EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
Portada de la
Edición Aniversaria

Rafael Simón Jiménez
Abogado Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional


Editorial
Notitarde
C.A.


¿Cómo pudimos llegar a esto?

La extrema división, la preocupante fractura que cada vez se manifiesta con mayores niveles de amenaza sobre el conjunto de la población venezolana, merece una explicación que trascienda el simplismo de las mutuas acusaciones entre chavismo y oposición endilgándose la responsabilidad en la generación y expansión de esta patología colectiva que se cierne amenazante sobre el país y sus instituciones. Guerra civil, terrorismo, golpe militar, sangre y enfrentamientos son ahora consideraciones cotidianas que se ciernen expectantes sobre el futuro de los venezolanos, sin que reflexionemos a fondo sobre la profunda alteración y el abismal cambio que tuvo que sufrir un colectivo ganado para el civismo, la democracia, la paz y la libertad luego de 44 años ininterrumpidos de ejercicios electorales y consolidación de una cultura institucional y social que se edificó sobre el repudio a la tragedia de más de 150 años de guerra civil, tiranías y supresión de todas las garantías que rigió la vida nacional desde el nacimiento mismo de la República en 1830, hasta el hito libertario del 23 de enero de 1958.

Las causas de este preocupante fenómeno que ha alterado la propensión de los venezolanos de estas generaciones hacia el entendimiento, la tolerancia, y el repudio a la violencia en todas sus formas y manifestaciones, hay que desentrañarlas en el profundo malestar colectivo que hemos vivido durante los últimos 20 años al ver caer indetenible e incorregiblemente nuestros niveles de vida y bienestar, en una vorágine de empobrecimiento masivo, marginalidad y exclusión social que arropa a sectores mayoritarios de la población, y que obedecen en lo fundamental a la forma irracional, ineficiente y corrupta como fueron administrados y dilapidados los grandes recursos con que ha contado Venezuela y donde a la elite gobernante durante los 40 años de la democracia denominada por comodidad conceptual como "puntofijista" tiene una responsabilidad ineludible que ya le ha sido enrostrada por la mayoría de los venezolanos al someterlos al repudio y escarnio político y electoral.

Ese inmenso malestar generado en el país, cambió su mapa social y económico pasando de ser una sociedad con un sector de clase media que bordeó el 40% del conjunto, anclado en un sistema que con los problemas de injusta distribución del ingreso, sin embargo, permeó los beneficios hacia la mayoría brindando oportunidades de ascenso y nivelación social, abonado por la cultura igualitaria que se ha sedimentado en el mestizaje y la diversidad y que constituye uno de los rasgos más positivos de nuestra idiosincrasia; lo anterior explica en buena medida la estabilidad de nuestras instituciones y la permanencia de la adhesión del pueblo al sistema democrático y a sus ejercicios garantísticos y libertarios.

La patología social e institucional estalló en Venezuela al quebrarse el sistema de conciliación que se cimentó sobre el reparto de los beneficios de la renta petrolera, y ponerse en evidencia la incapacidad del Estado para satisfacer las necesidades y demandas colectivas, tras su colapso financiero incubado en una deuda gigantesca contraída paradójicamente en la época de mayor bonanza nacional, una hipertrofia del sector público alimentado con los vicios del populismo, el estatismo, la demagogia y el asistencialismo, y el despilfarro y la corrupción que proyectaron al país a los más elevados estándares en materia de ausencia de ética y eficiencia en los manejos del patrimonio público. La insurrección popular del 27 y 28 de febrero de 1989 a muy pocos días de la victoria electoral del ex presidente Carlos Andrés Pérez fue sin duda la primera manifestación terrorífica e incontrolada de un malestar que ya era manifiesto y que buscaba cauces poco convencionales para expresarse.

El autismo de la clase política insensibilizada y cerrada sobre sus propios beneficios y privilegios agravó progresivamente las causas del malestar colectivo haciéndose clara la voluntad de los venezolanos de acompañar cualquier oposición que apareciera como respuesta a toda esa trágica situación, sobre todo si la misma podía ser encarnada por un liderazgo contestatario, crítico, irreverente, sin nexos de ninguna naturaleza con el sistema anterior. Aquí se gesta el "fenómeno Chávez" y así se explica lo contundente, masivo y sólido del apoyo que los venezolanos le brindan a su plataforma electoral, convirtiéndolo sin duda en el líder de mayor adhesión y devoción que conoce la historia contemporánea de Venezuela.

El apoyo popular masivo dado a Hugo Chávez le permitió disponer de todos los medios institucionales para promover un gran cambio conforme a la dimensión de las expectativas en él cifradas; haber ganado por amplia mayoría siete elecciones consecutivas corrobora incontrovertiblemente esa realidad, al igual que la constatación igualmente fehaciente de que pese a las dificultades actuales el mandatario sigue gozando de importantes adhesiones sobre todo en los sectores sociales que le otorgan en su ideario la esperanza cierta de la justicia y redención. Considero que el error fundamental de conducción y orientación del actual proceso de cambio reside precisamente en su incapacidad para entender su papel en la unión y reencuentro de todos los venezolanos bajo un proyecto compartido, sólo a partir del cual es posible la reconstrucción de Venezuela y sobre todo el reinicio de la senda progresiva del crecimiento económico, el empleo y bienestar imposibles de alcanzar en una sociedad dividida, fracturada y enfrentada.

No existe en la Constitución de 1999, aprobada bajo las ideas fundamentales del Primer Mandatario, ningún punto a partir del cual los venezolanos puedan dividirse en ricos y pobres, en trabajadores y oligarcas, en campesinos y productores; por el contrario hay una visión modélica y paradigmática de un país a construir en el cual es necesario el aporte y el concurso de todos los venezolanos. Por lo demás en el mundo de hoy no sólo resulta desfasado sino casi fantasmal plantear conceptos como la lucha de clase, la dictadura del proletariado, la dinámica latifundio - minifundio y otras de igual naturaleza que por fracasadas fueron arrojadas al basurero de la historia, una economía moderna, productiva, competitiva, sostenible, diversificada, el respeto a la propiedad y el funcionamiento pleno del mercado son prerrequisito para el otro logro fundamental de la materialización en la práctica del estado democrático y social, de justicia y de derecho, enunciado en nuestro texto constitucional y que sólo es alcanzable mediante el crecimiento económico, la inversión nacional y extrajera, la generación de empleo, la masificación y calificación de la educación y el acceso progresivo de los preteridos, excluidos y marginados a una sociedad que los incorpore a sus beneficios.

Si algo hay que desterrar de la mente de los venezolanos, cualquiera sea su signo ideológico o su postura política, es la idea de que un sector del país se puede imponer sobre el otro, de que se puede hegemonizar, de que se puede excluir o relegar a cualquier grupo de nacionales independientemente de su peso cuántico, ese planteamiento es tan falso como antidemocrático, y además rompe con una cultura del pluralismo y la diversidad acerada tras 44 años ininterrumpidos de ejercicios cívicos y libertarios. Tan importante es el país que ve en Chávez una esperanza de redención y mejoría como el que lo adversa, una parte del país no puede prescindir de la otra y cualquier marcha en esa equivocada dirección conducirá irremediablemente al fracaso.

Si algo se impone en esta hora difícil, compleja y crucial del destino nacional, es encontrar los caminos para la reconciliación y el reencuentro afectivo de los venezolanos, lo que no significa en lo absoluto renunciar a las posturas de cada quien, incluso de los más afiebrados y radicales, sino buscar en la tolerancia, el respeto, el reconocimiento a lo diverso y contrario el elemento que le ha permitido a Venezuela afirmar durante 44 años su vocación irrenunciable a la paz, la libertad y la democracia. Hoy cuando hay sectores fundamentalistas que pretenden encallejonar al país por el camino de la violencia, la guerra y el enfrentamiento fratricida, es necesario solidificar a la mayoría nacional ubicada más allá de la dinámica intrascendente y estéril chavismo-anti-chavismo, que alimenta su ideario de convicciones partidarias u opositoras pero sobre todo que cree en el trabajo, el estudio, la tranquilidad, la estabilidad y la paz, para derrotar a quienes para dolor, vergüenza y tragedia pretenden reeditar los ingratos sucesos del pasado abril.

Sólo a partir de un país compartido, de una patria grande donde todos tengamos espacio, de una lucha cívica y democrática que se centre en las ideas y los proyectos positivos para Venezuela, podremos comenzar la ardua tarea de reencontrarnos con ese país de ascenso social, oportunidades, bienestar y progreso que se nos fue de las manos por la conducción irresponsable y corrupta de una clase política que, sea cual sea el destino que Dios le tenga deparado a Venezuela, no debe nunca más volver a dirigirla.

 

 

 

 

 



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