Notitarde C.A. |
Todo comenzó quince años antes, cuando vencido el temor a la guerrilla y pacificada la Nación, sobrevino la crisis del Medio Oriente, y un hecho fortuito, el embargo petrolero, cuadruplicó los ingresos fiscales del país. Fue demasiado al mismo tiempo. Los cimientos de la sociedad venezolana comenzaron a ceder, y enloquecidos por la súbita riqueza, emprendimos el viaje alucinado de la Lucy imaginaria de los Beatles, que nadaban en el cielo con su velo de diamantes. El boom subyugó todo vestigio de idealismo y en el mundo de los negocios al igual que en la política y en la vida sindical, se impuso el más crudo pragmatismo. El sentido de grandeza que había animado a los padres fundadores de la democracia sucumbió ante un espejismo de riqueza ilimitada. Un nuevo prototipo de buen venezolano, el "hombre de éxito", había entrado en escena. Fue la época del "ta barato". Como Nación olvidamos la condena bíblica. Acentuamos nuestra herencia rentista y nos convertimos en una sociedad especuladora. Se perdió el sentido reivindicativo de las luchas sociales. La doble indemnización privilegió no el bueno sino el mal comportamiento del trabajador. Algunos jefes sindicales se trocaron en banqueros, los más exhibieron grandes carros y gruesos relojes de oro como expresión del status adquirido. Entre tanto, el manirrotismo fiscal generaba crisis tras crisis, diezmando la capacidad adquisitiva de la población, mientras la escalada de los precios inmobiliarios se llevaba el ahorro de una clase media construida con gran esfuerzo en nuestras universidades y en la naciente industria nacional. El deterioro afectó a segmentos vitales para el desarrollo. Maestros, médicos, enfermeras, flexibilizada la ética y disminuido su ingreso, aprendieron a recortar horarios, y cabalgar nóminas. De poco serviría. Mientras más empleados eran contratados para satisfacer la militancia partidista, menos dinero quedaba para los que ya estaban allí. Más de uno debió pensar de su gobierno lo que los trabajadores rusos dijeron abiertamente del suyo mucho antes de que cayera el Muro de Berlín: "Ellos hacen como si nos pagan, y nosotros hacemos como si trabajamos". Ni los niños en sus escuelas ni los enfermos en los hospitales tenían quien los defendiera. En política reinaba la indiferencia. Era la época en que en Carabobo se hizo muy popular una odiosa consigna: "Poder que no abusa, se desprestigia". Y aun otra: "Aquí lo que hay que hacer es democratizar la corrupción". Pocos le prestaban atención a la sentencia que recorría la capital, "Algún día bajarán los cerros". Ni la electricidad, ni la salud, ni la escuela más allá del sexto grado llegaban al campesino. En las ciudades, no había acueductos, ni cloacas, ni calles, ni iluminación en muchas zonas populares. Pero las migraciones continuaban y con el crecimiento incontenible de barrios insalubres aumentaron la inseguridad, las endemias, el desprecio a la educación, la mortalidad infantil. êsa fue la Valencia que me tocó recibir. No había suficiente agua para abastecer los sectores populares; el servicio telefónico -en el umbral de la era de las comunicaciones- era casi inaccesible; los inversionistas extranjeros al llegar a Valencia, la Ciudad Industrial de Venezuela, debían abrir su maletas sobre el óxido de un mesón de hierro; la gente moría de mengua por falta de ambulancias. Y así se fueron juntando las quejas y reclamos de la clase media con las de las clases populares. Y las de ambos, con los de la industria y el comercio. El país estaba al borde de un estallido. El 27 de febrero de 1989 se produjo el reventón. Afloraron con su brutal carga de violencia todas las tensiones que por años se habían acumulado. Una ancha fractura dividió a partir de aquel momento toda la geografía social del país. La mitad de los venezolanos dejaría de concurrir a las urnas. El espíritu del 23 de enero había muerto. Ya no había político en quien creer.
LA FRACTURA SE SEMBRABA
Así como el general Gómez no impuso la paz por la paz misma, la descentralización no fue hija de la convicción. Fue un movimiento defensivo de las cúpulas, un escape hacia adelante de quienes atemorizados por el caracazo no tenían, sin embargo, intenciones de ceder espacios de poder a la provincia. Y fueron esas resistencias, con el deterioro económico y la falta de voluntad política para acometer otras reformas, las que sumadas a la fractura del '89 legitimaron, ante un pueblo fascinado por sus primeros gobernadores electos por voluntad popular, la insurgencia militar de febrero del '92. Dos semanas después de esa primera intentona, hubo un inmenso desfile de carnaval en Valencia, y aparecieron decenas de muchachitos disfrazados de Chávez. Las madres se acercaban con sus criaturas para que se tomaran fotos conmigo. Por allí andan algunas. Aparezco sonriente, cargando sobre mis piernas a pequeños "chavecitos", ataviados con su boina roja y traje de camuflaje. Un país esquizofrénico había emergido. Una Nación que amaba a sus gobernadores y alcaldes electos por voluntad popular (ese año fui reelecto con casi tres cuartas partes de los votos) estaba a la vez prendada de quien había insurgido precisamente contra el sistema que hacía posible elegirnos. La fractura se había instalado en el subconsciente popular.
UNA SEGUNDA FRACTURA APARECE
Pasaron cuatro años y, eclipsado momentáneamente Chávez del quehacer político, los dos bandos se preparaban para un nuevo enfrentamiento. La campaña presidencial del noventa y ocho sería el escenario decisivo. Tanto así que para que regresara el poder a su cauce natural, AD se presentó aun más adeco y Copei se disfrazó de Sociedad Civil. Pero las cosas no resultaron así. Los candidatos de ambos partidos dejaron de tener posibilidad de triunfo mucho antes de iniciarse formalmente la contienda, y de entre una quincena de aspirantes, sólo dos opciones - la de Hugo Chávez, despertada de su letargo por la torpeza de unos y el oportunismo de otros, y la mía, surgida de las luchas por la descentralización- se disputarían el triunfo al final. Entre ambos, logramos casi todos los sufragios. Los tres o cuatro puntos restantes lo cosecharon figuras igualmente independientes. Puesta a escoger entre AD y Copei, la Nación había optado por algo nuevo, distinto, prometedor... por un cambio radical. La fractura -así se pensaba- milagrosamente había sanado. Pero estábamos errados. No había ganado un adversario electoral. Se había instalado en Miraflores un enemigo del sistema y una nueva fractura, mucho más profunda, haciendo cruz sobre la anterior, no tardaría en brotar.
EL VIAJE DE REGRESO DEL SUEÑO Mientras la Asamblea Constituyente convocada al margen de la Constitución se encargaba de otorgarle al nuevo Presidente un poder casi absoluto, el país se fue dividiendo en cuatro toletes contrapuestos: civilismo y militarismo, centralismo y descentralización... Pero para Chávez, no valían las sutilezas. Su meta era y es lograr un control indefinido del poder... y promover, bajo la imagen de un Bolívar hecho a su medida, la insurrección en todo el continente. Sus enemigos: obviamente los partidos, la Iglesia, los empresarios, los sindicatos, los medios de comunicación. También sus compañeros, quienes lo acompañaron en la asonada golpistas, en fin, todos aquellos y todo aquello que pudiera ser obstáculo a su ambición. Sus aliados: las fuerzas insurgentes del mundo, las que desafían los poderes establecidos, uno de ellos las Farc, los neogranadinos de este siglo, dispuestos - él supone- a secundarlo en su Campaña Admirable. Hoy, el equívoco héroe del 4 de febrero no genera el entusiasmo de otrora, pero esa profunda fractura transversal, infectada de odios y reconcomios, con la que pretende secuestrar nuestra libertad, cabalga briosa sobre la vieja fractura que se resiste a sanar. Entre tanto, el ciudadano común -no importa de qué lado del ajedrez político se encuentre- acosado por la penuria y la inseguridad, a ciegas toma posiciones e intenta sobrevivir, mientras un debate que no alcanza totalmente a descifrar ensordece su entendimiento y entorpece su quehacer. Treinta años han pasado, dos generaciones se han ido. Hace ya mucho que renunciamos a Lucy y con ella a sus costosos diamantes. Qué trágica fue la alucinación! Es la Marisela de Gallegos la que ronda en nuestras mentes. Marisela, Venezuela, Marisela, la muchacha harapienta que, sintiéndose fea, un día resplandeciente descubrió su gran belleza reflejada sobre el espejo de la laguna. A tientas la seguimos. Marisela quiere soldar sus fracturas. Recuperar su alegría. Ya no quiere esperar más.
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