EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
Portada de la
Edición Aniversaria

Jon Aizpúrua
Psicólogo clínico


Editorial
Notitarde
C.A.


El peor de los daños

Son muchos los males que el actual gobierno le ha causado y sigue causando al país. En el orden económico los indicadores son francamente aterradores y la desarticulación del aparato productivo se desliza sin freno hacia el abismo. No hay un renglón que ofrezca algún signo positivo: diariamente cierran fábricas, tiendas y oficinas a todo lo ancho de la geografía nacional; sólo el 30% de la población activa está ocupando un puesto dentro de la economía formal, mientras que el desempleo ya supera el 20% y la otra mitad se ve obligada a sobrevivir en el azaroso e improductivo mundo de la buhonería. Las cifras en cuanto a inflación, costo de vida, devaluación de la moneda y en consecuencia la pérdida de su poder adquisitivo, fuga de divisas, deterioro de los servicios públicos, parálisis de las inversiones nacionales y extranjeras, morosidad del Estado en la cancelación de sus compromisos contractuales y constitucionales, y en todos los valores que se examinen, son de tal magnitud que nos llevan a considerar que la Nación se encuentra en la más grave y compleja crisis de su historia moderna.

Lo que provoca mayor perplejidad y desconcierto es que no hay razones para que se haya llegado a tan calamitosa situación y el gobierno presidido por el Teniente Coronel Hugo Chávez no tiene justificaciones que pueda esgrimir en su defensa. Si se trata de nuestra principal fuente de ingresos hay que resaltar que el precio promedio del barril petrolero para la exportación, en los últimos tres años, se sitúa por encima de 20 dólares. Bastaría recordar, para efectos comparativos, que esa cifra osciló en torno de los 8 dólares durante el gobierno anterior, presidido por el Dr. Rafael Caldera. Y los ingresos del fisco provenientes de los múltiples impuestos que se aplican a las empresas y a los ciudadanos, alcanzan también cantidades multimillonarias. En apenas un dato puede resumirse toda esta información: en tres años el autodenominado gobierno bolivariano percibió la increíble y colosal suma de 100.000 millones de dólares! Nunca fue más pertinente que ahora la famosa pregunta que sirvió alguna vez de slogan electoral: ¿ Dónde están los reales?

Agréguese a ello, para colmo de males, el control casi absoluto que el régimen ha ejercido sobre las instancias legislativas y judiciales del país. En épocas anteriores, los gobiernos de turno solían argüir que se encontraban de manos atadas para impulsar sus proyectos por cuanto la representación oficial en el Congreso era minoritaria y la oposición los torpedeaba en función de sus intereses partidistas. En ciertas ocasiones tal explicación sirvió de excusa a la ineficiencia, pero en otras tenía visos de realidad. Pero ahora ni este argumento puede salvar de su incumplimiento e irresponsabilidad a un gobierno que ha disfrutado, hasta el momento, de un poder casi omnímodo proveniente de una holgada mayoría parlamentaria y se ha valido de la sumisión del resto de los poderes.

Verdaderamente que el daño que se ha infligido a Venezuela es enorme e inexcusable, y más pronto que tarde, la inmensa mayoría de la población alcanzará una conciencia generalizada de lo que ha sido esta pesadilla y se dispondrá a despertar para encaminarse hacia nuevos y superiores horizontes.

Sin embargo, y a pesar de las graves implicaciones y consecuencias de lo antes expuesto, estamos persuadidos de que se ha lastimado a la patria con un daño aun peor que los que se derivan del desastre económico y del arbitrario sometimiento jurídico y político. Hablamos del profundo daño espiritual que se le ha causado al pueblo, mediante un discurso cargado de violencia, saturado de resentimientos, encendido por el odio, y que tiene su figura protagónica en el Presidente de la República, a quien, paradójicamente, le correspondería, por razones legales y éticas, invitar a la concordia, estimular la unidad y promover el encuentro fraterno de todos los ciudadanos.

Peor que la debacle económica de un país es la fractura del alma de su pueblo. En todas las épocas y latitudes las naciones han atravesado por gravísimos hundimientos económicos, pero la voluntad para recuperarse y surgir ha conseguido resultados formidables. Baste recordar al Japón de la posguerra, aplastado por la derrota militar, humillado por el bombardeo atómico y agobiado por la intensa recesión económica, y que en menos de medio siglo, y sin contar con grandes recursos naturales, emergió de sus cenizas hasta colocarse de nuevo en la cumbre de las grandes potencias desarrolladas del mundo contemporáneo.

Venezuela puede salir, y saldrá, de esta complicadísima situación económica, pero recuperarse de la crisis espiritual en que ha sido sumergida, será un proceso bastante más arduo, lento y complejo. No será nada fácil, una vez que este régimen sea cosa del pasado, recomponer anímicamente a los venezolanos. Aquellos sectores humildes y preteridos que fueron encandilados con promesas de redención social, de justicia y equidad, y que habrán sufrido la más honda de las decepciones, se verán atrapados en la inercia del escepticismo y de la desesperanza, y costará mucho que vuelvan a creer en algún nuevo liderazgo político. Será difícil reorientar a quienes se les catequizó con un particular evangelio fundado en la lucha de clases y que legitima la violencia, justifica los disparos a mansalva en defensa de su revolución y concede el botín de los saqueos como si de una compensación a su pobreza se tratase. Mucho rencor se ha infiltrado por los intersticios del tejido social y en todas las direcciones, porque también el odio se ha esparcido entre muchos adversarios del régimen y se muestran dispuestos a envolverse en la vorágine de la violencia, sin medir las consecuencias.

Es impostergable la tarea de trasmitir un planteamiento imbuido de un alto sentido pedagógico y ético, que logre alcanzar a todos los sectores del país sin exclusiones. A quienes disfrutan de un nivel confortable en sus condiciones de vida, para que asuman una postura generosa, distante del egoísmo y de toda suerte de discriminación, y que permita una sana concurrencia de las fuerzas del trabajo y del capital para la generación de riquezas a las que todos tengan acceso. Actitudes de este signo dejarán sin fundamento los discursos demagógicos que manipulan las justas ansias de equilibrio social. Un mensaje, que ha de ser honesto y verdadero para que llegue y encuentre resonancias entre los humildes y desposeídos que son la mayoría del país, y que les invite al esfuerzo creador, a la educación y al trabajo, a la integración social, a fin de edificar entre todos este maravilloso país, que es y debe ser de todos.

Una vez que Venezuela se haya reencontrado con su verdadero destino, como país con histórica vocación para la libertad y la democracia que ahuyentó el fantasma del autoritarismo y el mesianismo demagógico, el esfuerzo por su recuperación económica será muy importante, pero el éxito global y perdurable solamente se obtendrá cuando haya sanado el alma nacional, y se haya erradicado el virus de la violencia que en un momento aciago de su historia le fue inoculado. Optamos por el amor que es siempre el más eficaz antídoto para el odio que envenena y que hace luminoso el sendero hacia el verdadero progreso de los seres, de los pueblos y de la humanidad toda.

 

 

 

 

 



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