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La cuestión religiosa (1900-1903): Su repercusión en Valencia

  Domingo Alfonso Bacalao

El violento ataque contra la religión, la Iglesia y el clero, desatado con insistente inquina por Guzmán Blanco, después de la Revolución de Abril, en especial en el llamado Septenio 1870-1877, dejó hondas secuelas en la institución, que fueron aflorando poco a poco a través de los años subsiguientes. Apunta Ramón Díaz Sánchez sobre una especie de psicosis y alteración enfermiza en el comportamiento antirreligioso de Guzmán. La Iglesia resiste con dignidad y valentía dichos ataques, pero debilitan su estructura, relajan su disciplina y crean delicadas fricciones y antagonismos en su seno. Eso lo observaremos en la dura y dolorosa crisis presentada a lo largo de los años 1900-1903, ocurrida a propósito de la inhabilitación de Su Excelencia el arzobispo de Caracas y Venezuela, presbítero Dr. Críspulo Uzcátegui. Debido a su carácter y temperamento, los difíciles tiempos del guzmancismo fueron apaciguados y cierta tregua intrarreligiosa caracterizó su gobierno; de igual manera amainaron los enfrentamientos con el poder civil, viniéndose abajo todo ese gran esfuerzo cuando se agravó su enfermedad -se le diagnosticó una encefalopatía- y las viejas pugnas religiosas se hicieron de nuevo presentes.

Su gobierno se distinguió por su dedicación a la formación del clero. Era común su cercanía con los seminaristas, a quienes dedicaba preferente atención, escribiendo sobre el tema hermosas pastorales como apunta don Torcuato Manzo Núñez. Entre sus grandes obras destacan la creación, aquí en Valencia, del Colegio o Escuela Episcopal, como también se le llamó, en el año 1886, siendo su primer rector el presbítero Dr. Hipólito Alexandre, maestro y guía de una generación de destacados sacerdotes, quienes cumplieron a lo largo del país una encomiable y dedicada labor. A él se debe, pues, la formación del clero histórico carabobeño, de destacadísimo desempeño y entrega absoluta al servicio de la Iglesia.

Entre monseñor Uzcátegui y el padre Alexandre existió siempre una gran amistad, que se reflejó claramente en la predilección sentida por el primero en todo lo relacionado con el primer Seminario valenciano. Otros meritorios logros -la creación del diario católico La Religión, la recuperación institucional del clero- acompañaron la gestión del ilustre arzobispo. Una vez conocidas ampliamente por la colectividad las graves dolencias y la incapacidad física y mental del arzobispo Uzcátegui, estalla una pugna entre dos grupos de clérigos, donde las pasiones desbordadas van a crear una verdadera calamidad para la Iglesia venezolana. Un libro interesante y documentado, publicado recientemente bajo el título "Locura, pasión y poder. La lucha por la silla arzobispal de Caracas (1900-1903)", cuya autoría corresponde al profesor e investigador en asuntos eclesiásticos Héctor Acosta Prieto, recompone paso a paso la historia de aquellos penosos acontecimientos. Un verdadero escándalo, que no repara en lo más mínimo a la dramática situación del arzobispo enfermo, quien aparece como figura de fondo de unos sucesos verdaderamente ingratos. La prensa de la época informa con lujo de detalles de todo cuanto se presenta. La Linterna Mágica, El Conciliador, El Pregonero, El Constitucional, El Tiempo, El Nacional y el mismo diario católico, La Religión, se involucran ampliamente en el conflicto. El asunto desborda lo estrictamente clerical para dar paso a la participación de los laicos, con la misma pasión y virulencia que caracteriza la situación planteada. Hay un debate sobre el Derecho Canónico, donde cada uno de los bandos en pugna ofrece sus argumentos y puntos de vista. Se habla de la división del clero y la posibilidad de un cisma alarma grandemente a la feligresía católica.

La intensidad y gravedad de la situación obligan también a la participación de la Santa Sede, a través de su enviado especial, monseñor Julio Tonti, delegado apostólico ante los Gobiernos de Venezuela, República Dominicana y Haití, con el específico encargo de estudiar y remediar las complicadas circunstancias. A tal punto se llega en la diatriba clerical que el profesor Acosta Prieto la plantea de la siguiente manera: "Un conflicto entre dos sectores opuestos que van a exhibir en el fragor del debate posiciones extremas, abiertamente ofensivas, descalificantes, más propias de organizaciones políticas, fracciones discordantes, laicas o seglares, que de una institución de tanta tradición como es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana".

El Gobierno tiene metidas sus manos en los asuntos de la Iglesia y a través de la Ley de Patronato Eclesiástico interfiere constantemente en sus propios intereses. El presidente Cipriano Castro se hace llamar jefe del Estado y patrono de la Iglesia, y esta situación es permitida por el provisor, monseñor Castro, quien se hace el desentendido y permite más bien que esto suceda, potenciando la crisis y el descontento. Los dos bandos enfrentados acuden a la protección del poder secular, sufriendo la institución en su integridad propia, perdiendo su autonomía e independencia para resolver sus propios problemas.

Para alcanzar cualquier posición o jerarquía dentro de la iglesia, los sacerdotes no hacen valer sus méritos, sus estudios, sus capacidades, sus virtudes; es el Gobierno o el mandatario de turno quien decide sobre el particular. Las ambiciones de los clérigos debilitan y minan, entonces, paulatinamente la autoridad y prestigio de la Iglesia.

Ahora bien, ¿cuál es la razón de estos enfrentamientos, de estos graves roces, que inciden en la tranquilidad y marcha de la Iglesia? ¿Quiénes son los contendores, cuáles sus aspiraciones o motivos de esta lucha sin tregua? Es el poder de la Iglesia lo que está en juego y no es otro el propósito de los bandos enfrentados. Se trata, pues, de la sucesión del arzobispo Uzcátegui, y el Capítulo Metropolitano y el vicario general, monseñor Juan Bautista Castro, se disputan el gobierno de la Arquidiócesis. Dos son los aspirantes a la Vicaría: por una parte, el presbítero Dr. Ricardo Arteaga, doctoral de la Santa Iglesia Metropolitana, auspiciado por el Cabildo Eclesiástico, y por la otra, el Dr. Juan Bautista Castro, deán y vicario en ejercicio.

Los dos aspirantes buscan por todos los medios el apoyo del presidente Cipriano Castro, quien terminará dando su respaldo definitivo a monseñor Juan Bautista Castro. En esta polémica inconveniente se mezclan los enemigos de la Iglesia para causar daño a la institución. Predominaban a sus anchas en el ambiente intelectual el positivismo, las tendencias antirreligiosas, el ateísmo y particularmente el anticlericalismo, colándose, aprovechando la oportunidad, para expresar sus criterios insidiosos sobre aquella absurda refriega.

 

REPERCUSION DE ESTOS SUCESOS EN VALENCIA

Los sucesos de Caracas tienen honda repercusión en Valencia. Se discuten ampliamente en la prensa regional, especialmente en Don Timoteo y El Cronista, diarios de un gran prestigio que se leían profusamente en la capital. También circulan hojas sueltas y remitidos y seudonomistas aparecen por doquier. Los seglares, como en Caracas, opinan y debaten abiertamente, en particular defendiendo al presbítero Alexandre, de gran prestigio y admiración, y a sus discípulos, a quienes se les han hecho graves imputaciones.

Tenemos que hablar, entonces, de la existencia de un tercer grupo no comprometido con ninguno de los dos mencionados, encabezado por el presbítero Hipólito Alexandre y sus discípulos -presbíteros Manuel María Bacalao, César L. Castellanos y Crispín Pérez- con otro tipo de preocupaciones y planteamientos. Esta distinción, no realizada por el autor del libro antes mencionado, es necesaria hacerla, pues su intención en la controversia tiene un signo diferente y autónomo. El padre Alexandre, sacerdote e intelectual muy meritorio, profesor y decano de la Facultad de Ciencias Eclesiásticas de la Universidad de Valencia, está inquieto y preocupado por los grandes enfrentamientos que se vienen suscitando. Escribe abundantemente sobre el tema en los artículos "La mitritis", "El escándalo de la verdad", "Tempestad seca", "Ruinas de la Iglesia debidas a proyectos quiméricos" -todos en Don Timoteo-. Igualmente en el diario La Religión escribe sobre el particular.

Junto a Alexandre -anota Acosta Prieto- escribe también el presbítero Manuel María Bacalao. Ninguno de ellos simpatiza con el vicario general de la Arquidiócesis. Los escritos de Alexandre y Bacalao "son ampliamente difundidos en Valencia y en Caracas; el contenido de esos artículos es irónico, de doble mensaje, algunos los califican de subversivos e injuriosos". Escriben, en igual sentido, César L. Castellanos y Crispín Pérez.

Juan Bautista Castro, sacerdote de espíritu y talante autoritario, pretende sancionarlos y ejercer censuras sobre ellos, aduciendo que se trata de imputaciones y calificaciones calumniosas. El catedrático valenciano tenía serias diferencias con él respecto al concepto y funcionamiento de los seminarios, llamados a estar descentralizados, contrariando el criterio centralista del vicario. En este sentido, defiende con legítimo orgullo el desempeño del Colegio Episcopal de Valencia, asentando en un artículo denominado "Ruinas de la Iglesia debidas a proyectos quiméricos" -Don Timoteo, 4 de noviembre de 1901- lo siguiente: "El Colegio Arzobispal había correspondido bien a los deseos y esperanzas del ilustrísimo Sr. Arzobispo, quien lo consideraba como la mayor gloria de su pontificado. Así habría sucedido, sin duda, si el Sr. Arzobispo no se hubiese inhabilitado; pero su enfermedad dio lugar a que un sacerdote, en el seno de las tinieblas, se ocupase de elaborar un proyecto que, aprobado y sancionado después, vino a cerrar las puertas del Colegio Arzobispal". El autor se proponía -dice Alexandre- establecer en Caracas un seminario-boa, que absorbiese en su recinto a todos los jóvenes aspirantes al sacerdocio en el ámbito de la República. Y vincula todo este proceso centralizador con la ambición por las mitras, tema causante de la conflictiva situación vivida por la Iglesia en ese momento.

La tentación por las mitras -"La mitritis", Don Timoteo, 30 de octubre de 1901- la considera el ilustre maestro del clero valenciano la causante de tan desastrosa situación. La mitritis es un mal, una enfermedad temible, "no tanto por los sufrimientos que puede acarrear al paciente como por las perturbaciones que puede ocasionar a la Iglesia durante su período" y continúa: "Una vez que el mal ha hecho crisis, invade la región del pericardio y afecta la más noble de las entrañas". El distinguido sacerdote daba con claridad en las causas generadoras de aquella desgarradora contienda. ¿No había tocado el corazón de los contrincantes, distorsionando los sentimientos y emociones de hermanos en la fe y en las creencias semejante batalla por el poder, por las mitras, por el gobierno arzobispal? ¿Esa ruda pelea no había endurecido el corazón cristiano al punto de utilizar un lenguaje zahiriente y tomar decisiones incompatibles con el amor al prójimo, principio cardinal del Evangelio?

Hipólito Alexandre interviene en la polémica para poner el acento sobre los principios, sobre los valores cristianos, y llama a imitar el ejemplo de los santos, ajenos siempre a las tentaciones de las mitras. Su verbo enriquece un debate estéril, con conceptos y preocupaciones fundados en las verdades evangélicas, y en la conducta que a lo largo de los tiempos observaron los santos padres y doctores de la Iglesia. Por otra parte, critica el comportamiento de los eclesiásticos, que buscando el apoyo del poder político para lograr sus propias posiciones, comprometen la independencia y autonomía de la Iglesia y le dificultan o impiden lograr sus propios cometidos. La debilitan y la ponen en desventaja frente al poder civil. Denuncia a quienes van "a frecuentar las casas de aquellos de quienes se espera favor o apoyo en sus aspiraciones, e inspiren medios de procurarse laudatorias públicas, que den a su persona proporciones gigantescas". Certera radiografía de un tiempo lamentable y oscuro, donde las pasiones, los bajos sentimientos, las ofuscaciones morales, prevalecieron sobre los principios y nublaron el pensamiento y las acciones de quienes estaban llamados a dar buenos ejemplos y convertirse en guías de una sociedad descompuesta y confundida. Luchó contra la corriente de su época y denunció sus pecados. Trató de educar y preservar a sus discípulos con un celo valiente, que lo convirtió en un adalid de las mejores causas. Ha llegado la hora de ubicar a este ejemplar sacerdote y pensador en el sitial que reclama su actuación histórica, superando cierta literatura ligera que ha reducido su estatura a inaceptables confines parroquiales.

 

 

La Mitritis

Esta enfermedad es propia de los clérigos de espíritu levantado, que aspiran a engreírse en la Iglesia; ella ataca la región del cerebelo y causa grandes perturbaciones en la mente, pudiendo, por tanto, ser contada entre las diversas especies de monomanías.

Los que son acometidos de este mal pierden la tranquilidad y se sienten como impulsados a salir fuera de sí por un cambio notable en su modo de ser; por una gran actividad en la persecución del objeto que se proponen; y por una constancia admirable, que les hace insensibles a los repulsos, desprecios y humillaciones que suelen experimentar.

La mitritis hace marchar sin temor por las vías simoníacas; ella mueve a frecuentar las casas de aquellos de quienes se espera favor o apoyo en sus aspiraciones, e inspiren medios de procurarse laudatorias públicas, que den a su persona proporciones gigantescas; y no han faltado casos de apropiarse partidas ajenas de bautismo con el fin de borrar las manchas de su cuna y aparecer bien nacidos.

La mitritis es una enfermedad temible no tanto por los sufrimientos que acarrea al paciente, como por las perturbaciones que puede ocasionar en la Iglesia durante su período, que a veces suele ser de bastante tiempo...

Ha habido casos de mitritis que han tenido un período de más de veinte años.

Este mal no viene a hacer crisis sino con el fallo de Roma el cual es siempre desfavorable cuando se sabe que el sujeto ha padecido de mitritis.

Una vez que el mal ha hecho crisis, invade la región del pericardio y afecta la más noble de las entrañas; entonces puede, o causar la postración del sujeto, o sumergirle en una profunda melancolía, de la que puede pasar a sufrir los efectos de una depresión constante del sistema nervioso.

Siendo, pues, la mitritis una enfermedad de carácter alarmante y de funestas consecuencias, conviene conocer el antídoto capaz de preservar de ella.

El antídoto contra la mitritis está contenido en esta máxima de los antiguos filósofos Noce te ipsum: conócete a ti mismo. El estudio y conocimiento de sí mismo fue, en efecto, lo que en todo tiempo preservó a los santos de la mitritis; este conocimiento les obligó muchas veces a huir y ocultarse para evitar que cargasen sobre ellos el peso enorme del episcopado. ¿Por qué no imitar el ejemplo de los santos?

Dr. Alexandre
Don Timoteo, 30 de octubre de 1901.

 

 

Carta Abierta a Monseñor Arocha

Valencia, noviembre 10 de 1901.

Señor Pbro. Dr. Víctor J. Arocha

Presente.

Muy apreciado amigo y condiscípulo:

Con todo el dolor que puede caber en nuestro ánimo voy a ocuparme de la protesta que usted ha lanzado al público contra nuestro amado maestro. No debe extrañarle que estemos divergentes en asuntos que de ningún modo atañen al dogma, a la moral o la disciplina: su protesta se relaciona única y exclusivamente con asuntos que podemos llamar personales: se trata de unos artículos publicados por el doctor Alexandre, donde usted y la camarilla que adora un ídolo de carne se han empeñado en encontrar, porque la pasión los ciega, "imputaciones infundadas", y aun calumnias, y con la circunstancia agravante de referirse ya "directa", ya "indirectamente" y con "manifiesto desacato", a la primera autoridad eclesiástica de la Arquidiócesis. Y fundado en esto lanza su protesta al público, la que muy luego hace leer en el púlpito de la iglesia parroquial.

Formados por un mismo maestro y bajo su sabia dirección, mi afecto por usted ha sido hasta hoy nunca desmentido, y en prueba de ello, ahí está mi reciente artículo en que, sin imaginarme por un momento que usted fuese a comprometer tan terriblemente el honor del Dr. Alexandre y del clero de Valencia, me lancé a defenderlo.

Pero si ayer me esforcé por defender a usted, cuando la amistad y el deber me lo imponían, ¿cómo callar hoy cuando veo puesta a la picota y al baldón, y esto por usted -lo que agrava la situación-, la fama del que fue no sólo nuestro mentor, sino nuestro padre? Y si usted ha juzgado de conciencia lanzar protesta contra el doctor por unos artículos que ha publicado, yo también estoy en el deber sagrado de protestar contra su protesta, escandalosa cuando menos.

Permítame examinar por partes el contenido de su protesta.

En primer lugar, usted asienta que los artículos publicados en Don Timoteo son de carácter subversivo y con manifiesta rebeldía a la autoridad eclesiástica, "con imputaciones infundadas y aun calumniosas, y con la circunstancia agravante de referirse directa e indirectamente y con manifiesto desacato" a la misma autoridad.

Y bien, señor, ¿cargos tan severos se enrostran a persona alguna sin basarlos siquiera sobre algún hecho? Tratándose de un sujeto de las ejecutorias del Dr. Alexandre, sacerdote tan digno y meritorio, cuya vida toda ha sido consagrada al servicio de la Iglesia, cuyas obras hablan de él mejor que pudiera hacerlo hombre alguno, se requiere que la acusación sea precisada, que el hecho que se le acrimina sea determinado.

Usted dice que las publicaciones del doctor Alexandre "van dirigidas contra la autoridad y que contienen falsos e injustos cargos". Al hacer semejante aserción usted está obligado a probarla, so pena de cargar con una enorme calumnia y con el escándalo que ha producido su protesta.

¿En cuál de los artículos del Dr. Alexandre consta que haya escrito contra la autoridad?

¿En cuál de ellos se encuentran los "falsos e injustos cargos" a que hace referencia?

Cuando se va a formular una acusación o a lanzar una protesta se debe determinar no sólo la persona, sino también y muy principalmente el hecho sobre el cual versa; de otro modo, la protesta no pasa de ser una quijotada.

Para que su protesta pueda tener fuerza, es preciso:

1.- Que indique quién es la persona revestida de autoridad contra quien el Dr. Alexandre se ha mostrado rebelde y a quien ha calumniado directa o indirectamente, como usted afirma.

2.- Que presente los artículos y precise los párrafos en que están contenidas la rebeldía y la calumnia. Entre tanto, la protesta no pasa de ser un libelo infamatorio contra el Dr. Alexandre leído en un púlpito, profanando así la cátedra del Espíritu Santo.

Termino excitándole a que por su buen nombre y el del Dr. Alexandre, cuya fama mancilla usted, dé una "contraprotesta" que vuelva las cosas a su primitivo estado; es el único medio que le queda, si es que en verdad está animado de celo por la salvación de las almas a quienes ha escandalizado su protesta.

Como siempre, soy su afectísimo amigo y hermano en Jesús y María,

 

Pbro. Manuel Ma. Bacalao.

 

 

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