EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
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Edición Aniversaria

Ramón Guillermo Aveledo
Abogado. Profesor de la Universidad Metropolitana. Presidente del Centro Democracia Moderna y Solidaria.


Editorial
Notitarde
C.A.


Fractura por empobrecimiento

La osteoporosis de nuestra sociedad es el empobrecimiento. El empobrecimiento que paralizó la articulación de oportunidades resquebrajó la convivencia y entumeció la democracia.

He llegado a pensar que el principal problema de este país ya no es, ni siquiera, su fractura profunda, sino que para buena parte de nosotros, suficientes como para cualquier barbaridad, no hay urgencia en cerrar la brecha sino, al contrario, el país sería mucho mejor sin los otros. Desde el poder, la diferencia se inflama y la brecha se manipula. Desde la oposición, su importancia se subestima. En la fractura se basa la "estrategia de la ilusión", sin eco de Eco, del presidente Chávez. En frente se procede como si la poderosa base social del sentimiento chavista no existiera o fuera, simplemente, prescindible a la hora de poner en ejecución el plan alternativo. El viejo populismo viene en dos presentaciones: ampollas y ungüento. Las dos alivian los síntomas sin curar la enfermedad. Ambas tienen efectos secundarios. La primera irritación, la segunda aletargamiento.

Ojo que digo lo dicho sin equidistancia. Que no trato de equiparar la influencia del chavismo y el antichavismo en la honda fractura nacional que nos ocupa. Que así como sé que Chávez no creó la crisis, aunque la haya agravado, sino que es una penosa fase de ella, tengo claro que nadie se ha beneficiado más de la crisis que el actual Presidente, entre otras cosas porque gracias a ella alcanzó con relativa facilidad ese cargo que a otros les ha exigido largas marchas y que mantenerla, sobre todo en su peligroso aspecto de división social, le provee de municiones y pertrechos para esa imaginaria batalla contra las fuerzas del privilegio que lo puso y lo conserva en la cima.

Sin crisis no habría Chávez, porque ningún país en uso de sus facultades normales habría cometido esa elección. Pero sin Chávez sí puede haber crisis, porque las causas que la -lo- produjeron se han agravado enormemente durante este mandato suyo, una de cuyas características surrealistas es que sabemos cuándo empezó pero no cuánto tiempo lleva.

Pero no fue que un día amanecimos con esta fiebre y estos dolores y esta parálisis y esta obsesión. El proceso que hasta aquí nos trajo y que quién sabe a dónde nos lleve, si no encontramos el modo de curarlo en el menor tiempo y con el menor trauma posibles, es el del empobrecimiento.

Venezuela se ha empobrecido económicamente, socialmente y, cómo no, políticamente. Los componentes de ese empobrecimiento integral de nuestra vida se alimentan mutuamente y, al sumarse, nos empujan hacia atrás y hacia abajo.

Venezuela ha empobrecido en lo económico. Luego de varias décadas de crecimiento constante, con bajísima inflación, estabilidad cambiaria y progresivo ensanchamiento de las oportunidades para todos, desde comienzos de los ochenta nuestra economía no crece. Su tendencia es al descenso, salvo momentos excepcionales que no tuvieron la duración ni la fuerza para cambiar el rumbo. Uno puede verlo en cuadros y leerlo en libros, pero sobre todo lo siente en la cotidianidad. Si alguien hubiera dejado Venezuela en 1980, para regresar, sin haber recibido noticias en el intervalo, en 2002, se preguntaría qué pasó aquí, qué fue de aquel país pujante que recuerda, donde había tantas cosas por hacer y tanto con qué hacerlas.

El modelo rentista, el cual había funcionado aunque llevara dentro los gérmenes de su destrucción, hizo aguas cuando los ingresos petroleros no alcanzaron para atender las múltiples demandas sociales, demasiado uncidas al carro de su suerte. Cada ciclo bajo del gran negocio del país nos hacía más daño, aunque los precios fueran más altos y los ingresos fueran mayores que en los tiempos de mayor auge. Pero ya el Estado se había convertido en una sustancia fofa, pesada y porosa, muy difícil de mover pero voraz a la hora de absorber recursos.

El modelo rentista colapsó y no hemos sido capaces de sustituirlo, aunque hemos dedicado cantidades navegables de tiempo y de palabras a discutir el asunto. Los intentos de reforma, cuya necesidad tampoco es sentida por las mayorías, han fracasado al poco tiempo de iniciarse. Uno por falta de convicción, otro por exceso de confianza y el más reciente por llegar tarde y con desgano.

Ningún país pasa dos decenios largos rodando por un tobogán de empobrecimiento sin que la gente pague las consecuencias. Y las pagamos. Buena parte del parque industrial del país está inactivo, sólo crecen el desempleo y la economía informal, y la moneda ha perdido -de 1983 a hoy- unas trescientas veces su valor.

El empobrecimiento económico trajo consigo el empobrecimiento social. Si algo caracterizó a la sociedad venezolana, ajena a blasones y abolengos, era su intensa movilidad. Una estructura permeable donde ascender era una posibilidad siempre abierta y donde, en términos generales, cada generación pudo vivir en condiciones mejores que la anterior. Tener mejores viviendas en ciudades más modernas, con mejores servicios y mayor acceso a las comodidades deseables. Tener mayores oportunidades de estudio y, con ellas, horizontes más amplios. Ya no es así. Desde hace tiempo ha dejado de serlo.

Si la economía no crece, las oportunidades se encogen y sus pasos estrechos son superados apenas por una minoría. Al cerrarse las oportunidades, la sociedad se impermeabiliza. Los ricos siguen viviendo como tales aunque ya no lo sean tanto o no puedan desarrollar sus potenciales. La clase media se estanca. Los pobres siguen siendo pobres y se empobrecen más y en su extremo de abajo brota una clase menesterosa, extrema. Los sectores sociales viven existencias paralelas, coexisten en lugar de convivir. Al disminuirse los espacios comunes, disminuye el sentido de comunidad. En ese ecosistema de frustraciones, las malas hierbas de la amargura, la envidia y el resentimiento crecen fácilmente.

Todo esto ocurre en un país donde la premisa ideológica fundamental es que somos ricos y la constatación experimental es que estamos pobres. Distribuir la riqueza y no necesariamente producirla es el desiderátum de esa cultura, el ecosistema ideal para el populismo. êsta es, como cierta artesanía, una política pobre y colorida.

El empobrecimiento político tiene otras caras. La mala fama de la política aleja a quienes más falta hacen y atrae a quienes vienen a medrar. El Estado es colonizado por el clientelismo, el caudillismo y la corrupción e incapaz ya de redistribuir, va convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. El bipartidismo produce estabilidad, pero también una exagerada comodidad en los actores. La política es debilitada desde dentro por sus carencias e incapacidad de renovación, y desde afuera por la antipolítica con su espejismo de alternativa. La política de proyectos de país y movimientos organizados se convierte en una de encuestas e individualidades. Eso es demasiado para partidos ya enfermos.

Entre las élites y las mayorías deja de haber comunicación. Aquellas hablan de procesos: uninominalidad, descentralización, privatización, redimensionamiento. êstas quieren resultados, porque recibe los golpes de una realidad cada día más dura: desempleo, hampa, servicios decadentes, dinero que no alcanza para nada. Los partidos, encerrados en sí mismos, ya no son punto de encuentro ni canal de comunicación. Cada vez la gente se siente menos representada en ellos. La élite, porque los percibe arterioescleróticos. La mayoría, porque los siente indiferentes.

La descentralización trae consigo un viento fresco de rejuvenecimiento político. Cambia el ritmo del partido, pero el sistema tiene vulnerable la defensa y carece de solidez en su línea media, así que los goles entrarán en su portería. Nada gana con la innovación que ha promovido.

La política envejecida de rutina, con las arterias obstruidas por el colesterol de la corrupción y sin recursos suficientes por el agotamiento del modelo rentista, pierde el torneo con su acaso involuntario competidor, las transformaciones en la comunicación social. Queda el campo abierto para la antipolítica y el populismo que asomará en otro rostro.

La política empobrecida no es creíble, tampoco propone. Sólo lee encuestas y se distrae en el juego individual. La consecuencia es obvia. Otra, peor, forma de pobreza. Políticamente hablando, el negocio más rentable será maldecir la política y prometer la justa distribución de la riqueza nacional. Así ha ocurrido. Ese discurso necesita del conflicto. Al contrario de la democracia, cuya viabilidad requiere de zonas de consenso y climas de convivencia, el populismo vengador se alimenta de la confrontación. La paz lo asfixia.

En la Venezuela fracturada por el empobrecimiento, se manipula la brecha, se estimula el resentimiento, se martilla la herida para mantenerla viva y dolorosa. Un carismático especulador de la pobreza atiza el fuego.

El liderazgo carismático del populismo vengador será superado, junto a su supersticioso proyecto. No lo dudo. Pero quedará su sustento social, económico y cultural como una brasa ardiente siempre peligrosa. La restauración del sentido de lo común, de la noción de destino compartido es la respuesta. El camino de la recuperación democrática es el laborioso, minucioso, paciente retejer la red rota. La difícil curación de la fractura nos irá devolviendo la convivencia perdida. Por eso, nunca nuestra accidentada búsqueda de la libertad había estado sometida a mayor prueba.

 

 

 

 

 



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