EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
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Edición Aniversaria

Baltazar Porras
Arzobispo de Mérida. Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana


Editorial
Notitarde
C.A.

La crónica menor

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Vivimos en una Venezuela fracturada. Para la inmensa mayoría de propios y extraños resulta imposible entender cómo hemos llegado hasta aquí. Problemas han existido siempre, desigualdades sociales también; recursos naturales y bonhomía de sus gentes capaces de convivir hasta con los contrarios, configuraron un país y una cultura que parece estar desapareciendo del horizonte. ¿Qué ha pasado?

El siglo XX venezolano estuvo marcado por la conquista de la paz. Las guerras y los odios nos desangraron y nos sumieron en un atraso y una miseria atroz a lo largo de todo el siglo XIX. La paz política se logró al alto precio de una dictadura que permitió pensar y trabajar en todos los campos, menos en el de la convivencia ciudadana según los parámetros democráticos.

A la paz política se unió la búsqueda de una paz social que permitió una movilidad increíble, una posibilidad de surgir y mejorar a los nacidos en el propio suelo y a los venidos de otras latitudes a hacer tienda entre nosotros. La aparición del petróleo permitió entre otras cosas recursos financieros que hicieron más suave la carga del trabajo para la construcción de una nueva sociedad. El sentido igualitario y el ansia de libertad fueron haciendo camino junto a la experiencia inédita de vivir en democracia por décadas.

Los tiempos y los cambios vertiginosos del mundo contemporáneo postulaban algo más. La clase política, pero no sólo ella, la dirigencia en general, no supo abrir suficientes cauces de participación para que la riqueza social y material llegara a los más desposeídos. Siempre ha rondado sobre nuestras cabezas el afán de conseguir bienes sin el sacrificio que hace madurar y crecer a personas e instituciones. El fantasma del mesianismo, de la fácil prédica de criticar los yerros de los demás y de ofrecer como los prestidigitadores el oropel de un éxito fácil, nos ha llevado a confiar en quien no debíamos. Pero, ¿y a qué precio?

No me voy a detener, porque no es mi campo el análisis de las causas políticas que nos condujeron adonde estamos. Son muchos los análisis que se han hecho sobre la fractura que vive el país. La mayor parte de estas visiones son de carácter político, económico o sociológico. Todas se interconectan entre sí. Quiero aportar unas ideas desde una perspectiva complementaria, la ético-religiosa. Es una verdad de Perogrullo que las dos últimas décadas del siglo XX marcaron un retroceso en las conquistas sociales y en el horizonte de movilidad social de buena parte de la población. Los cambios que se requerían chocaron con la arterioesclerosis de quienes no supieron ver a tiempo que cavaban no sólo su tumba, sino la de todo el pueblo venezolano.

La primera objeción que se suele hacer a las posturas de la Iglesia -principalmente desde el oficialismo- es que sus opiniones son "políticas", y por tanto, merecen la misma consideración que la de los opositores políticos. Para quienes tienen responsabilidades públicas no hay nada más errado y dañino que el descalificar a todo el que discrepa o aporta un punto de vista diferente o divergente. Es la aparente ventaja de sentirse así, exento de analizar el fondo de la cuestión.

Hemos titulado este artículo "La verdad de las mentiras", sugerido por la lectura de la obra del mismo nombre de Vargas Llosa. Es una constatación cierta que la mayor parte de los análisis de nuestros políticos parten de presupuestos verdaderos o verosímiles. Es un recurso fácil: la pobreza, los errores de los otros, el influjo de las potencias extranjeras, etc. Lo que no es tan cierto es que las contrapropuestas y los medios que proponen quienes buscan el poder sean los más acertados.

El primer postulado que desde lo ético-religioso se debe analizar sobre cualquier realidad social es dónde queda el respeto y cultivo de los derechos humanos, en particular los que tienen que ver directamente con el derecho a la vida. En lenguaje religioso: cómo se cumple con el mandamiento supremo del amor, a Dios y al prójimo como a uno mismo.

El gobierno instaurado a partir de febrero de 1999 ha irrespetado sistemáticamente este derecho: el lenguaje violento, burlón, descalificador, amenazante, genera un clima y una cultura que dificultan la convivencia social. El lenguaje crea y propicia una cultura de relación con los otros. Si, además, se tiene el poder, supone siempre una amenaza contra el otro. Es la relación familiar del padre gruñón con la mujer y los hijos...

No basta decir que la nueva Constitución consagra todos los derechos humanos, que no hay presos políticos, que aquí cualquiera puede decir lo que quiere, que no hay muertos... Los hechos, y más claramente después del 11A, han puesto en entredicho todas esas afirmaciones. En los últimos cincuenta años no se había vivido en un ambiente de insultos, de indefensión, de intimidación y de impunidad que carcome las bases de la convivencia social. La primera obligación de todo gobierno democrático es construir, unir, no fracturar. El lenguaje es algo más que palabras. Para quien siente en su interior una responsabilidad ética y religiosa, el derecho a vivir en paz, en respeto mutuo en medio de las diferencias, no puede pasar agachado ante esta fractura.

Un segundo valor al que es siempre sensible toda persona con sensibilidad ética o religiosa, es el apego a la verdad. No toda afirmación o postura, por muy respetable que sea, es sin más verdadera o falsa. Tiene que hacer referencia a otros elementos que están fuera de la conciencia de cada quien y que responden a una objetividad que se construye entre todos. En la Venezuela de hoy existe la conciencia generalizada de que la "única verdad" es la que quiere imponer siempre el gobernante de turno. Y eso genera tensiones, conflictos y enfrentamientos. Porque es la negación del diálogo y de la búsqueda en común de la verdad. Un ejemplo nos puede ilustrar mejor: el gobierno irrespetó desde su inicio la Constitución del 61. Se declaró una provisionalidad que dejaba a la discrecionalidad gubernamental determinar lo bueno y lo malo. Esto pareció tener ciertos visos de verdad. Pero... se aprueba luego una nueva Constitución, y sobran los casos de irrespeto, olvido u omisión del propio texto constitucional nuevo. La conclusión es la situación que estamos viviendo: ¿Con qué autoridad se exige ahora a todos los ciudadanos que "respeten" la Constitución, que se atengan a lo allí dispuesto? ¿Por qué existen "dos verdades distintas" para un mismo asunto?

Y eso que no nos detenemos a otro aspecto de la verdad: la mentira, el engaño o el ocultamiento. Esto no se admite hoy día ni para explicarle a un niño pequeño "de dónde vienen sus hermanitos". Un ejemplo nos puede servir mejor: cambios, constituyente, proceso, revolución han sido el lenguaje con el que se nos ha vendido lo que hoy vivimos. ¿Ha sido lo mismo desde el principio, o son más bien pasos tácticos en la búsqueda de un objetivo ya trazado con anterioridad?

Toda sociedad y quienes tenemos alguna responsabilidad ética o religiosa no podemos ser indiferentes al tema de la verdad, como si el pragmatismo, el pajarobravismo, o el saber hacer las cosas sin que los demás se enteren sea un valor social. Existe una fractura en la sociedad venezolana, impulsada y dirigida por quienes tienen la conducción del país. Es lo contrario de lo que debe hacer todo gobernante democrático. Ello propicia una respuesta pendular en el resto de la sociedad que ahonda la brecha, produce una fractura mayor.

Una tercera causa que conduce a la fractura que vivimos es el pobre concepto y ejercicio de la "democracia". Los venezolanos cargamos sobre nuestros hombros con una herencia cultural nefasta. Hemos entendido por democracia ganar elecciones y gobernar al antojo de la mayoría obtenida. No hemos tenido un ejercicio de la democracia concebida ésta como pluralidad y como juego social que se hace más fuerte en la medida en que su base de sustentación es más amplia. A ello hay que sumar una cierta apuesta a dar con el mesías de turno que nos arregle los problemas con el menor esfuerzo personal y colectivo.

El mejor ejemplo de lo que no es una democracia moderna lo estamos viviendo entre nosotros. Intransigencia que lleva a la descalificación, diálogo entendido como dejar hablar para hacer luego lo que ya teníamos previsto, control de los poderes para evitar que ninguno de los "nuestros" reciba el peso de la ley, populismo que nos lleva a hablar en nombre de los pobres y desposeídos sin preocuparnos porque la pobreza estructural disminuya. Todo ello es el mejor caldo de cultivo para la impunidad, la corrupción, el sectarismo y la lucha de clases que lleva al odio. Con ello no se consolida ninguna democracia, al contrario, se fractura más su base de legitimación.

Las consecuencias éticas de lo anteriormente expuesto son dramáticas. La pérdida de la ilusión y de la confianza, el sentirse de nuevo burlados, la parálisis del desarrollo y el progreso, abren el camino a cualquier tipo de salida. Cuando desaparecen o se desdibujan los valores morales, la violencia se enseñorea, la pobreza aumenta y los desequilibrios sociales son mayores. No hay más punto de referencia ética que el poder. Desde una perspectiva más religiosa o cristiana, las cosas se dificultan, se hacen más cuesta arriba cuando desaparece el "afecto", "la fraternidad", la justicia social distributiva.

Tanto el gobierno como la sociedad civil en sus múltiples expresiones deben ser conscientes de que no hay salida posible "sin el otro". La vida social, desde la convivencia de la pareja matrimonial hasta las más sofisticadas formas de organización humana, no progresa sin la participación gozosa y confiada de los otros.

Las reglas de juego políticas están cerradas porque las oportunidades no son iguales para todos los actores sociales. El llamado a la violencia y a la muerte es una locura que nada soluciona. El egoísmo personal y grupal sólo lleva a estar al acecho de la mejor oportunidad de mi parcialidad, no la del conjunto.

La inmensa mayoría de los venezolanos quiere vivir en paz, en igualdad de oportunidades ante la ley y ante los poderes. Con la esperanza de un mañana mejor para sus hijos; con la conciencia de que sin valores morales, humanos y religiosos compartidos, no hay mañana feliz.

El futuro tiene la cara que el presente quiera darle. El presente de Venezuela hoy es de la "verdad de las mentiras", es decir, la verdad de unos pocos que la imponen a los otros en nombre de ellos. La inmensa mayoría sabemos que sí tenemos hombres capaces e instituciones sólidas para reconstruir esta Venezuela fracturada, sedienta de verdad y de fraternidad.

26-6-02. Monasterio de Silos.

 

 

 

 



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