetimos, mientras se multiplican los signos de violencia.

Se nos ha dicho que lo práctico es gobernar sin mirar por el espejo retrovisor. Mentira, ése fue el peor error que cometieron los gobiernos, no hacer justicia. O quizá no fue ninguna equivocación sino expresaron una tendencia histórica en el venezolano, desastrosa a la hora de crear instituciones estables, porque sin un respeto a la ley no hay institución que valga. En México, Zedillo y el mismo Salinas castigaron a los chivos expiatorios, y más tarde, el propio Salinas tuvo que abandonar el país y su hermano sigue preso. Siempre hemos pretendido en nombre del consenso aceptar la impunidad. Por ese criterio Chávez no corrió en 1994 la suerte de un Texeiro en Madrid. Hoy es fácil echarle la culpa a Caldera del sobreseimiento, pero en su momento pocos lo impugnaron.

El discurso chavista se desmoronó el 11 de abril, la famosa unión del pueblo y el ejército se desvaneció, vacilaron generales supuestamente fieles como Rosendo y Lucas Rincón. Y un perenne conspirador antichavista, un oficial disgustado por el apoyo a la guerrilla colombiana, Baduel, encabezó el contragolpe. Los Círculos Bolivarianos tomaron el centro de la ciudad, los saqueos asustaron a los caraqueños y colocaron a los golpistas en situación comprometida. De ser verdaderos pinochetistas habrían disparado contra los chavistas que se aglomeraban frente a Miraflores. Apenas la Policía Metropolitana intentó restablecer el orden, la Guardia Nacional no salió a la calle. Esa prudencia habla bien de nuestros militares de derecha, no eran milicos argentinos y chilenos, sino venezolanos, a Dios gracias. A continuación con fervor voceros políticos condenaron a los militares pinochetistas, olvidaron la presencia de motorizados por la ciudad disparando a mansalva, los saqueos organizados del sábado 13 de abril.

Fueron los militares quienes le pidieron la renuncia a Hugo Chávez Frías. Los militares designaron a Pedro Carmona Estanga. Los militares rechazaron el decreto de disolución de la Asamblea. Los militares anunciaron por televisión que el decreto había sido anulado. Los militares destituyeron a Pedro Carmona Estanga. Los militares colocaron de nuevo a Chávez en Miraflores. Los militares confiesan que la Fuerza Armada está fracturada, por boca nada menos que de Lucas Rincón. Los militares aplican una meritocracia más rígida y arbitraria que la de Pdvsa. Los militares en estos últimos 43 años han tutelado la democracia. Los militares conspiraron con Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, y desde el 4 de febrero cuentan más que nunca.

¿Quién manda después del 11 de abril? ¿Quién tiene la última palabra? La consigna de unificar a civiles y militares, el régimen cívico militar, terminó como siempre con los hombres armados decidiendo el futuro. Siempre los civiles hemos estado bajo libertad condicional. Chávez exacerbó el militarismo venezolano, politizando como nunca a las Fuerzas Armadas, hasta que comprendió que compraba cuchillo para su pescuezo. Es intrascendente que los soldados voten, pero es criminal equiparar al ejército y al pueblo, como si fueran dos entidades separadas. A nadie se le ocurre decir que los dentistas, o los carniceros, y el pueblo sean la misma cosa, y, por tanto, dentistas y carniceros posean derechos especiales.

 

DESPUES DEL 11 DE ABRIL VOLVIMOS AL 10 DE ABRIL

Estamos nuevamente ante la posibilidad de otra catástrofe similar, dependemos de que Hugo Chávez Frías presente su renuncia, algo contundentemente ilusorio. ¿Qué opción le queda al país? salida a la calle. Y, en ese caso, la Fuerza Armada tendrá una grave responsabilidad. Concluyamos con un mensaje de optimismo.

êramos un país fracturado en los años 90, hoy somos un país roto. Ayer un régimen político languidecía, hoy la división llega a lo social. Chávez, gran aprendiz de brujo, ha convocado a la división del país. Ha fracasado como administrador, como Presidente, ha triunfado; en cambio, como padre del enfrentamiento. Para vencer esa fractura, para unificar al país, necesitamos comenzar siendo fieles a la verdad, decir las cosas tal y como son, no apostar que a la salida de Chávez desaparecerán los problemas. Al contrario, seguirán estando ahí, y si no los enfrentamos nos amenazará la vuelta de otro Chávez. Necesitamos crecimiento económico y democracia, la que no es posible si como sucedió en estos últimos años cada año sólo aumenta la miseria. êsa es la tarea de los gobiernos futuros: generar empleos, hacer crecer la economía, porque sólo así se convencerá la población de que más se obtiene de la colaboración que de la violencia, de la política sana que de la lucha de clases, pues en definitiva estamos embarcados todos en esta nave que se llama Venezuela. Chávez ha intentado convencernos de que nos conviene hundirla; demostremos que, por el contrario, nada puede tanto como la colaboración social, la solidaridad, el esfuerzo común.

 

 

 

 

 



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