Notitarde C.A. |
Lo sorprendente no es el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Es Rómulo Betancourt. Ni tampoco el capitán Diosdado Cabello: es el Dr. Rafael Caldera. Mucho menos el coronel Dávila: lo son los doctores Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Arístides Calvani. Que en esta república de generales, de mayores, de tenientes coroneles haya nacido una deslumbrante generación de licenciados dispuestos a dar su vida por la paz y la democracia y se haya hecho al empeño con tanta pasión que lograra dotarla de treinta impecables años de paz y prosperidad, es no sólo insólito. Es simplemente asombroso.
Hablamos de una paz civil hecha de diálogo y persuasión, de entendimiento y tolerancia. Que los historiadores hagan el balance de las revueltas, sediciones, motines, levantamientos, escaramuzas, combates y refriegas que usurparon el papel de la política durante 150 años de historia republicana. Pues la historia constitucional de Venezuela, para usar el título de la maravillosa obra de José Gil Fortoul, no es propiamente una historia "constitucional": es una historia de lanza, sable y machete. La historia de Venezuela, nuestra historia, es una historia de usurpaciones, robos, batallas, asonadas y caudillos. Es una historia perfectamente abusiva e inconstitucional. Véase el decenio de los Monagas amañando constituciones para permitir que el poder político fuera ruleteado de hermano en hermano, de padre a hijo, de tío en sobrino. O la de Gómez, su hermano y su hijo apareciendo en un escenario que hubiera servido de marco a una disparatada zarzuela si no hubiera estado manchado de torturas, de cadáveres, de sangre y de estupros. Que en un país en el cual el mandarín de turno pudo negociar en Londres un préstamo del cual la república debía recibir 4.582.500 pesos y apenas recibiera 1.500.000 debiendo cancelar en 10 años la cantidad de 10 millones, mientras que el negociante, Antonio Guzmán Blanco, se embolsaba una jugosa tajada como "comisión", aunque procedía en calidad de funcionario del Estado venezolano, engrosando así su ya grueso peculio obtenido a la sombra del Poder; que en esa república, digo, se estableciera un sistema político bipartidista, con legítima separación de poderes y con eficientes funcionarios medianamente modestos, es lo asombroso. Es asombroso que en ese mismo país que endiosara a sus Bolívares, a sus Páez y sus Monagas para someterlos luego al más espantoso e ignominioso escarnio, se hubiera podido elegir a siete presidentes constitucionales, se les permitiera terminar sus mandatos y hasta se les sometiera al riguroso registro por parte de contralores y fiscales acuciosos y responsables. Véase a José Muci Abraham husmeándole los talones al primer Pérez y a Ramón Escovar Salom haciéndole la vida imposible al segundo. Véase a las instituciones resolviendo una profunda crisis de gobernabilidad con los medios que la Constitución ponía a la disposición de sus ciudadanos: la malversación -entiéndase, no el robo- de 250 millones de bolívares terminó con la carrera de uno de los más prominentes políticos del pasado siglo. Ni siquiera lo salvó de la cárcel la certeza de que tal dinero había sido invertido en la seguridad de Centroamérica, zona estratégica para nuestra propia seguridad. Ni de que tal malversación había sido sistemáticamente prohijada por los gobiernos anteriores, para los mismos fines y con los mismos fondos. Dios, qué insólitos tiempos! Era imposible, era demasiado, era simplemente inaceptable que la Venezuela de la Cosiata, de la Guerra Federal, del llaneraje semibárbaro del que nos hablara la lucidez de Laureano Vallenilla Lanz, la elíptica Venezuela de Antonio Leocadio Guzmán y su hijo Antonio Guzmán Blanco, la Venezuela de los cepos de La Rotunda pudiera soportar más de treinta años sin desempolvar su brutalidad cuartelera, su fantasmagoría de violencias, guerras fratricidas y personalismos salvajes. ¿Cuántos cientos de miles de venezolanos sacrificados en guerras estúpidas soportaron el edificio de la civilidad que se hizo finalmente camino a duras penas luego del asombroso despertar del 23 de enero de 1958? ¿Cuán profundo el océano de lágrimas que fueron vertidas para desechar las tradicionales asechanzas? Treinta años: desde 1958 hasta 1988. Demasiado reposo para un pueblo guerrero. Había que desenterrar el hacha de la guerra. La desenterramos.
2-
Desde entonces, la República de Venezuela sería un territorio virtual en busca de republicanos. En los hechos, una nación desencajada, invertebrada, entregada al capricho del más fuerte, del más poderoso, del más agalludo. El mismo Vallenilla Lanz habla del feudalismo llanero, para caracterizar al extenso archipiélago de la patria -en feliz acuñación de Pino Iturrieta-. Van y vienen las ideas que pretenden cobijar los dislates: centralismo, federalismo. El mismo Antonio Leocadio Guzmán, padre del liberalismo amarillo y prócer del federalismo confiesa pocos años después del término de la espantosa Guerra Federal que en Venezuela nadie tenía la menor idea de lo que significaba la palabra federación, que la idea era suya y la había utilizado para servir a sus propias ambiciones políticas, pues "si los contrarios hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo". En esos ciento cincuenta años de disparates se acrisolan los modelos del comportamiento político del país. Quien crea que la esquina caliente es un producto inédito en nuestra historia no tiene más que sumergirse en nuestro pasado para encontrarse con el aterrador espejo de nuestros desatinos. Los feroces enfrentamientos mediáticos en que ha devenido la política nacional están prefigurados por los combates a capa y espada de Juan Vicente González y Antonio Leocadio Guzmán desde El Venezolano o El Diario de Caracas ya en los tempranos años 30 de nuestro siglo XIX. La injuria, el vituperio, el asalto a mano armada, el atraco, la felonía, el destierro, las traiciones, el levantamiento, la revuelta y el golpe de mano se suceden año tras año con una cansina e insoportable repetición. La palabra revolución es usada en contextos tan absurdos y con adjetivos tan insólitos, que las hay constitucionalistas, legalistas, reformadoras y hasta conservadoras. Lo que los profesores de lógica llaman una contradictio in adjecto. Y los casos de corrupción son tan frecuentes, tan descarados y de tanto provecho para sus protagonistas, que apenas asombran a sus contemporáneos. Sin olvidar que la política -siempre de la mano de la espada- fue desde la Guerra de la Independencia el medio más seguro y expedito de ascenso social y fácil enriquecimiento. Que lo desmienta el braguetazo de Antonio Leocadio Guzmán seduciendo y empreñando a Carlota Blanco, parienta del Libertador, para acceder a los altos cargos de la república.
3-
Algunos analistas insisten en destacar la terrible dinámica generacional que nos condena a sobresaltos a veces sangrientos y terribles cada cuarenta años. Y los hechos parecieran darles la razón. Lo cierto es que los países suelen crecer y desarrollarse a través de conflictos, de turbulencias, de tensiones y sobresaltos. Agotado el modelo de crecimiento rentista petrolero que determinara nuestro desarrollo desde los tempranos años 20, cuando el país despierta a su asombrosa riqueza petrolera, una grave encrucijada cierra todas nuestras vías de escape. A veinte años de iniciada la etapa democrática de la nación y habiéndose desarrollado el país como para dar el salto adelante que la historia le exige, el país se enfrenta al desafío de modernizar sus estructuras sociales, económicas y políticas o sufrir graves y profundos quebrantos. La descentralización y rejuvenecimiento del aparato político, extremadamente cupular y centralizado, la autonomización y liberalización del aparato productivo y de la gestión económica, estranguladas por el ogro filantrópico del Estado, así como la participación de las amplias mayorías en la gestión de los asuntos públicos, se ponen ya a fines de los 70 a la orden del día convirtiéndose en consignas de vida o muerte. La clase política no atendió al reclamo, demasiado ensimismada en la administración inmediatista de los frutos del Poder. Hasta que las profundas tendencias históricas -empujadas por el proceso universal de globalización- rompieran todos los diques. Sostenemos la hipótesis de que este enfrentamiento crucial entre modernización y conservadurismo se halla en la base de la grave crisis a la que hemos sido arrastrados. Contra los intentos de modernización, insuficientemente desarrollados e implementados al margen de la participación de las amplias mayorías desde el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, se ha alzado lo más oscuro y tenebroso de nuestro caudillismo clientelar decimonónico. Primero de la mano de Rafael Caldera -acaudillando una alianza que unía a la extrema derecha y a la extrema izquierda en defensa del paternalismo y del intervencionismo estatal, a cuya sombra se han desarrollado- y luego por su legítimo sucesor, el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Con éste, las tendencias al retroceso asumen formas dramáticas y hasta caricaturescas, toda vez que el conservadurismo retrógrado se trasviste con las formas del extremismo revolucionario prestado por las ideologías del ceresolismo y la Cuarta Vía. Con ello, le imprime a su revolución bolivariana la última adjetivación pendiente en nuestra abundantísima tradición revolucionaria: la de una revolución contrarrevolucionaria. Tal cual sucediera, por cierto con la misma Guerra Federal: después de cinco años de desastres y cruentos enfrentamientos, el país está más pobre, las masas más depauperadas, los logros son absurdos granos de arena que no significan nada. Y la revolución libertadora que nos prometiera aquella tenebrosa guerra civil no aporta más que miseria y desolación. Exactamente como ahora. Nada ni nadie puede paralizar el soterrado avance de la historia. Los diques del populismo no resistirán el embate de la necesidad. El parto de una nueva Venezuela está a la orden del día. Aún no sabemos de qué medios se servirá la historia para arribar a sus fines. Pero su arribo es inevitable. Lo dijo Karl Marx, ese absoluto desconocido de quienes se sienten sus promiscuos depositarios: la historia sólo se plantea problemas que pueden ser resueltos. ¿Estamos en presencia de los últimos estertores del pasado? ¿Dejaremos que las fuerzas profundas del caudaloso río de la historia arrasen con los últimos escollos de nuestra caudillesca tradición? ¿Coadyuvaremos al parto de esta nueva Venezuela moderna, próspera, justa y solidaria que el futuro nos reclama? ¿Le abriremos las puertas a ésta, la única y verdadera revolución? ¿O sucumbiremos a la contrarrevolución del comandante? Ojalá Clío, la diosa de la historia, vele por nosotros.
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