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El Bar Filarmónico, guarida musical de Valencia

  Aldemaro Romero

Sostengo que el máximo desarrollo de la música de la América iberoamericana tiene su asiento en Venezuela; ningún país de nuestro continente puede exhibir el impresionante catálogo que distingue a la música nuestra. Nuestros grupos folklóricos, repartidos a lo largo de los 912.000 kilómetros cuadrados de que consta nuestra tierra, son innumerables por su cantidad, además de admirables y profusamente aplaudidos por su calificada variedad, una variedad donde está comprendida la incontable familia de nuestra tamborería, codo a codo con nuestras músicas de rasgar y de soplar.

No es posible decir a ciencia cierta, cuál es el número exacto de nuestros coros y orfeones; como no es posible hacer lo mismo con respecto a las bandas de adultos y de jóvenes que tocan retretas en nuestras plazas y que desfilan por nuestras avenidas; ni cuántos son y han sido nuestras orquestas de baile, ya sean organizadas como las de las murgas ventetús; tampoco puede precisarse el número de nuestros grupos de gaitas, portadores y protagonistas de la música popular venezolana que tiene más appeal para los públicos extranjeros; como no pueden asegurarse cifras exactas sobre cuántos son nuestros combos de jazz, una disciplina que, dicho sea de paso, ya exporta músicos de Venezuela para los exigentes mercados de Norteamérica y de Europa, dólares y euros de por medio, por feliz añadidura.

Nuestra farándula es, hoy por hoy, tan competitiva como el de otros países más prolíficos en esa materia, en efecto, marchan (como los cadetes de Billo) en correcta formación, nuestros compositores agrupados en una bien organizada sociedad gremial, y virtuosos ejecutantes de todos los instrumentos imaginables, junto con los héroes más conspicuos de la discografía.

Dejo de última (last but not least) la mención que merecidamente le corresponde a la impresionante presencia de nuestra música académica. Y lo hago porque conociendo su historia y su saga, desde la robusta y vibrante clarinada de pioneros como Teresita Carreño, Reynaldo Hahn, Juan Bautista Plaza y Augusto Brandt, esta tierra de mis tormentos no había experimentado el justificado estremecimiento que le ha producido, en años relativamente recientes, el arrollador movimiento de las orquestas infantiles y juveniles que deben su aliento y la fuerza de su ejemplo al denodado maestro José Antonio Abreu, quien es, como se sabe y se ha comprobado hasta el límite, además de músico de muchos kilates y habilidades, un gerente del más alto vuelo, como se requiere de quien ha emprendido con éxito la gigantesca labor con la que ha comprometido todas sus fuerzas. Ese inconmensurable esfuerzo de Abreu ha logrado que cada ciudad venezolana de cierto número, cada región de nuestra tierra suficientemente poblada, cuente con orquestas profesionales y de jóvenes, además de las necesarias escuelas y conservatorios; los jóvenes músicos de esas orquestas se tratan de tú con los de las cinco orquestas de adultos que hay en Caracas, asombrosa distinción para una sola ciudad de cualquier parte del mundo.

Ese estado de cosas ha reafirmado a Venezuela como país musical por excelencia, una tierra que produce y ha producido, en todas sus regiones, cifras de militantes de la música en todos sus órdenes, desde aquel muy modesto del simple maraquero acompañante hasta las desafiantes y apasionadas condiciones de compositor y director de orquesta; en todas las disciplinas musicales contamos con gente valiosa y de mucho talento, que, por fin, ha empezado a dar de qué hablar con voces laudatorias a la gente de los países desarrollados, de público exigente y educado.

 

VALENCIA MUSICAL

Como puede haberse inferido por su título, este escrito tiene su énfasis en la música de Valencia, que es mi tierra natal; no pretende ser una historia de la música de Venezuela. Por eso es que pido que me sea permitido, sin ánimos excluyentes ex profeso, referirme con justificado orgullo a los músicos de mi tierra regional, que, ya sean los sin aulas como los académicos, son tantos y de tantos méritos que siempre he pensado que el reino musical de Venezuela tiene su trono indisputable en Valencia y en todo Carabobo. Príncipes musicales serían entonces, presidiendo una corte harto numerosa constituida por sólo aquellos de fama internacional, Pedro Nolasco Colón y toda su dinastía; y los de la dinastía Osío, abriéndoles entrambos la puerta a figuras igualmente egregias como las de Sebastián Díaz Peña, Narciso Salicrup, Gonzalo Castellanos, Carlos Riazuelo, Manuel Enrique Pérez Díaz, Augusto Brandt, Juan Vicente Lecuna, Manuel Leoncio Rodríguez, María Luisa Escobar, Adela Altuve, Inés Feo La Cruz y Loti Ipinza, todos cultores de la música académica, gente cuyo hábitat es y ha sido el de los escenarios más prestigiosos, que incluyen las salas de conciertos, las academias y los teatros, en tanto que en el rango de la otra música, la música farandulera, militan y militarán por siempre, todos también de fama extramuros, Carlos José Maitín, Marucha Henríquez (La Perla Negra), ÷talo Pizzolante, El Sabanero Porteño, Magdalena Sánchez, Marco Tulio Maristany y "La Primerísima" Mirla Castellanos...

En este punto de la historia nos topamos con la figura jocunda de Balbino García, emérito autor del merengue El Chivo y del valse Las Brumas del Mar, emblemáticas piezas de nuestro más querido repertorio de los matatigres; el mismo Balbino García que era habitué del bar La Banda Negra, watering hole de los cañoneros valencianos del siglo pasado, que se extinguió para darle paso al celebérrimo Bar Filarmónico, guarimba por excelencia de los protagonistas más conspicuos del costumbrismo musical urbano de la Valencia del siglo 20. Se decía, por los años 40 y 50, que la dirección más conocida de Valencia era la del Bar Filarmónico, porque allí concurría todo aquel que precisara festejar con música una fecha conmemorativa.

Pero también se decía que más conocida y divulgada era la dirección de la calle Comercio 117, porque allí vivía el tubista y contrabajista Froilán Valderrama, cuya fama y nombradía residía más bien en las exageradas dimensiones atribuidas a su arma reproductora, antes que en las de sus habilidades musicales. Valderrama era uno de los miembros más notables del elenco del Bar Filarmónico. Y con él, autorizados y contumaces catadores de la mercancía embotellada como el berro, la fruta eÏburro y la guarapita, los animadores más risueños de la Valencia festiva, inmortalizados en el enjundioso libro de Alecia Castillo: Luis Díaz (a) "Cheché", Cecilio Torres (a) "Chapusó", Rubén Díaz (a) "Care-ñame", Daniel Amaro (a) "Careclavo", Pedro Ramón Rojas (a) "Monche", Julio González (a) "Mogote", Adolfo Brea (a) "Golo", Ricardo Rodríguez (a) "Romanoff", Pepito Oliveros (a) "El Zamuro", Teófilo Dalimore (a) "El Inglés", Ernesto Capriles (a) "El Cochino", Fidel Escalona (a) "Pichón", Emeterio Román (a) "Mosquito", Efraín Morales (a) "Morrocoy", Miguel Quintero (a) "El Perrito Comediante", Eulogio Flores (a) "El Ratón", Víctor Pinto (a) "El Mono", Arturo González (a) "Guachimán", Luis Dolande (a) "Cristo Ïe Yuca", Delfín Lima (a) "Muñeco Ïe Flit", Félix Luna (a) "Boca Ïe Tostada", Wenceslao Márquez (a) "Poncherita", Miguel Márquez (a) "Media Jarra", Luis Hernández (a) "El Andino", Carmelo Fernández (a) "Forro de Urna"... Ese era el contingente de los protagonistas musicales típicos de una Valencia que ya se fue, pero que con sus realizaciones musicales en todos los órdenes ha estado escribiendo el capítulo fundamental de su cultura y su más legítimo timbre de orgullo.

 

 

Un recuerdo para Luis Eduardo Chávez

Alecia Castillo H.*

Acompañada de Rafael Salazar, visité a Luis Eduardo Chávez, pocos días antes de su muerte. Lo estuvimos entrevistando para una historia de la música que trabajábamos juntos. Luis Eduardo, durante horas, estuvo contándonos cuentos de esta ciudad. Cada mueble y cada rincón de su casa tenía un pedazo de historia valenciana. Nos mostró la silla que perteneció a Monseñor Granadillo, primer Obispo de Valencia, el pañuelo de novia de Miss Primavera 1939 Gisela Sagarzazu, las lámparas de la familia Castillo, que mi abuela le vendió para comprar la medalla de grado de mi papá en el año 38, el tintero de mi abuelo Pablo Henríquez que compró en 1929 y muchos objetos que en su conjunto constituían el museo sentimental de Valencia.

Además, nos mostró un inventario de su valiosa colección pictórica con todos los objetos de su casa. Este inventario lo había hecho para anexarlo a su testamento. Luis Eduardo decía que legaba todo a Valencia, que era la única dueña de esos tesoros y nombraba al Ateneo institución encargada de aceptar y administrar sus bienes.

Como una vez, después de un domingo de música, en broma me dijo que ese piano me lo regalaba, al verlo incluido en el inventario me sentí desheredada. Me explicó que al tenerlo el Ateneo seguía siendo mío, pero que me daría como consuelo, el pañito que cubría las teclas. Una de sus alumnas queridas había bordado en él la partitura de su vals "Remembranza".

 

*Publicado en Cantos y Cuentos de Valencia, 1990.

 

 

 

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