Notitarde C.A. |
Pero he aquí la radical diferencia. Ya no se trata de una ruptura económica, o social o política, sino del país o de la idea de país. Y en la operación inédita del 11-A, por lo mismo, habría que anotar cómo previamente a la fractura del país estuvo la factura que la oposición fue acumulando, cuenta tras cuenta, a lo largo de un "régimen bolivariano" que, en tres años y pico, intentó barrer con el sistema instaurado en 1830 y testigo de múltiples y contradictorias experiencias (dictaduras, golpes de Estado, regímenes transitorios, guerras civiles, revoluciones y alzamientos), la última de las cuales, según la manía clasificatoria del chavismo, habría sido "el puntofijismo" iniciado en 1958 y reciclado durante el período calderista. Es decir: la V República buscaba borrar en bloque (y en parte exaltar ciertas excepciones) a todo lo acaecido entre 1830 y 1998, poniendo énfasis especial en los "cuarenta años de puntofijismo". Y cuando hablo de "ciertas excepciones" incluyo a Zamora, el de la Guerra Federal, y parcialmente al perezjimenismo, por sus rasgos militaristas y su odio hacia los partidos que disfrutarían del poder a partir de 1959. La victoria alcanzada el 6-D por el Polo Patriótico, cuyo eje fue el M.V.R., llevó a Chávez a imaginar que los fenómenos electorales no necesariamente significan la legitimación histórica de un partido, una ideología y un régimen, sino que reflejan reacciones emocionales y políticas contingentes y, por decirlo con ajuste al término fenómeno, fenoménicas, es decir pasajeras. Todo fenómeno pasa: terremoto, inundaciones, victorias electorales, auges de partidos, bonanza y crisis económicas. De manera que ese afán de dominio presidencial ("gobernaré hasta 2021", pasando por encima de "la bicha") y esa aberración implícita en la creencia de perdurabilidad de un sistema político que nació de elecciones libres y no de una ruptura realmente histórica como la de 1830, con el fin de la Guerra de Independencia y la separación de la Gran Colombia, fueron generando en la oposición vencida el 98 y, más tarde, en el seno de la sociedad, una reacción creciente que al expresarse torrencialmente el 10 de diciembre de 2001, ya no tenía retroceso posible. El 10-D se inició, repito, el cobro de factura que el 11-A se transformó en dramática fractura. Ubico como la causa primera de la fractura de abril "la imagen de Chávez" creada por él mismo y recreada por la oposición en crecida. Chávez se autoerigió en caudillo no sólo militar, sino social y político, y fue aterrorizando a los núcleos del otro poder constituido, los que a su turno sembraron en el seno de "la sociedad civil" la idea de que él y su gobierno eran "fin de mundo", como repetirían Marianella Salazar y varios columnistas de exaltado antichavismo. La imagen de ese todopoderoso engreído y amenazante tornóse caricatura que, a su vez, Zapata y otros humoristas aprovecharon como fórmula humorística demoledora. Y fue especie de Anticristo para la cúpula eclesiástica, un Fidel Castro para los sectores democráticos identificados con Washington, un cómplice de las guerrillas colombianas (y hasta de "los narcos") para la cúpula militar forjada dentro del puntofijismo. Verdad o mentira, todas estas imputaciones arraigaron en el seno de "la sociedad civil" y en la inmensa franja del país que abarcaba no sólo a las clases A, B y parte de la C sino a no pocos de "los de abajo", parte de los cuales se extendían en el sindicalismo de la C.T.V., con sentido organizativo legado por la IV, y otra parte se agrupaba en los "Círculos Bolivarianos" o simplemente vivía la otra realidad, la exclusión social, vale decir la marginalización y el desclasamiento.
Los pronunciamientos, así calificados recordando a la tradición española y a los "episodios nacionales" de Pérez Galdós, no eran, a mi criterio, deserciones por simple descontento individual o problemas de ascensos retardados o no concedidos, sino hitos de un plan de desobediencia militar que engarzaría post 11-A con la desobediencia civil garantizada por el artículo 350 de la Constitución Nacional. La participación del contralmirante Molina Tamayo en "el vacío de poder" que llenó, como golpe militar, el fugaz gobierno de Carmona, fue prueba evidente de la conexión interna del movimiento, acordada en algunos casos; espontánea, por la velocidad de los sucesos, en otros. Durante horas se vio a Chávez como figura solitaria, suerte de espíritu flotante cuya voz terrenal (el Presidente ha renunciado!) parecía tomada de los rituales sincréticos revelados posteriormente por el general Baduel.
Los ministros de Defensa jugaron antes, en épocas críticas como las de ahora, un papel fundamental. Ministro de Defensa era Delgado Chalbaud cuando coadyuvó a la ejecución del golpe de 1948 que lo llevó a Presidente de la Junta Militar, y ministro de Defensa era Pérez Jiménez cuando consumó el autogolpe de 1952. Ministro de Defensa era Castro León cuando se alzó contra el gobierno provisional de Larrazábal, y ministro de Defensa era Briceño Linares cuando se emprendió la lucha antiguerrillera bajo el gobierno de Betancourt, como fue ministro de Defensa de Leoni, durante cinco terribles años, Ramón Florencio Gómez. En cambio, en los tres años que precedieron al 11-A, Chávez sostuvo tres ministros: Raúl Salazar, quien cuestionó su rechazo a la ayuda norteamericana en el caso Vargas, y fue enviado al exilio dorado a España; Hurtado Soucre, escarnecido y burlado en "El Pantaletazo" por la escena televisada con prendas femeninas al aire; y el civil Rangel, impotente para contener la avalancha del Alto Mando, también mentado el "generalato". Pero el terremoto que estremeció a la "sociedad civil" y a los sectores altos de las F.A.N. no hubiera sido posible o, en todo caso, no hubiera tenido tanta magnitud en la escala golpista, si no hubiesen mediado los hechos de corrupción, tan atacados por Chávez en su campaña electoral, y si éstos a la vez no hubieran abundado en el seno de las F.A.N. Y si, parejamente, los precios del petróleo no se hubiesen desplomado a finales del 2001, el desempleo crecido, la economía tambaleado, sin obra concreta digna de ser exhibida, y el panorama internacional complicado peligrosamente, con EE.UU. a la cabeza ("la ambigüedad en la lucha antiterrorista" y las guerrillas y el Plan Colombia) mientras, internamente, la cúpula petrolera que, a través de Toro Hardy, atacaba fuertemente el convenio con Cuba, se alzaba en nombre de la meritocracia y ponía en ridículo a "la majestad presidencial" con una huelga al alimón con la C.T.V., anunciadora asimismo de la desafiante marcha hacia las cercanías de Miraflores luego de días de concentraciones en Chuao, segundo piso del edificio pregolpista cuyas bases se echaron en la Plaza Francia. Por eso, en varias ocasiones yo he dicho que, más que fractura, en Venezuela lo que ha habido es una polifractura. El país está hospitalizado desde el 11-A. Si se recupera o no, lo sabrán, no los astrólogos, sino los historiadores del 2003.
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