Notitarde C.A. |
De otra parte, la intención de cumplir a pie juntillas con las recomendaciones de Ceresole, de acuerdo con las cuales la dirección del "proceso" debía hacerse a través de la ecuación: "pueblo-caudillo-fuerzas armadas", llevó al paroxismo la idea de una Fuerzas Armadas como instrumento revolucionario, para lo cual obviamente hay que destruir a la Fuerza Armada profesional. En efecto, no hay ninguna revolución (al menos ninguna seria) que se haya hecho sin derribar el aparato armado del anterior régimen, bien sea por la derrota militar del nuevo ejército sobre el viejo (casos de China y Cuba), bien sea por la inducción de un proceso de implosión de la organización militar y por la progresiva sustitución de los viejos mandos por otros nuevos ideologizados y con un claro objetivo de lo que se pretende. Este último fue el caso tanto de la Revolución Francesa que se ve obligada a mantener transitoriamente a una oficialidad que fue necesaria ante las amenazas de tropas monárquicas extranjeras hostiles y el caso de Rusia en la que la Guerra Mundial obligó a los bolcheviques a soportar por un tiempo a oficiales zaristas comandando sus fuerzas hasta que, por un proceso de infiltración de comisarios políticos, lograron desgajar a los viejos elementos, quienes a posteriori se nuclean en un ejercito alternativo (llamado los blancos) para dar comienzo a una espantosa guerra civil que culmina con la definitiva victoria del Ejército Rojo. No cabe duda de que esta tentativa de ir minando la institución militar para provocar su implosión y su crisis y con ello transformar la naturaleza de las Fuerzas Armadas, ha encontrado una barrera de contención mayor que la que el mismo Chávez se esperaba. La tentativa ha podido tener éxito en las primeras de cambio, cuando el proyecto era la "ideologización" porque una oficialidad joven e instruida es fácilmente permeable a una prédica de defensa de la soberanía, liquidación de la corrupción y rescate de la dignidad militar pisoteada durante tantos años por gobiernos que manipularon al ejército a favor de bastardos intereses. Pero cuando al paso del tiempo se revela que el gobierno cae en las mismas desviaciones de antaño; que la corrupción crece; que se pretende utilizar a las FAN en actividades que les son extrañas; que se pretende utilizar como partido político y que la situación social y económica del país se deteriora, las lealtades a Chávez en las FAN se convierten en lealtades de la misma naturaleza que las que han tenido regímenes de AD y Copei: lealtades políticas y que se asientan en la defensa de intereses particulares de castas y de logias. Todo este proceso ha influido no sólo en el resquebrajamiento institucional del ejército, sino en una sensible reducción de su capacidad operativa; de su apresto táctico. Hoy en día, se puede afirmar categóricamente que se ha perdido la tradicional simetría de las relaciones militares con nuestros vecinos, en particular con Colombia, la cual, acicateada por la lucha antiguerrillera y por el enorme apoyo norteamericano en la lucha antiterrorista, ha logrado desbalancear, a su favor, la capacidad bélica en la frontera. Este hecho es también una fuente permanente de fricciones en la fuerza militar y un argumento de mucho peso que esgrimen los sectores "institucionalistas" para criticar la política oficial al interior de las FAN. Así las cosas, en el terreno militar todo queda de "destino abierto". La fragmentación del liderazgo producto de los señalamientos anteriores, impide hacer pronósticos precisos, o mejor dicho, permite hacer cualquiera acerca de la actuación del componente militar en la actual crisis venezolana.
NO TODO ES MILITAR Los polvos de entonces y los lodos de hoy no son ciertamente todos salidos de una incorrecta actuación en el campo militar. En lo político la crisis del 11 de abril es también el punto de llegada de un proceso de ruptura del gobierno con la clase media venezolana, la cual, en un importante número apostó con optimismo a Chávez al principio de su mandato. Con los sucesos de abril queda roto el puente más valioso que toda revolución debe conservar en sus inicios: la relación con los del medio. Al respecto vale la pena traer a colación la máxima leninista del ¿Qué hacer?: "La revolución sobreviene -decía Lenin- cuando los de abajo no están dispuestos a seguir siendo gobernados como antes, cuando los de arriba no pueden seguir gobernando como antes y cuando la mayoría de los que están en el medio se ponen a favor de los de abajo...". Este país escindido y peligrosamente fracturado en el que los polos radicales crecen día a día sin que irrumpa un centro ni social ni político que pueda amortiguar el choque, es el escenario que hoy conocen nuestros sentidos. Como ha quedado dicho, ya la magia inicial de muchos sectores medios respecto de las bondades de un gobierno como el de Chávez ha desaparecido casi por completo. Ni siquiera en las elites intelectuales, "izquierdosas" por naturaleza, conserva "el proceso" algún apoyo significativo. El balance de la revolución en el terreno cultural son instituciones cerradas, arruinadas y la desbandada más espantosa. No se diga de la clase media en su conjunto. Aquí Chávez se ha apuntado su mayor revés político y social. Obligado a mantener un lenguaje y una conducta de exacerbación de la confrontación social de ricos contra pobres, para mantener la fidelidad de sectores populares, se ha enajenado la simpatía de una extensísima capa de compatriotas que aun perteneciendo a sectores de bajos ingresos se asumen como "clase media".
Así, desprovisto de un colchón social que constituye la clase media (su apoyo o su neutralidad), Chávez se encuentra a pecho descubierto defendiendo su gobierno con militantes radicales y un sector aún amplio de capas bajas de la población. Capas que poco a poco son quienes más duro resienten la crisis que no acaba de resolverse y a quienes más temprano que tarde pegará en el estómago la duda acerca de sus lealtades.
¿ES INEVITABLE EL ENFRENTAMIENTO? Para responder con propiedad a esta pregunta es menester señalar que a la degradación política y social se suma ahora la crisis económica. Ya todos los indicadores previstos para este año han sido revisados hacia lo negativo. Los expertos esperan una caída de entre 3 y 4 puntos del PIB, una inflación de casi el 30% y una devaluación del 100%. Todo ello se ha traducido ya en un aumento exponencial del desempleo y la pobreza. Fábricas que cierran o que trabajan dos o tres días a la semana ya son comunes en los pocos polígonos industriales que sobreviven. El Estado se las ha arreglado, en un acto de prestidigitación sin precedentes, para producir el mayor déficit fiscal de la historia, combinado con los mayores ingresos de la historia y con el mayor endeudamiento de la historia. Es decir que mientras más dinero entró al país más nos endeudamos y más dinero falta en las cuentas públicas. Es previsible que el año próximo, cuando los bolívares postizos de la devaluación se consuman en el servicio de la deuda interna, la Nación entre en serias dificultades para cumplir con sus obligaciones. Sólo con este marco, sin añadir ni un gramo del enturbiado componente político, es más que suficiente como para que en cualquier país del planeta se tema por una explosión social.
Quisiera concluir este artículo diciendo que no perdamos las esperanzas, que algo siempre puede hacerse. ¿Qué más quisiéramos quienes tenemos hijos y proyectos de vida en esta tierra? Pero qué difícil es decirlo. Ojalá, quiéralo Dios, que esté equivocado y que esto que estamos viviendo y lo que estamos contando sea una mala noche y una mala pesadilla. Mucho me temo, sin embargo, que estamos despiertos.
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