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Un puente que cambió el rumbo de Valencia

  María Inés Ferrero Velásquez

Sobre la calle Colombia, se encuentra un puente que probablemente en más de una oportunidad pase inadvertido, pero que al referirse a historia tiene mucho que contar. Se trata del Puente Morillo, una construcción que data del año 1818.

Precisamente para hablar de esa semblanza, conversamos con la arquitecto Sara Atiénzar, quien tiene a su cargo los proyectos de restauración del casco histórico de la ciudad de Valencia.

Relata Atiénzar que en plena época de la Independencia, mientras Valencia estaba tomada por los Realistas, el Mariscal de Campo Don Pablo Morillo, se encontraba por estos predios, recuperándose de una lesión sufrida en batalla, pero su tiempo de reposo no sería desperdiciado, entonces decide hacer algunas obras importantes en la ciudad, con el fin de mejorar su aspecto "Morillo permaneció durante tres años en la ciudad, período que aprovechó para acomodarla. Hizo este puente, bautizado con su nombre, lo cual constituyó una construcción importante desde el punto de vista arquitectónico y funcional, porque antes se tenía que vadear el río para llegar a nuestra ciudad, pasar por donde era más bajo, de manera que la comunicación con Caracas era azarosa: si el río estaba crecido, había que esperar a ver como se pasaba, así que el puente vino a facilitar la comunicación entre Valencia, los Valles de Aragua y Caracas" apuntó la arquitecto.

Pero quizás lo que muchos no conocen es que esta obra ordenada por Morillo, fue construida por prisioneros patriotas, inclusive, como dato curioso, allí trabajó el General Uslar, antepasado del doctor Arturo Uslar Pietri, familia que por cierto, posteriormente se quedó viviendo en Valencia y a quienes se deben los nombres de algunas calles de esta urbe.

Cuenta el cronista de Valencia, Dr. Guillermo Mujica Sevilla, en el tomo II de su libro "De Azules y de Brumas", que el puente en cuestión figura en fotos de la Valencia de antaño e incluso en postales que rezaban "Valencia, su río Cabriales y su puente Morillo", convertidos para entonces y por qué no para siempre, en imágenes emblemáticas de la ciudad.

Sin embargo, más de cien años han sido suficientes para que el puente haya sufrido daños y por consiguiente remodelaciones. Siendo una de las más notables la realizada en la época del presidente Cipriano Castro, momento para el cual la edificación se encontraba prácticamente en ruinas, de manera que se inicia su reparación y una vez culminada, se le quiso cambiar el nombre por el de Puente Restauración; sin embargo, la tradición prevaleció y en nuestros días se conserva su nombre inicial.

Es importante señalar que el puente que tenemos ahora, no es igual al original, pues el actual es obra del arquitecto Malaussena, quien en una de las restauraciones de finales del siglo XIX, y siguiendo instrucciones de Guzmán Blanco, quien lo tenía como el "hacedor" de todas sus obras, le indicó repararlo, pero más que eso, fue modificado en su estructura inicial, haciéndose probablemente más afrancesado, tal como era el gusto del mandatario en cuestión.

Con esta antesala, es indudable que Morillo, durante su convalecencia en nuestra ciudad dejó como legado varias obras; en principio, el puente que lleva su nombre, luego, pero no menos importante, la gran idea de sacar el cementerio de la ciudad, mudándolo de al lado de la Catedral hacia la zona del cerro de La Guacamaya, de igual manera el empedrado de las calles, así como también una segunda torre para nuestra basílica, de manera que por siempre será recordado por su interés en el progreso de la ciudad.

 

DE LA EVOLUCION Y EL URBANISMO

Si bien a partir del Puente Morillo, las comunicaciones de Valencia con los Valles de Aragua y Caracas se hicieron mucho más fluidas, también es importante destacar dos aspectos relevantes para el posterior desarrollo de la ciudad, en principio mencionar tal como lo revelan los estudios realizados por la arquitecto Atiénzar, que el patrón de crecimiento fue perfecto. Se utilizó la cuadrícula, es decir, empezando con una plaza principal en donde deben converger las calles que conducen hacia los caminos principales, dejando siempre espacios libres que prevean las ampliaciones a futuro.

Asimismo, no puede dejarse de lado la importancia del ferrocarril, que bien puede catalogarse como un desarrollador de la ciudad, que para entonces crecía a pasos agigantados, dado que además, había bonanza económica.

Como se sabe, existían dos sistemas de trenes, uno que iba hacia Puerto Cabello, obviamente fundamental, y otro que se dirigía hacia Caracas, operados por dos compañías diferentes, la inglesa y la alemana.

La estación que partía hacia el puerto se ubicaba en donde está el Rectorado y la otra, con destino a la capital, en lo lo que es el Parque de los Enanitos. De esta manera, puede afirmarse que es con los ferrocarriles cuando empieza el desarrollo industrial de Valencia, en un sitio que no es la zona que conocemos ahora como tal, sino en un recodo de lo que se llamaba La Quinta que ahora correspondería a las cercanías del viejo terminal. Es allí donde se iniciaron las primeras industrias, muy artesanales e incipientes, por supuesto, basadas en todo lo relacionado al ganado, como velas y curtidos de cuero, por ejemplo. Además, vale destacar que una de las estaciones ferroviarias llegaba a esa zona industrial, lo cual facilitaba el traslado de los empleados.

Ya en la segunda mitad del siglo XX, comienzan a usarse otros patrones de crecimiento, enfocados hacia las afueras. Ese llamado urbanismo de los suburbios viene importado de Inglaterra y Estados Unidos, y es entonces cuando se empiezan a hacer asentamientos hacia diversas zonas aledañas, refiere Atiénzar.

Igualmente apuntó que Guzmán Blanco, conocido por el legado que dejó en Venezuela en cuanto a urbanismo se refiere, tenía un concepto muy particular sobre toda la arquitectura tradicional venezolana, pues le parecía muy pobre, pueblerina, y es por esta razón que trató de modernizar las ciudades como Caracas y Valencia quitándole en principio los aleros a las casas porque a su juicio eran muy rurales y decorándolas para hacerlas parecer más mundanas, neoclásicas y con ese toque francés que tanto le atraía y que Malaussena comprendía y ejecutaba con maestría.

Así, entre curiosidades y recuerdos, llegamos al final de este relato, que como siempre, cuando de historia se trata, los temas se vuelven apasionantes, eternos, reviven en cada palabra escrita o pronunciada, convirtiéndose en verdaderos tesoros que afortunadamente seguirán permaneciendo vigentes en el tiempo.

 

 

Cruzadas de Libertad

Quizás muchos habitantes de Valencia, desconozcan la historia que encierra la Estatua de la Libertad que tenemos entre nuestros bienes y es que según cuenta la arquitecto Sara Atiénzar, mucho ha sufrido esta pieza, desde las mudanzas que parecen mantenerla en una eterna cruzada, hasta los azotes que terminaron por "desfigurarla" propinados por afectos al gobierno.

En principio, vale indicar, que esta estatua es un regalo de la ciudad de Nueva York, copia exacta de la misma edificación erguida en la Gran Manzana y hecha incluso de la misma forma, con una estructura metálica adentro, tal como la hizo Eiffel y una lámina finísima de cobre por fuera que es lo que le da forma, por eso ha sido tan difícil restaurarla, pues fue maltratada de tal manera que hasta uno de los brazos fue arrancado. En este momento aún se encuentra en pleno proceso de reparación.

Apuntó Atiénzar, que inicialmente, en el año 1895, la efigie estuvo ubicada en la Plaza Sucre, frente al Capitolio, allí, lucía muy bien -asegura la entrevistada- pues ésta es una estatua urbana, es decir, concebida para ser admirada de cerca. Sin embargo, ya para 1930, inicia su peregrinaje, dirigiéndose a la calle Colombia, en San Blas, posteriormente y tan sólo seis años más tarde, la trasladan a la avenida Bolívar, frente al Rectorado, pero la historia por supuesto no acaba allí y para 1958 es nuevamente mudada aunque en los mismos alrededores del Rectorado.

Como si cuatro mudanzas no bastasen, en 1977 pasa a formar parte de la ornamentación del parque Humboldt y unos diez años después, se ubica en el distribuidor San Blas, lugar en el que permaneció hasta hace muy poco,antes de ser víctima de un terrible "atentado" y donde por cierto no lograba lucirse en lo más mínimo.

En opinión de Sara Atiénzar, la obra una vez restaurada debe regresar a la Plaza Sucre, en principio porque hay el espacio físico para hacerlo. "Sería ideal", advierte, además, porque esa plaza siempre tiene vigilancia y allí estaría bien de escala, cuidada, dentro de la ciudad y en definitiva, a estar donde ella pertenece.

 

 

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