EDICION 26 ANIVERSARIO
Valencia, 9 de Agosto de 2002

 
Portada de la
Edición Aniversaria

Carlos Mata
Analista político


Editorial
Notitarde
C.A.


Aquí llegamos! ¿Para dónde vamos?

RECORDANDO UN POCO EL PASADO

A pesar de que el presidente Rafael Caldera afirmara que "en mis manos no se perderá la República", lo cierto es que entregó la República en manos de quien la está echando a perder. Entrega casi deliberada, al sobreseer a Hugo Chávez y a sus compañeros de la acusación de golpe de estado en contra de un gobierno democrático, cuando deberían haber sido juzgados e inhabilitados políticamente. Con ese perdón se abrieron las primeras grietas.

Acción Democrática y Copei se habían alternado en el gobierno con resultados negativos en sus políticas públicas, decepcionando a la gente que se sentía desamparada, empobrecida y sin futuro. La segunda experiencia presidencial de Caldera sólo sirvió para repetir los desaciertos y colmar la paciencia de los venezolanos, que hartos de la corrupción, inseguridad y miseria empezaban a manifestar la voluntad de vengarse de los partidos. Buscaban un vengador, con fuerza para golpear por ellos y que pudiera cambiar y mejorar las cosas. Consiguieron a Chávez.

 

LA CONSTITUYENTE Y EL ACEITE CALIENTE

Con el puño cerrado, la promesa de llamar a un proceso constituyente y la amenaza de freír en aceite caliente las cabezas de adecos y copeyanos y erradicar la corrupción, Hugo Chávez conquista la Presidencia de la República.

Después, todo el país se enfrascó en la discusión y aprobación de la nueva Constitución, con la cual el gobierno justificaba las insuficiencias de su acción. Se hacía creer que la sola aprobación de la nueva Carta Magna sería suficiente para arreglar todas las cosas. Hasta aquí, Chávez gozaba de alta popularidad y la gente aceptaba el sacrificio y confiaba que cumpliría las promesas electorales.

 

DE VICEPRESIDENTE EN VICEPRESIDENTE

En menos de tres años hemos tenido cuatro Vicepresidentes y el perfil de cada uno de ellos y su desempeño en el cargo parece guardar estrecha relación con el fracaso del gobierno, incapaz de establecer políticas públicas coherentes y eficaces, de garantizar la seguridad de personas y bienes, generar empleo y combatir la corrupción.

El 13 de noviembre de 2001 terminaba el plazo de un año que tenía el gobierno habilitado para aprobar 43 leyes, sin haberlo hecho. El último día, sorpresivamente, el presidente Chávez anuncia la aprobación de 49 leyes, redactadas en forma inconsulta a espaldas de la sociedad organizada, y cuyos contenidos generaron un inmediato rechazo y firmes protestas.

El gobierno asumía posiciones de confrontación, y la oposición, dispersa, buscaba puntos de coincidencia para agruparse y enfrentar al oficialismo.

 

PAROS, AMENAZAS, MARCHAS Y RUMORES

El paro cívico convocado por Fedecámaras para el 10 de diciembre va sumando aliados, mientras Chávez afirma que "a Venezuela no la para nadie", recusa echar para atrás las leyes aprobadas y se rompe el diálogo.

El paro cívico fue exitoso y Venezuela, en efecto, se paralizó. Chávez, en su discurso desde la Plaza Caracas, refiriéndose a los empresarios, amenaza: "Si quieren pleito, tendrán pleito" y "ahora van a saber cómo el cambur verde mancha".

Tanto el Gobierno como la oposición asumían posiciones cada vez más antagónicas y se cerraban las posibilidades de entendimiento. Chávez se enfrentaba a la CTV, a la Iglesia, a los Medios de Comunicación Social y a Fedecámaras. Ya circulaban rumores sobre el descontento militar. La gente temía que se desatara la violencia.

El 4 de febrero fue celebrado por los partidarios de Chávez con una manifestación que recorrió Caracas, y Chávez nuevamente encadenó los medios para dirigirse al país. Como respuesta, la oposición hizo sonar las cacerolas y convocó a un apagón a la misma hora de la cadena.

Sorpresivamente, militares activos hacen pronunciamientos públicos contra Chávez manifestando abiertamente el descontento existente en el seno de la Fuerza Armada.

 

EL FANTASMA DEL 27 DE FEBRERO Y EL PACTO DE GOBERNABILIDAD

Llega el 27 de febrero y, una vez más, Caracas fue escenario de dos marchas: una, organizada por la CTV que llegó al Palacio Legislativo y otra, de apoyo al Gobierno, que partió del Parque del Este y llegó hasta el Palacio de Miraflores.

Era evidente la formación de dos bandos dispuestos a conquistar la calle, con posiciones radicalmente opuestas e irreconciliables.

En marzo, la Confederación de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras firmaron el denominado "Pacto de Gobernabilidad", participando la Iglesia en calidad de mediadora. Este "acuerdo democrático" fue rechazado por el gobierno, que asegura no existir ninguna crisis de gobernabilidad en el país. Para el Gobierno, todo marchaba bien.

 

EL AVION NUEVO, EL PETROLEO INCENDIADO Y EL PARO GENERAL

Abril arrancó con la llegada del nuevo avión presidencial, con un costo de sesenta y cinco millones de dólares, causando un fuerte desagrado a los venezolanos.

En simultáneo, se radicaliza el conflicto que la nómina mayor de Petróleos de Venezuela planteó como manifestación de inconformidad con el nombramiento de la nueva junta directiva, iniciaron la paralización de las actividades y organizaron protestas públicas. Como respuesta, el gobierno despidió a siete miembros de la nómina mayor de Pdvsa y jubiló a otros doce miembros de la nómina ejecutiva incendiando el conflicto. Fedecámaras y la CTV se unieron para convocar el paro nacional y, por segundo día consecutivo, sonaron las cacerolas en apoyo a la huelga general convocada por la CTV y al conflicto que mantienen los trabajadores de Pdvsa. La gente entonaba el ya conocido "se va, se va, se va".

En el país se vivía una tensa calma. Había ruido de sables y los cuarteles estaban alborotados. La oposición se sentía crecida y dispuesta a adueñarse de la calle.

 

ENTRE MUERTOS Y HERIDOS, RENUNCIA CHAVEZ Y SE CAE EL GOBIERNO

El 11 de abril arrancó el paro general. La convocatoria congregó una multitud de personas sin precedentes, que se dirigieron a Miraflores para exigir la renuncia de Chávez, donde los manifestantes son atacados a tiros por grupos armados, con el resultado de 18 muertos y cerca de doscientos heridos.

Mientras esto ocurría, el presidente Chávez aparecía en cadena nacional, hablando como si nada pasara y ordenó poner en ejecución el Plan µvila para contener a los manifestantes por la fuerza militar, decisión que causó profundo desagrado y malestar en generales y almirantes, que hicieron pronunciamientos contra Chávez, manifestándose en desobediencia y exigiéndole la renuncia.

Sin apoyo militar y desorientado por el rápido desarrollar de los acontecimientos, el presidente Chávez decide renunciar y el general Lucas Rincón lo comunica oficialmente. Respiró el país, aliviado y feliz. Chávez, al fin, se iba.

El ex presidente Chávez se va voluntariamente para Fuerte Tiuna, pidiendo, para firmar formalmente la renuncia, la presencia de un sacerdote para proteger su integridad física y la garantía de su salida para Cuba. Sólo logró obtener satisfacción a su primer pedido y le negaron, en mala hora, el viaje para Cuba, por lo que Chávez recusó firmar la carta de renuncia. A pesar de la falta de ese formalismo, parecía consumada la caída de Chávez. Y no estaba.

 

PRESIDENTE DEPUESTO, PRESIDENTE PUESTO Y, DESPUES, EL DEPUESTO REPUESTO

Un grupo de militares presentó a Pedro Carmona Estanga como presidente interino de Venezuela, quien decreta la remoción de sus cargos a los miembros del Poder Ciudadano, del Poder Electoral y del Tribunal Supremo, suspende de sus funciones a todos los diputados titulares y suplentes, anuncia la realización de elecciones en el plazo máximo de un año y, hace los primeros nombramientos para formar su gabinete.

Todo parecía estar bien, tan bien que hasta el gobierno de los Estados Unidos felicita a los venezolanos por sus virtudes y valores cívicos ejemplares. Pero algo estaba fallando. Después de la lectura del primer decreto del presidente interino, empezaron a circular rumores sobre reacciones negativas de varios sectores, tanto civiles como militares, que no apoyaban la decisión de disolver los poderes públicos. Frente a eso, los altos militares que tenían el control exigieron al presidente interino el inmediato restablecimiento de los Poderes Públicos, lo que fue aceptado. Todo parecía estar en orden, con tanta tranquilidad que las nuevas autoridades ni siquiera pensaron en cambiar la Guardia de Honor en el Palacio de Miraflores.

 

¿Quién jaló la alfombra a Pedro Carmona?

Aún hoy mucha gente se pregunta: ¿qué pasó que obligara a restituir a Hugo Chávez en la Presidencia de la República? Como el motivo de la discordia ya no eran los poderes públicos, las diferencias sólo podían estar en el reparto del poder.

En esas primeras horas, al ver que habían quedado por fuera y sus aspiraciones no eran satisfechas, algunos militares y civiles abandonaron al presidente interino, alegando razones democráticas cuando las verdaderas motivaciones eran los cargos y la repartición del poder político para el manejo de la transitoriedad. Había demasiado en juego.

Los ministerios de Relaciones Interiores, de la Defensa y de la Secretaría de la Presidencia quedaron en manos de la Guardia Nacional y de la Armada, dejando afuera al Ejército, lo que generó fuertes disgustos en este componente. Al parecer, Arias Cárdenas, militar retirado y ahora político con amplias ambiciones, llama al general Baduel y a otros militares para decirles que él se salía del proceso y que cada quien actuara de acuerdo con su conciencia, que era lo mismo que decirles que quedarían mejor reponiendo a Chávez en la Presidencia que en manos de Pedro Carmona. También la CTV percibió que no la estaban tomando en cuenta y su representante en el acto salió precipitadamente del salón. Muchos abandonaron el barco alegando razones constitucionales o democráticas, cuando la verdadera razón era que salían desfavorecidos en el reparto del botín político y había que parar eso, así fuera reponiendo a Chávez.

Fue así que mandaron a buscar a Chávez a La Orchila, sin necesidad de disparar un tiro, sin resistencia y sin pataleo, y lo mandaron a sentarse de nuevo - por un tiempo más - en la silla de Miraflores.

 

Aquí llegamos! ¿Para dónde vamos?

El sector civil no parece en condiciones de lograr por sus propios medios la salida del Presidente. El país presenta múltiples líneas de fractura y conflictos latentes, tanto sociales como políticos y económicos, y hay muchos intereses en juego.

No es sólo el hambre, el desempleo, la inseguridad, el alto costo de la vida, el cierre de empresas, la devaluación del bolívar, la inflación, la corrupción impune y otros problemas que afectan al país y angustian a los venezolanos. No es sólo que los partidos políticos se sienten incapacitados para presentar candidatos propios con posibilidad de conquistar el poder. No es sólo que los Poderes Públicos se encuentren sometidos al Poder Ejecutivo, negando la democracia, violando el estado de derecho y dejando desamparados a los ciudadanos. No es sólo que el Presidente de la República perdió la legitimidad, no tiene dignidad para ejercer tan alto cargo y está rodeado de gente violenta capaz de cualquier atrocidad, fomenta grupos armados a los que instiga para insultar, agredir o matar a quienes se le opongan, garantizándoles impunidad, dinero y distinciones personales. Es también que las armas de guerra de la República, que deberían estar en manos de militares confiables subordinados al poder civil y respetuosos de la Constitución, se encuentran en poder de quienes no quieren respetar y cumplir sentencias del Tribunal Supremo, se declaran revolucionarios y parecen dispuestos a utilizar esas armas contra el pueblo que juraron defender y jamás agredir. Esta situación, intolerable y peligrosa, debe ser resuelta. Recuperar esas armas, rescatar la dignidad de la Fuerza Armada y ponerla al servicio del país, es tarea de alta prioridad que no admite más dilaciones. Sólo los militares pueden hacerlo y, mientras no lo hagan, será muy difícil resolver los demás problemas.

 

MARCHAS PACIFICAS NO TUMBAN GOBIERNOS

Por su lado, la oposición, de marcha en marcha, está quedando cansada y frustrada, sin liderazgos políticos visibles y sin contar con los Poderes Públicos, que siguen haciendo la vista gorda a las tropelías del Presidente para no enjuiciarlo.

Lo quieran o no, los militares se verán obligados a intervenir para reponer las cosas en su sitio. O lo hacen por iniciativa propia en el momento que consideren oportuno, o tendrán que hacerlo cuando el desastre económico sea el detonante y la presión ciudadana aumente y explote, llevando a las calles la protesta violenta en forma anárquica.

Les tocará entonces a los militares recoger el poder tirado en la calle, restablecer el orden público y formar una junta cívico militar que ordene un poco las cosas y conduzca al país a elecciones generales en el más corto plazo posible.

Marchas pacíficas de ciudadanos bien comportados cargando pancartas y cantando consignas no tumban gobiernos y menos gobiernos facinerosos.

 

 

 

 

 



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