Notitarde C.A. |
Pero los sucesos de abril también son atípicos desde el punto de vista jurídico, pues ni los militares ni los civiles que en ellos intervinieron hicieron, efectivamente, uso de las armas para alcanzar el objetivo de desplazar por breves horas a Hugo Chávez de la Presidencia, sino más bien todo lo contrario, pues, al oponerse a la activación del Plan µvila, en la práctica, se estaban negando a utilizar sus armas para eventualmente reprimir a los ciudadanos que participaban en la manifestación del 11-A. Atípico, también, resulta el hecho de que la renuncia del Presidente de la República es anunciada por Lucas Rincón, el oficial de más alta graduación de la Fuerza Armada, quien, luego del regreso de Chávez, será designado ministro de la Defensa, lo que, de una forma u otra, equivale a reconocer que no hubo falta en su comportamiento al efectuar aquel anuncio. Además, la existencia de procesos judiciales pendientes por causa de los sucesos ocurridos ha hecho que, de parte y parte, oposición y gobierno, muchos actos, dichos y actuaciones de los protagonistas de esos eventos, hayan sido modificados, alterados, sometidos a diversas interpretaciones, o, simplemente, cambiados en términos absolutos por razones de conveniencia judicial, impidiendo, por ahora, una fácil explicación, detallada, totalizadora, integradora de los hechos. Con contadas excepciones, poca luz arrojan sobre los acontecimientos las comparecencias, ante la comisión designada por la Asamblea Nacional, de algunos de los actores principales en los hechos de abril. Reveladores, en nuestra opinión, resultan los testimonios del General Manuel Rosendo y del comisario Henry Vivas, comandante de la Policía Metropolitana. También resulta de alguna forma reveladora, la declaración que ante esa Comisión -con asistencia de un solo representante de la oposición, el diputado Juan José Caldera- hiciera el presidente Hugo Chávez Frías, quien, a pesar de representar en esa oportunidad un libreto bien aprendido, por su propia naturaleza histriónica, llegó a incurrir en algunas afirmaciones seguramente no recomendadas por sus asesores legales, como por ejemplo calificar de "legítima defensa" la de los pistoleros que, desde Puente Llaguno, disparaban parapetados detrás de una pared.
APRETADA SINTESIS Durante el mes de mayo, en este mismo diario, escribí doce trabajos que intentaban dar una explicación de aquellos hechos; en esa oportunidad hablé con muchas personas que tuvieron importante participación en los sucesos de abril. Conversé con el general Raúl Baduel y también lo hice con Francisco Ameliach, coordinador Nacional del MVR, y muchos otros dirigentes y diputados de esa tolda política y con diputados y dirigentes de grupos opositores; hablé con muchos oficiales, de uno y otro bando, pertenecientes a diversos componentes de la Fuerza Armada, pero en mayor medida al Ejército. Luego de la publicación de esos trabajos, además de seguir hablando con militares, he mantenido conversaciones sobre el tema con Carlos Andrés Pérez, en República Dominicana, con Isaac Pérez Recao, en Estados Unidos. Pérez Recao fue presentado inicialmente como uno de los principales instigadores y financistas del golpe del 12 de abril, en una versión que aun sigo creyendo tenía más de maniobra de distracción y eventual venganza por temas mercantiles, que de auténtica realidad. Isaac Pérez Recao admitió durante la conversación que sostuvimos en mayo de este año -el mismo día en que compareció ante la comisión de la Asamblea Nacional, Carlos Ortega- haber contribuido con 30 millones de bolívares en efectivo para la CTV, los cuales le había entregado personalmente a Ortega, supuestamente en presencia de Pablo Medina. Idéntica afirmación había hecho, pocos días antes, en presencia de un Fiscal Militar, en el Consulado de Venezuela en Miami. También reconoció tener amistad con Molina Tamayo y con el general de División Medina Gómez, cuyo uniforme fue encontrado durante el allanamiento efectuado en la casa de habitación de Pérez Recao, pero negó, enfáticamente, haber fungido de líder de una eventual conspiración para derrocar a Chávez, aunque reconoció haber participado en algunas reuniones de las muchas que se realizaban desde los días anteriores al paro del 10 de diciembre de 2001 y en los días anteriores al 11-A y haber sido invitado a Fuerte Tiuna durante los acontecimientos. He conversado con muchos dirigentes de los partidos de oposición y con dirigentes empresariales y sindicales que participaron activamente en el paro del 10 de diciembre y en los paros que antecedieron a la huelga general de abril, aunque no he logrado hablar con Carlos Ortega. Conozco sus versiones privadas y las públicas, que no necesariamente coinciden en todos los casos. Hablé, más brevemente, con Daniel Romero, el abogado que leyera el Decreto de Carmona y a quien muchos - los que no creen que un constitucionalista como Allan Brewer Carías pueda ser el responsable de tal decreto- adjudican la autoría del mismo junto al hijo de una ex funcionaria del gobierno de Carlos Andrés Pérez. También he conversado con algunos de los altos ejecutivos de Pdvsa que dirigieron el conflicto de esa compañía que sirvió de detonante de los sucesos de abril.
CONFESION Confieso que luego de hablar con tanta gente lo único que me ha quedado claro es que había diversos grupos de políticos, empresarios, dirigentes sindicales, profesionales, simples ciudadanos y militares, reuniéndose con la idea de sacar a Hugo Chávez del poder. No creo que todas esas reuniones tuviesen, por si mismas, un carácter claramente conspirativo, no obstante que su finalidad fuese hablar acerca de cómo "salir de Chávez" y explico de seguidas esta aparente contradicción, luego de afirmar que, como lo demostrara lo ocurrido con Pedro Carmona, de haber existido conspiración, no hubo una sola, sino varias, en paralelo y hasta yuxtapuestas.
LA CONDUCTA DE CHAVEZ Durante el segundo semestre del año 2001 y aun después del paro nacional del 10 de diciembre de ese mismo año, la actitud del gobierno de Chávez fue soberbia y pendenciera. Las alusiones y expresiones que presentaban a la Fuerza Armada como un instrumento del gobierno y su partido, se multiplicaron; las agresiones verbales -no solamente a la oposición, sino ante cualquier manifestación de disidencia- muchas de ellas en cadena nacional, fueron en aumento hasta el día en que despidió a los ejecutivos de Pdvsa durante un Aló Presidente (después del 11-A, pediría perdón). La intransigencia puesta de manifiesto con el tema de las 49 leyes aprobadas en el marco de la Ley Habilitante que le otorgara el Poder Legislativo, no pudo ser mayor. Las provocaciones absolutamente innecesarias acerca del tema de la propiedad de la tierra. La negativa a admitir la gravedad de la situación planteada por el paro decretado por empresarios y obreros, luego convertido en huelga general, y, sobre todo, la resistencia a buscar una solución negociada al conflicto de Pdvsa, (aun cuando, de acuerdo a su propia confesión tenía en sus manos la renuncia de la directiva que había designado días antes del 11-A). Todo eso, unido a una vacilante y contradictoria posición frente al terrorismo y la guerrilla colombiana, una infantil actitud de confrontación con los medios de comunicación, la iglesia católica y hasta con el gobierno de Estados Unidos, para no hablar de su acercamiento a gobiernos de naturaleza totalitaria, y una política económica que, como ahora sabemos, era totalmente errada, generaron en gruesos sectores de la población un clima de total incertidumbre que terminó por afectar seriamente, y probablemente de manera definitiva, la imagen del Presidente Chávez y la confianza que muchos habían depositado en él. En una situación como esa era perfectamente normal que los partidos políticos, grupos económicos, profesionales, sindicales y militares, se reunieran, no necesariamente para conspirar, sino para buscar una salida frente a un gobierno que, absolutamente cegado por la prepotencia, sobreestimaba su fuerza, su poder de convocatoria, su ascendiente dentro de la Fuerza Armada, y subestimaba a las fuerzas opositoras. Adicionalmente, desde su arribo al poder, Hugo Chávez y sus partidarios veían surgir conspiraciones en cualquier manifestación de disidencia y señalaban como responsables a las elites políticas de la cuarta república, a la cabeza de las cuales, en cada ocasión, indiscutiblemente, colocaban a Carlos Andrés Pérez. Esta no fue la excepción.
CONSPIRACION, CONSPIRACION Desde el 8 de enero de 2002, los diputados oficialistas Francisco Ameliach y Pedro Carreño y la diputada Cilia Flores habían dado a conocer la grabación de una conversación telefónica que había sostenido el día 4 del mismo mes y año, el presidente de la CTV, Carlos Ortega, con Carlos Andrés Pérez. Como demostración de la conspiración, la grabación era un "caliche", ya que el verdadero móvil de la llamada de Ortega estaba dirigido a lograr la colaboración de Pérez para convencer a algunos diputados de la oposición, amigos de Pérez -que en ese momento estaban a punto de concluir un acuerdo con el MVR para la instalación de la nueva directiva de la Asamblea Nacional- de que no rompieran el bloque opositor que, pensaba Ortega, como muchos otros, podía destronar a William Lara de la presidencia del ente legislativo.
HABLA PEREZ Para fortuna de Hugo Chávez, la participación de Pérez en los hechos de abril, en mi opinión, fue escasa o ninguna. Sobre el nonato gobierno de Carmona, Pérez me dijo "que nunca había visto que se cometieran tantos errores en tan poco tiempo", que había tratado de comunicarse con Carmona el día doce en Miraflores, después de su auto proclamación, y no fue posible. Que, finalmente, habló ese día con Daniel Romero y que éste le dijo que Carmona lo llamaría al día siguiente. "Mañana será tarde", le respondió Pérez. Sobre Carmona afirmó; "es un buen hombre, pero no era el hombre para esa circunstancia. Cometieron un error quienes lo nombraron, y él cometió un error al aceptar". Creo que si Pérez hubiese jugado un papel importante en los hechos que comentamos, por su veteranía en ese tipo de situaciones, Chávez no estaría en el poder.
RONCA COMO TIGRE... Sin embargo, a medida que se acercaba el 11-A la supuesta fortaleza del gobierno de Chávez no se correspondía con los movimientos internos, ajenos al conocimiento de la opinión pública, que el gobierno realizaba. La declaración de Rosendo ante la comisión de la Asamblea Nacional, hasta ahora no desmentida, pone en claro que Chávez pensó tanto en la toma militar de las instalaciones de Pdvsa en Chuao, como también en la intervención violenta de militantes del chavismo pertenecientes a los llamados Círculos Bolivarianos (tema que fue discutido por Chávez en presencia del Fiscal Isaías Rodríguez y del Alto Mando Militar, entre otros, el día 7 de abril) sin poder concretar exitosamente ninguno de esos planes. Desde el día nueve de abril, hasta casi el mediodía del 11-A, Chávez trató de convencer a los generales Rincón y Rosendo de la necesidad de implementar el Plan µvila (la existencia de la red de comunicaciones Tiburón, de la cual fue excluido Rosendo, quien, por ser el jefe del Comando Unificado de la Fuerza Armada (Cufan) debía ser el coordinador del Plan µvila, permiten pensar que Chávez ya dudaba del respaldo de éste y otros integrantes de los altos mandos de la Fuerza Armada para alcanzar tal objetivo). En la noche del 10 de abril, Francisco Ameliach, coordinador nacional del MVR, hizo contacto con el ministro de la Defensa, José Vicente Rangel, para pedirle que fuese activado, con carácter disuasivo, el Plan µvila, para que la ciudad amaneciera tomada el día 11-A. Ameliach -quien se encontraba el 11-A, en horas de la mañana, en la sede de la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional- al constatar por la televisión la multitud que marchaba rumbo a la sede de Pdvsa en Chuao (la cual estimó en ese momento en quinientas mil personas) ordenó la movilización de una cantidad mayor de militantes del oficialismo en los alrededores de Miraflores (que ya desde la noche del 10 se habían comenzado a agrupar en las cercanías del palacio de gobierno) y habló telefónicamente, nuevamente, con José Vicente Rangel, quien se encontraba reunido con el Alto Mando Militar en la oficina de Lucas Rincón, para decirle que tenía la sospecha de que la marcha sería desviada hasta Miraflores y que había que impedir que la misma llegara hasta Palacio para evitar un enfrentamiento.
CHUAO Entre tanto, entre las 11 y las 12 del mediodía, en la tarima colocada en Chuao, surgen diferencias entre quienes invitan a la multitud a marchar a Miraflores y quienes lo hacen solamente hasta la avenida Bolívar (Carmona y otros más). El alcalde metropolitano, Alfredo Peña, considera que es una locura ir hasta Miraflores y gira instrucciones al comisario Henry Vivas para que la Policía Metropolitana coloque tapones que más tarde serán desbordados por los manifestantes (ver las declaraciones de Henry Vivas en la Asamblea Nacional). Mientras esto ocurre en la tarima, grupos de manifestantes, que algunos vinculan al gobernador de Miranda, Enrique Mendoza, a la Causa R y a Bandera Roja, han comenzado a desplazarse hacia la autopista para marchar al centro de la ciudad.
DESOBEDIENCIA EN LA GUARDIA Casi a la misma hora -mientras el general Belisario Landis, comandante de la Guardia Nacional, se encuentra en la oficina de Lucas Rincón Romero, junto con el resto del Alto Mando Militar y José Vicente Rangel, discutiendo la conveniencia o no de aplicar el Plan µvila- el Alto Mando de su fuerza y buena parte del generalato, se niegan a cumplir las órdenes de Belisario para que la Guardia Nacional salga a la calle a reprimir la manifestación que marcha hacia Miraflores. Belisario habla entonces con el jefe del Regional Número 5 de la Guardia Nacional, general Gutiérrez y le ordena reforzar Miraflores e impedir la llegada de la manifestación.
Casi a la misma hora, pasadas las 11 de la mañana del 11 de abril, tropas pertenecientes al Batallón Carmona, adscrito al Comando del Regimiento de Logística del Ejército, toman las alcabalas de Fuerte Tiuna y colocan obstáculos (camiones que han sido desviados desde Tazón) en las vías de salida de la referida edificación militar. Dicha acción tiene por finalidad evitar la salida de los tanques y carros de combate del Batallón Ayala, cuyo comandante, al igual que otros jefes de unidades, han sido contactados, directamente, por el presidente Chávez y por el general García Carneiro, jefe de la Tercera División de Infantería del Ejército con sede en Caracas. Los tanques del Batallón Ayala, finalmente, saldrán de Fuerte Tiuna al caer la tarde de ese día. Algunos de ellos se dirigirán a Miraflores, de donde se retirarán, por órdenes del Comandante del Ejército, Efraín Vásquez Velasco, antes de la medianoche. Para ese momento se supone que el general García Carneiro, jefe de la Tercera División del Ejército, ya no respalda al presidente Chávez. El admitirá, durante su comparecencia en la Asamblea Nacional, que solamente disimulaba para luego poder actuar con mayor libertad a favor del gobierno.
PRIMERA APROXIMACION La desobediencia del Alto Mando de la Guardia Nacional ante las órdenes de su comandante general y el hecho de que efectivos del Batallón Carmona impidieran la salida de los tanques del Batallón Ayala de Fuerte Tiuna, en horas del mediodía, ordenada por el propio Chávez al general García Carneiro; así la como la aparición de un grupo de generales y almirantes con un mensaje de desconocimiento a la autoridad del comandante en jefe, a los pocos minutos de tenerse conocimiento de los primeros muertos de la manifestación, han sido presentados por el sector oficialista como evidencia de un plan orquestado, entre civiles y militares, para dar un golpe de Estado y resulta difícil pensar que, en realidad, no fue así, a menos que se piense que todas estas manifestaciones militares han podido ser el resultado de la negativa de los diferentes componentes militares a ejecutar el llamado Plan µvila, ordenado por Chávez.
MUERTOS Y CADENA
BADUEL: UN PASO AL FRENTE Aun después del pronunciamiento del Comando del Ejército, el día 11-A, el general Raúl Baduel, permanecía en la sede de la 42 Brigada de Paracaidistas del Ejército, en Maracay, desde donde tomó contacto varias veces con el Presidente. Los rumores de su marcha hacia Caracas eran constantes, así como también existían rumores sobre una eventual toma de la 42 Brigada de Paracaidistas, por parte del general Rodríguez Grau. Baduel me manifestó, en conversación publicada por Notitarde, que el día 8 de abril, el general Vásquez Velasco había llegado intempestivamente a la 42 Brigada con la finalidad de abortar un supuesto golpe de Estado contra el presidente Chávez (algunas columnas de prensa venían hablando sobre una eventual acción conspirativa de Baduel contra el gobierno). Según Baduel, la idea era desplazarlo de su comando, para facilitar la salida de Chávez. Lo demás es bastante conocido. Maracay se convertirá en la plaza fuerte para el retorno de Chávez al poder y desde allí se planifica y organiza la operación "Rescate de la Dignidad", tema sobre el cual publicamos durante el mes de mayo, en Notitarde, en tres entregas, la descripción hecha por el propio Raúl Baduel.
PEDRO, EL BREVE Luego de ser anunciada la renuncia de Chávez por Lucas Rincón, los militares llaman a Fuerte Tiuna a Pedro Carmona Estanga, quien hasta ese momento ha conducido de manera impecable la resistencia del empresariado frente al gobierno. Desde ese mismo instante comienzan los hechos que terminarán con el retorno de Chávez al mando, ya que en el medio militar surgen diferencias con relación a qué hacer con la persona del presidente -quien se ha trasladado de Miraflores al Fuerte Tiuna después de un proceso de negociaciones durante toda la tarde y la noche del 11-A y la madrugada del 12- y solicita que se le deje salir del país a él y a su familia (preferiblemente a Cuba) como condición para firmar su renuncia, mientras que en el generalato las posiciones están divididas, finalmente se niega la posibilidad de que Chávez salga del país. Al mismo tiempo, en el sector civil que buscaba la salida de Chávez, existían dos tesis: una que postulaba, para la etapa de transición, el entendimiento con sectores del chavismo (un chavismo sin Chávez) y otra, más radical y de derecha, que terminó por imponerse, que no quería saber nada del chavismo. La aparente unidad del sector civil y la del sector militar, estalla aun antes de que se anuncie que Carmona será el nuevo presidente. Lo que llevaría a pensar que no había una conspiración propiamente dicha o, en todo caso, que hubo varias conspiraciones en paralelo y hasta yuxtapuestas, que se anularon entre sí y que, en definitiva, persuadieron a la cúpula militar de la conveniencia del regreso de Chávez. Sin embargo, no se puede dejar de lado, en cualquier examen de la situación, la conducta de los 60 comandantes de batallones del ejército, quienes presionaron, de abajo hacia arriba, una vez que se conoció el decreto de Carmona, para el regreso Chávez, sin que por ello haya que concluir diciendo que son incondicionales del Presidente, pues ahora más que nunca se saben los dueños de la fuerza. Los sucesos de abril, en apariencia, fortalecieron el poder militar de Chávez, al permitirle ubicar adversarios que no visualizaba y, evidentemente, han generado fracturas en la oposición civil. Sólo la movilización popular, conectada a situaciones concretas, podrá impedir que Chávez acabe con la última de las instituciones de la Cuarta República que se mantiene en pie, aunque, paradójicamente, en ocasiones, pueda lucir como un rehén de quienes lo devolvieron al poder.
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