Notitarde C.A. |
Unos piensan, lo que es muy evidente, que la ha azuzado el gobierno con su lenguaje agresivo, con su permanente incitación al odio político, social y hasta racial. Otros, por el contrario, se remiten a la lucha de clases, "motor de la historia" para algunos marxistas anclados en 1848. Otros llegan incluso a remitirse a quién sabe qué psicología social, qué tendencias profundas subyacentes en la idiosincrasia del venezolano.
En lo que nos concierne, y no por afán de eclecticismo, diremos que en todo eso hay una parte de verdad y otra de mentira. Pero aun en caso de que se combinen ambas armoniosamente, siempre faltaría algo, acaso mucho. Lo que vamos a proponer hoy como hipótesis no sustituye todo eso, ni tampoco lo completa enteramente. Se trata de un elemento más de explicación, pero muy importante por provenir del fondo de nuestra historia. Si nuestra independencia se hubiese sellado definitivamente en las acciones del 19 de abril y después del 5 de julio. Si incluso la Primera República hubiese debido pelear contra la reacción monarquista o contra un ejército de españoles, tal vez nuestro destino hubiese podido ser diferente, acaso menos violento. Pero la historia es lo que ha sido, y no lo que quisiéramos que hubiese sido. La transformación de nuestra guerra de independencia en una guerra civil, en una guerra social y también en una guerra racial, la eliminación física de toda una clase. La elite social e intelectual que había proclamado la independencia, dio a nuestra historia un giro violento e hizo que la Nueva República naciera, como decían los positivistas: "Entre las patas de los caballos". Eso instaló en nuestra sociedad y nuestra historia una tendencia militarista, por una parte, e igualitarista por la otra, que presidió la formación de la Tercera República; es decir, que lo primero que enfrentó su escaso personal civil, después de que la muerte los liberara del Libertador, fue como liberarse de "los" libertadores que pretendían cobrar dinero constante y sonante (o sea ejerciendo la plenitud del poder) los sacrificios que habían hecho por la patria. La única solución que encontraron a mano fue cobijarse bajo el manto del más prestigioso de esos libertadores, una vez muertos Bolívar y Sucre: el general José Antonio Páez. Así nació la nuestra como una república civil pero tutelada militarmente. Esta situación duró exactamente dieciocho años. Hasta que Monagas sustituyó a Páez. El monagato postergó una guerra civil que estaba latente desde el alzamiento de Ezequiel Zamora en 1846. Pero a partir de 1859, ella se desató por fin. Quienes la historiaron en el siglo XIX hablaban de ella como la "Guerra Larga", pero no imaginaban cuánta razón tendrían, puesto que si les parecía tan larga porque había durado cuatro años (1859-1863), qué sería si hubiesen adivinado que en verdad ella duraría todo el resto del siglo, hasta 1903! Cuando se terminen por fin las guerras civiles no por eso se terminó la hegemonía militar: hasta 1945 nos estuvieron dominando generales-presidentes, y después de 1948 se volvería a las andadas. De tal manera que si sumamos ciento setenta y dos años de historia republicana veremos que apenas hemos tendido cuarenta y tres años de gobiernos civiles. En tales condiciones, ¿cómo puede extrañar que continúen muy firmemente asentadas en nuestro suelo, las pulsiones autoritarias y más precisamente militaristas? Generalmente, se pensaba que quienes más debían ser inmunes y, más aún, detestar el militarismo debían ser los sectores menos favorecidos socialmente, pues eran ellos siempre las primeras víctimas de toda confrontación bélica, la carne de cañón de toda acción militar. Se pensaba que esa actitud supuesta se resumía en aquella copla del siglo XIX: Ya Venezuela no quiere guerra porque esta tierra se va a acabar; generales, coroneles, sinvergüenzas que no quieren trabajar. Pero desgraciadamente, eso no es así, y no en vano decía Rousseau que el esclavo llega a amar sus cadenas; no en vano los españoles gritaban en 1808 "Vivan las caenas!". En Venezuela, esa sed autoritaria y militarista no existe sólo en las clases alta y media, sino entre quienes serían las primeras víctimas. Es sobre la base de ese poso retrógrado y paternalista, combinado con una demagogia desenfrenada, que ha tomado cuerpo una tendencia en los últimos años en Venezuela, lo que se podría llamar muy pertinentemente "populismo militar". Es lo que nos ha llevado a la actual y muy profunda fractura social, política y cultural.
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