Valencia
tiene nombre de mujer... Ciudad tierna y gentil, desde su nacimiento en
las riberas del padre de los lagos, ya se mostraba esquiva. Para que lo
luciera coqueta y atrevida, un collar con figuras de soles y de lunas, de
jaguares y estrellas, de caracolas y serpientes sinuosas como ríos,
le grabó en piedra dura y colocó cual ofrenda sobre su cuello
altivo, el indio Tacarigua. Otro aborigen -el cacique Guacamaya-, para enamorarla,
echó a volar un arco iris de plumas vocingleras, de aves parlanchinas,
que después la visión onírica del tiempo transformó
en mariposas amarillas sobre la cabeza macondiana de Mauricio Babilonia.
No escapó al hechizo el recién llegado entre pendones y espadas
desde la España conquistadora. No pudo sortear el embrujo, eterno
enamorado, el colono que la sembró de añiles y trigales, de
naranjas y pregones. Ni el hijo libertador que la adoró entre sufrimientos
y quebrantos, hasta sembrarle la enseña de la patria en su pecho
rebelde.
Del momento auroral de la urbe cabrialeña es el inicial testimonio
que se posee de la Valencia mujer.
La hija del cacique es una novela histórica
que don Tulio Febres Cordero, en su morada merideña, armó
letra a letra en los tipos de su vieja imprenta, con una constancia de relojero
antiguo... Tibaire, la hija del cacique Queipa, cristianizada bajo el nombre
de Irene, muestra en la pluma de don Tulio uno de los blasones de la mujer
valenciana: su belleza (escribiría el narrador: "Trigueña,
con los ojos negrísimos, graciosa en sus movimientos, dotada de un
cuerpo bien proporcionado y tan flexible como tallo de azucena silvestre".
Doña Irene logró a través del autodidactismo otro blasón
de valenciana estirpe: el saber ("La hija del cacique alcanzó
por propio esfuerzo -son palabras de Don Tulio- una instrucción rara
en una española de aquella época. Y completamente excepcional
tratándose de una india").
Hay entonces un nombre de mujer rondando los costados del hecho germinal...
Doña Irene es el prístino momento de la ciudad. Como para
que en el tiempo Valencia quedara gentil matrona, toque tierno, resumen
de amor...
Valencia es un rostro de mujer... Desde su corazón de naranja
madura, un niño enternecido canta. Junto a su pujanza, al lado de
la viril compostura, está la bien ganada fama de sus bellas e inteligentes
mujeres.
Hace más de un siglo -dieciséis décadas para ser
precisos-, quedó un testimonio por la pluma de un viajero inglés,
periodista y diplomático, caminante de las rutas del mundo. La visión
de Edward Eastwick (quien llega el 13 de agosto de 1864), está plena
de un verdor de naranjales, y de "...lindas damas criollas, que se
paseaban o estaban sentadas para tomar el fresco, frente a posadas semejantes
a los tea-gardens de Inglaterra". Valencia lo cautivó para siempre:
"Es la perla de las ciudades venezolanas", dijo. Sobre la mujer
valenciana estampó las más sentidas frases, retocadas a veces
con oro de naranjas.
El retrato literario que dejó de Erminia Arvelo, la más
bella mujer lugareña, es digno de un pincel:
"Tenía justamente dieciocho años, con una estatura
algo más que mediana, pero que parecía mucho más alta
a causa de la perfecta simetría de sus formas; una verdadera nube
de rizos oscuros y brillantes caía sobre sus hombros de marfil. Su
cara era oval y mostraba una tez blanca, quizás un tanto descolorida;
pero en compensación, sus labios eran rojos y pronunciados, y descubrían
al sonreír unos dientes de blancura tan deslumbrante, que parecían
centellear como joyas. Sin embargo, el rasgo más atractivo de sus
facciones eran unos inmensos ojos negros, orlados de largas y sedosas pestañas".
Si Erminia era la más bella de Valencia, Antonia Ribera tenía
fama de ser la más hermosa de Venezuela. En los hierros de su ventana
se estrellaron requiebros de amor. La Antonia representa un prototipo de
mujer valenciana con visos de permanencia, que no se quedó nunca
en el esplendor de su belleza física, y se creció hacia adentro
en lo cultural y espiritual. Antonia deslumbra en su extraordinaria hermosura
a través de la pluma del viajero, quien señalaría:
"Era completamente distinta a las otras damas criollas que había
conocido. Su traje y sus maneras parecían más bien los de
una beldad británica que los de una criolla. Los ojos eran de un
azul oscuro, el pelo castaño intenso, la nariz griega y las cejas
arqueadas. Sólo sus labios eran más pronunciados que los que
se ven habitualmente en una inglesa. Su figura era esbelta y graciosa, y
su paso elástico que más bien parecía deslizarse que
caminar por el salón".
Si ésa era la materia sometida a pinceladas, otro tanto era el
espíritu. Escribió el inglés:
"Nos enzarzamos en una larga conversación, y mientras escuchábamos
a aquella mujer singular, mi sorpresa iba en aumento cada vez más.
Hablaba como un erudito, como un político, como un diplomático,
como un sabio, pero tan distante de lo que debía ser tema de charla
para una señorita de dieciocho años, que había momentos
en que casi me olvidaba de que estaba hablando con una chiquilla como ella".
Erminias siempre han sido muchas, en este camino de hacer cultura y mantener
en alto el espíritu como antorcha.
Nunca la mujer valenciana prodigó tanta belleza y sabiduría,
como cuando constituyó, a partir del año mil novecientos treinta
y seis, un templo laico para la adoración perpetua de la diosa Atenea.
Más de cincuenta años de cultura valenciana fueron desde
entonces conducidos por la batuta de prodigios de una mujer de variados
nombres y múltiples rostros.
Valencia necesitaba el nuevo corazón que entonces le nacía,
para unir a la bien ganada fama de sus mujeres bellas el privilegio de sus
damas inteligentes. En ningún otro lugar que no fuera Valencia pudo
escribirse un texto consagratorio como el que copiamos:
"Hemos consagrado como norma que la presidencia del Ateneo esté
siempre en manos de una mujer, porque de este modo contamos siempre con
la perseverancia, el espíritu emprendedor, la capacidad de trabajo,
la inteligencia, la eficacia y el profundo sentido humano que caracterizan
a nuestras compañeras". (Artículo de los Estatutos del
Ateneo de Valencia).
La buena conducción demostrada, el éxito, la proyección
hasta más allá de regionales fronteras, hacen de esta casa
de cultura un ejemplo vivo de voluntad de crear y perseverante actitud de
crecer, prodigios de la mujer valenciana.
Que tanto amor ha puesto en la criatura, que resume amor; y justifica
el toque tierno de que un rostro de mujer esté presente en todos
los momentos de su acontecer.
Braulio y el rostro de la valenciana
El rostro de Valencia nació del pincel
milagrero de Braulio Salazar... Para que su pintura emprendiera un alado
galope, de ÷caro quizás, se transformaron sus manos en una
simbiosis de nardos y gaviotas. Ideó Braulio el rostro de la mujer
amada, y Valencia definió un rostro en el pincel de Braulio. Enfrentó
el artista un paisaje urbano cargado de azules, de ocres diluidos, de brumas
bailarinas, y colocó en el cuadro a la mujer, a lo lejos como una
vara de gladiolas blancas, de cerca con rostro definido en chamiceras, leñadoras,
lavanderas, bañistas del Cabriales. Braulio le dio a Valencia una
cara dulce nacida de sus manos poetas, de lirida en flor. Retrato para ponerle
un nombre femenino...
Braulio macera los colores con pétalos de rosas, conoce del secreto
de los zumos silvestres, polvo de mariposas difumina su lienzo. Trae desde
la mar porteña su pedazo de cielo, o "una rosa pintada de azul
que es un motivo". La valenciana de sus cuadros se mete en las pupilas
como una recia estampa de otros tiempos, la ciudad cabalga entre las venas
como un potro de sangre, los paisajes de Braulio respiran el aire embalsamado
de azahares que alguna vez respirara Valencia...
Felipe, como un alto poeta ("Un poeta tiene el corazón como
un espejo de aguas vivas", diría de sí mismo Felipe Herrera
Vial), halló a Valencia "... sumida en la vida de sus fábricas
y comercios, mientras Incamar (la otra Valencia, decimos nosotros), toda
luz, toda armonía, resume con su gracia y su amor a la belleza el
vigoroso encanto citadino".
La alegría fluye como un Cabriales
desatado desde los ojos de Incamar, que el poeta dibujó cual "...
la dulce muchacha de mi ciudad, que lleva como una pluma de color sobre
las sienes, su grato y oloroso nombre indígena". Incamar la
ciudad es también la mujer que describe el aeda como "... una
gracia de melancolía, un cuento azul y blanco. Una calcomanía
del ayer perdido. Una vital promesa de mujer criolla y altiva". Y para
que sea valenciana pura, Incamar toma en sus manos un libro, lo percibe
como una mariposa, y se aposenta en su lectura. El poeta le dice a la ciudad,
y a la mujer que es su espíritu, que "... la tarde no está
para leer; está para gozarla en el amarillo del sol detenido en las
ramas de los árboles y en el azul del cielo, en los colores de las
rosas que en el patio despiden sus perfumes".
Atenea surgió armada y victoriosa de la cabeza de su padre Zeus.
Debajo de su casco guerrero, una mujer había... La diosa de sereno
aspecto creó el primer olivo para simbolizar la paz. Representaba
también la sabiduría. Era de mirada viva y penetrante, ojilúcida,
de ojos verdes o azules. El poeta ciego que era Homero vio por los ojos
de Atenea el color de la mar por donde luego navegarían sus argonautas,
tras el señuelo de un vellocino de oro.
De arte y ciencia, de cultura y saber, en
Atenea vibra un dulce corazón que no quemaron las hogueras bélicas.
Un día inventó también el arte de hilar, bordar y hacer
tapices; y enseñó al campesino a uncir los bueyes al arado,
y orientó las faenas campestres; y a todos los hombres los enseñó
a amar la naturaleza y sus cosas sencillas.
En los más de tres mil años transcurridos desde que la
geografía de Tesea vio nacer a la diosa, se han elevado al cielo
sus santuarios...
Pero la más hermosa, inteligente y noble de todas las mujeres
es Valencia... Desde su pecho de naranja madura un corazón palpita:
desde ese corazón, un niño enternecido canta. La canción
es de amor, eterna balada de enamorados: amoroso mensaje de "aquí
me quedo", del "no te olvido ya", del "siempre te amaré,
Valencia mía".
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