EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
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Edición Aniversaria

Guaicaipuro Lameda
General de Brigada (Ej). ex presidente de Pdvsa

E-mail: g_lameda@hotmail.com


Editorial
Notitarde
C.A.


11 de abril 2002, una oportunidad para el cambio

El 11 de abril de 2002 no es más que un hito en la historia contemporánea de Venezuela. Es un día en el que ocurren una serie de eventos que marcaron la vida de personas e instituciones, cuando la muerte de 17 venezolanos y el establecimiento de un fugaz Gobierno de transición dieron al traste con la esperanza de un nuevo camino hacia una Venezuela próspera.

Todavía apreciamos cómo algunos sectores de la sociedad, al analizar estos hechos, sólo centran su atención en la búsqueda sesgada de los responsables de cada uno de estos dos eventos. Frente a una confrontación ideológica aún no resuelta, sólo parece interesar la definición de culpas y castigar personas. ¿Quién responde por los muertos? y ¿quién responde por la ruptura frente al texto constitucional? Ello es muy importante, pero sólo compete al Poder Judicial, a quien hay que brindarle las más amplias facilidades para que en honor a la libertad y la justicia pueda cumplir con su deber, para satisfacción de los afectados, el país y la comunidad internacional.

Para los efectos prácticos relacionados con el establecimiento del origen y las causas que llevaron al desenlace de los hechos ocurridos y con el propósito de determinar las acciones necesarias para corregirlas o evitar futuras ocurrencias, el análisis es distinto. Con este escrito sólo pretendo ofrecer algunas ideas y apreciaciones que contribuyan en esa dirección. êsa es la dirección que permite aprender del pasado, con sus errores y aciertos para construir un futuro mejor.

Venezuela llegó a este 11 de abril después de un largo proceso de acumulación de frustraciones frente a la búsqueda de un camino que le permita vivir decente y honestamente, ejerciendo las más amplias libertades en un ambiente de justicia y prosperidad, fundamentado en el aprovechamiento racional de la enorme riqueza potencial que le ha dotado la naturaleza en diferentes dimensiones.

En la década de los '60, Venezuela fue víctima de la violencia armada como método de imposición política, ese intento fracasó y culminó con una pacificación que abrió el camino a la estabilidad democrática, la paz, la tranquilidad y el progreso. Sin embargo, cegados por ese triunfo y por el cuantioso ingreso petrolero, el país y sus gobiernos se olvidaron de lo verdaderamente importante: administrar los recursos con que cuenta una sociedad para construir un estado de prosperidad y confort que le proporcionen la felicidad anhelada.

Es así como llegamos a los años '90, cuando nuevamente florece la violencia con objetivos políticos Afortunadamente, los tres episodios ocurridos se toparon con el fracaso. Sólo dejaron una estela de muertos y la ratificación de la lección aprendida en los años '60: en Venezuela el camino violento cuenta con el repudio y el rechazo de la mayoría de la sociedad, sólo queremos la prosperidad que merecemos, pero la queremos con la alegría, la cordialidad y amabilidad que nos caracterizan. Creo que para los efectos del análisis vale la pena resaltar que esta lección fue muy bien aprendida por un amplio sector de las Fuerzas Armadas Venezolanas, quienes hoy hacen grandes esfuerzos para aplicarla y contribuir a que esos episodios violentos no se repitan.

Sin embargo, esta lección no fue comprendida por algunos de los actores que fracasaron durante los años sesenta y noventa. Por el contrario, se mantuvieron a la zaga, sumaron sus esfuerzos en el país, buscaron alianzas a nivel internacional y durante varios años se aprovecharon del deterioro progresivo y permanente de la calidad de vida y de la decadencia moral para ofrecer una oportunidad de transformación a través de una revolución pacífica. El ofrecimiento era tentador, desde su nombre lucía como el cambio de un paradigma: gestar transformaciones rápidas en todas las dimensiones de la sociedad, aprovechando el masivo respaldo popular, dejando de lado el uso de la fuerza y la violencia. Ese solo concepto era revolucionario.

Lamentablemente, esa mayoría de venezolanos resultó sorprendida en su buena fe y poco a poco se fue percatando de que estábamos frente a un grupo de gobernantes incapaces de articular ideas y equipos de trabajo para satisfacer las aspiraciones de la sociedad y para generar el crecimiento y progreso prometido.

Entre tanto, la clase gobernante también se percató de que su propia incapacidad le colocó frente a la posibilidad de perder el poder conquistado. Ahora, mediante la aplicación de las mismas reglas que le confirieron el éxito: el camino pacífico y democrático.

Ante tales circunstancias, afloraron las verdaderas convicciones, aquellas que utilizaron en el pasado y con las cuales fracasaron, pero las únicas que perciben como efectivas para mantenerse en el poder, aun sin la razón y con sólo una minoría excluyente: la violencia, el engaño, la manipulación, la confabulación, la trampa, el fraude, la ofensa y la generación de la zozobra, el pánico y el terror individual y colectivo; todo ello, bajo el amparo de legitimidad que les confiere el haber llegado al poder mediante unas elecciones democráticas.

Este escenario, frente a un resultado de gobierno signado por un desempleo creciente, un estancamiento de la economía real, un desequilibrio fiscal creciente, una fuga masiva de la riqueza generada por la renta petrolera de los últimos tres años, un deterioro profundo del poder adquisitivo que afecta mayoritariamente al más humilde, una confiscación de recursos por vía de impuestos, devaluación y mecanismos al margen de la ley para financiar un gobierno voraz y con poca responsabilidad para administrar las finanzas públicas, inevitablemente condujo a la frustración, la indignación y la rabia al sentirse engañado, para concluir con la decepción de perder la esperanza por un futuro próspero. Sentimientos éstos que fueron torpemente alimentados mediante el atropello irreverente a una de las instituciones más sólidas y de vital importancia para la sociedad venezolana, Pdvsa.

No hacía falta sumar más para que la sociedad se volcara en una manifestación de repudio y rechazo y así, hoy cantamos: "Un día por la mañana, salieron de todas partes, a recorrer nuestras calles, con su sueño de esperanza, salieron todos unidos, los niños y las mujeres, los jóvenes, los abuelos, los hombres de nuestra patria, a recorrer nuestras calles, sin violencia en sus labios, por los sueños de la patria, 'Ni Un Paso Atrás', sólo exigían respeto, sólo ondeaban banderas, pancartas y consignas, por libertad y democracia".

"Ni un paso atrás" fue la consigna por el respeto a la patria, ese respeto perdido por los valores que nos identifican como venezolanos orgullosos de nuestro gentilicio, quienes sólo aspiramos a recuperar, lo más pronto posible, la esperanza que vemos perdida.

Lamentablemente, el 11 de abril fue un día de sorpresas y de improvisación, los líderes en posiciones de gobierno realizaron todas las acciones necesarias para que se produjera la confrontación, lejos de cumplir su deber de agotar los caminos para prevenirla; las Fuerzas Armadas Nacionales actuaron más como un cuerpo político que como una institución que gerencia la violencia mediante el uso y control de las armas; sectores diversos de la Sociedad Civil utilizaron las armas para causar muerte con propósitos que aún no ha sido posible esclarecer; en días subsiguientes la incertidumbre, el desconcierto y la torpeza de arremeter contra la institucionalidad democrática y el estado de derecho, generaron un estado de rechazo y angustia que por parálisis frente a ella, permitieron una legítima y cuantiosa movilización en reclamo de la restitución del orden constituido. Hoy la mayoría de esa sociedad, con vocación pacífica y democrática, vive el desconcierto que generó el haber perdido el esfuerzo realizado por una causa que cree justa.

Las circunstancias que dieron origen al 11 de abril aún no han sido resueltas, más aún se agravan cada día y la frustración crece, la radicalización se acrecienta y la incapacidad de rectificación agota la posibilidad del diálogo constructivo. Sin embargo, necesitamos una salida: pronta para evitar un mayor descalabro de la sociedad, pacífica para preservar vidas que no debemos derrochar frente a la causa en disputa, democrática para hacerla perdurable en el tiempo y con respeto al estado de derecho para que sea estable.

El camino por recorrer es largo y difícil, la Venezuela de hoy es más compleja que la de 1998, por tanto el trabajo es más complicado. Se requiere la suma del mayor número de voluntades para construir un país con una visión compartida por la mayoría y que respete la participación activa de las minorías, inspirada e impulsada por principios y valores que identifican el gentilicio venezolano y que garantizan la convivencia humana en armonía, libertad y paz. El egoísmo protagónico es el peor enemigo en este momento. Se imponen la concertación y las alianzas sin exclusiones, conscientes de que el país no podrá resolver el drama en que se encuentra atrapado sin articular un amplio equipo de gente competente y con experiencia que le pueda devolver la fe, la esperanza y la confianza, tanto al sector nacional como el internacional. Los mesías están de sobra.

Recordemos que Venezuela es un país de gente joven, sana y jovial, con una base extraordinaria de recursos naturales que le hace potencialmente rica, que no ha sido capaz de generar prosperidad y felicidad a su pueblo al olvidarse de que el único camino que conduce a ello es el trabajo fecundo, productivo y competitivo, generado en un ambiente de honestidad intelectual, afectiva y material que permita compartir el resultado en un ambiente de armonía signada por la amistad y la confraternidad.

Por una Venezuela próspera: Ni un paso atrás!

 

 

 

 

 



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