-¡Nunca
más volveré a Valencia!
La sentencia fue acompañada de un intenso llanto, mientras arrugaba
el papel entre sus manos, como queriendo borrar la noticia que portaba.
Sus compañeros de la Academia no salíamos del asombro. Generalmente,
cuando llegaban cartas de Valencia para Armando, éste estallaba de
alegría; incluso, improvisaba pequeños pasos de baile, antes
de abrir el sobre. Esta vez no fue así.
Corría el año 1917, que sería infausto y definitivo
en la vida de nuestro apreciado compañero. Esperaba con ansiedad
aquella carta, sin saber que la misiva le guiñaba el ojo a la desgracia:
notificaba la muerte de su amada Josefina.
Valencia era vista por nosotros, sus compañeros, como la tierra
prometida: Armando siempre nos hablaba maravillas de su ambiente, sus paisajes,
su río, su gente, sobre las raíces que había echado
allí, porque en esa tierra la luz llegó a su vida.
Por ello, Armando no perdía oportunidad
de viajar a Valencia para reencontrarse con esa luz añorada. Era
tanto su afán que lo llamábamos El Valenciano. Esto dio origen
a creerlo nativo de la tierra del Cabriales.
Las pinceladas del recuerdo esbozan una infancia fuera del hogar materno,
para ser criado en el seno de la familia Rodríguez Zocca, amigos
de sus padres, en la muy valenciana barriada La Pastora. La pareja tenía
una hija: Josefina, pero igual prodigaban cariños al pequeño
Armando, quien asumió a "Fina" como su hermana. Tan es
así que, en 1902, Armando sufre la fiebre tifoidea y, tras su curación,
cae en un período de regresión durante el cual comparte con
Josefina la afición por el juego de muñecas.
(Mucho tiempo después recuperaría ese espacio de juegos
y muñecas en su refugio de Macuto).
Como era de esperar, los Rodríguez se mostraron preocupados ante
el comportamiento de Armando, pero notaron que se trataba de una actitud
evasiva: el niño creaba su propio mundo de fantasía, donde
se refugiaba en compañía de su hermanita. Fueron lo suficientemente
comprensivos para sobrellevarlo y respetar sus juegos. Al poco tiempo, el
niño recuperó la "normalidad" sin abandonar sus
paraísos artificiales, que también Fina disfrutaba en perfecta
complicidad.
El idilio familiar, especialmente con Fina, repentinamente se vio roto,
cuando un día de 1904 apareció la madre de Armando, Dolores
Travieso, quien decidió tenerlo de nuevo consigo. Así fue
como Armando volvió a Caracas.
Entre mis tesoros más preciados se contaba uno de sus primeros
dibujos: una figura diciendo adiós perdida en el paisaje. Nos habíamos
conocido en la Academia de Bellas Artes, donde ambos nos inscribimos en
1908. Los paisajes y el adiós eran obsesivos en sus bocetos iniciáticos.
Luego comprendí que la separación de Valencia y de Fina marcó
una profunda huella en su alma.
El maestro Herrera Toro, director y profesor de la Academia de Bellas
Artes, tenía en gran estima a Armando, no sólo por su talento
excepcional:
-El joven Reverón y yo compartimos una pasión común:
la pintura y Valencia, mi ciudad natal llegó a comentar el maestro
en alguna oportunidad.
En 1909, cuando los alumnos de la Academia de Bellas Artes nos declaramos
en huelga contra el maestro Herrera Toro, éste, en medio del sabor
amargo del momento, sintió un gesto de lealtad por parte de Armando,
ya que su firma no aparecía en el documento suscrito por los alumnos
rebeldes.
Lo que realmente no sabía el maestro Herrera Toro era que Armando
aprovechó la circunstancia de la huelga para volver a Valencia y
reencontrarse con su querida hermana. Esta visita la inmortalizó
Armando en su cuadro "Josefina tejiendo en el jardín de su casa".
Luego vinieron sus viajes por España
y Francia. Regresó al país a mediados de 1915 y siempre fiel
a su gran amor por Josefina, no se conforma con las cartas y el año
siguiente la visita de nuevo para buscar su luz en Valencia.
¿Quién podía imaginar que dos años después
las sombras caerían sobre aquel enigmático amor? ¿Que
al leer aquella carta su vida daría un giro inesperado?
Lo cierto es que Armando nunca más sería el mismo. El resto
de la historia es bien conocido: después lo convirtieron en Armando
Reverón, el personaje. Vinieron el litoral, el castillete, los oportunistas,
las muñecas, la locura, o más bien la cordura de hacerse el
loco ante tantos artificios. Su fobia por el vértigo de la ciudad.
Su borrachera de luz, su delirio final hasta extinguirse como la llama de
una vela.
Todo esto vino a mi memoria cuando ocurrió la tragedia de Vargas.
La historia me la contó un venerable anciano que conocí en
La Guaira, atraído por las pinturas que decoraban su choza. Mientras
me hablaba de los cuadros, muchos de su autoría, echó al vuelo
sus recuerdos para referir que fue amigo de Reverón, su compañero
de estudios, e incluso de pensión. Con el sabor de la anécdota,
me despedí, con la intención de volver. Pero, tiempo después,
los sucesos del deslave fueron como el trazo de un nombre en la arena: vienen
las olas y se lo llevan. Así desaparecieron el castillete de Reverón
y quizás aquel viejo testigo. Sólo me resta invocar su imagen
fantasmal y aquella leyenda salida de sus labios. Tantas especulaciones
en torno a los misterios que rodearon la obra de Reverón y tal vez
su obsesión indescifrada fue esa luz llamada Josefina, atesorada
en Valencia y multiplicada en los destellos fugitivos de sus telas.
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