Muchas
anécdotas y poca historia han marcado la ruta de esta extraordinaria
institución, punto de partida de nuestros estudios universitarios
y blasón histórico de los mismos. La manía de individualizar
o personalizar los procesos históricos le ha restado méritos
a su fecunda actividad y encasillado en la rutina su aliento vigoroso. El
tesoro de su riqueza intelectual ha estado bajo la sombra de una concepción
burocrática de su existencia.
Se ha insistido mucho en su anatomía, en su estructura organizativa,
en desmedro de su élan vital, su acción, su fisiología,
su nervadura esencial. Criticamos y diferimos de esta visión esclerosada
y hemos propuesto una revisión en profundidad de su devenir histórico,
fundamentando nuestro punto de vista en fuentes documentales primarias,
desconocidas hasta el momento por la investigación tradicional, hurgando
en documentos y viejos periódicos que reflejan fielmente la realidad
de sus primeros días.
Seguir repitiendo los viejos estereotipos
y quedarnos en la superficie de los acontecimientos es hacerle un flaco
servicio a una institución tan meritoria. Decir, por ejemplo, la
universidad se la debemos a Crespo y a Zuloaga, es por lo menos una impropiedad,
un juicio de valor, una apreciación no ajustada a la realidad. No
es una mera sutileza distinguir el acto administrativo que la crea -15 de
noviembre de 1892- y es parte del proceso, a otorgarle al mismo una connotación
desconociendo e invalidando todo el largo historial que le antecede -Colegio
Nacional de Carabobo, Colegio de Primera Categoría, Colegio Federal
de Primera Categoría- explicado claramente en nuestro libro "La
Universidad de Valencia: revisión de un proceso histórico".
La universidad se la debemos a un conjunto de circunstancias sociales,
económicas, culturales y factores políticos, individualidades,
en suma, al desarrollo de un proceso donde el general Crespo y el doctor
Zuloaga son componentes significativos y decisorios.
Como apunta correctamente el profesor Luigi Frassato, no es por agradecimiento
y cumplimiento de Crespo que tenemos nuestra Alma Mater, "datos históricos
demuestran que Valencia necesitaba y merecía una universidad".
Valencia y Carabobo habían ganado y conquistado su institución,
a través de un largo periplo de reafirmación cultural, en
sus luchas por la creación de institutos, colegios o centros de estudio
como también se les llamaba, que arranca con la separación
de Venezuela de la Gran Colombia y el gobierno de Páez, y aun antes.
La Universidad de Valencia o Carabobo, indistintamente así denominada,
desarrolló en su seno un tono conceptual y un espíritu de
rebeldía no suficiente y justamente analizado e investigado.
No deja de causar admiración y cierta extrañeza que en
las circunstancias históricas y políticas en que se desenvuelve
el itinerario universitario carabobeño, se encuentre tanta riqueza
crítica, en un país postrado por las dictaduras, el caudillismo
y la anticultura.
Algunos autores han hablado de una institución-hombre -Alejo Zuloaga-
para definirla y ubicarla en su tiempo y en su identidad. Nada más
alejado de la realidad, de la verdad, de lo que fue. Contra esta tesis peregrina,
incomprensible, se alza su propia vida, su colosal empresa de hazaña
civilizadora. Para rebatir esta simpleza, nos hemos ocupado de estudiar
su Facultad de Ciencias Eclesiásticas, la actividad de su decano,
el presbítero doctor Hipólito Alexandre, maestro por antonomasia
de la vieja Universidad de Valencia, y la brillantez del discipulado, que
bajo su sabia dirección trascendió los espacios regionales,
para desempeñar a lo largo de la nación importantes roles.
Una genuina escuela -cátedra del espíritu- integrada por escritores,
poetas, oradores, teólogos, ensayistas, periodistas, obispos y distinguidos
eclesiásticos, la honraron y enaltecieron con sus acciones y su ejemplo.
En su seno se formó y decantó
un pensamiento católico muy avanzado para su tiempo, presente con
gran fuerza en el debate de las ideas, cuando el positivismo dominaba a
sus anchas el panorama intelectual y académico de la República.
Sensibilidad y hondas convicciones distinguieron a esta hornada estupenda
de universitarios, quienes cultivaron con esmero el intelecto y el espíritu,
dejando huella profunda en la cultura nacional.
La antigua Universidad de Valencia, hecha de claroscuros, tiene en la
Facultad de Ciencias Eclesiásticas y el decano Alexandre su luz esplendente.
Un gran docente, un verdadero ductor, contribuyó con sus enseñanzas
a elevar el talante crítico, que en algún momento la caracterizó.
Ponerla a girar, entonces, como un cuerpo inerme, casi sin vida, algo
insignificante, alrededor de la figura mitologizada del rector Zuloaga,
no responde a la esencia de su ser, a la evolución de los hechos.
De ser así, poco tendríamos que rescatar de ese cascarón
vacío, mineralizado, casi convertido en un escollo en la titánica
labor de su primer rector. Reducir la universidad a una institución-hombre
es una óptica empobrecedora de una realidad múltiple y compleja,
que se nutre de muchos talentos e iniciativas conformadoras de un ámbito
cultural permanente y trascendente en el tiempo y en el espacio histórico.
El rico ambiente académico y educativo de la universidad sobrepasa
el peso específico de un hombre, por más importante que éste
fuese. El desafío presente es ahondar en su investigación,
para ir descubriendo, en el desarrollo de la misma, las vetas maravillosas
de su mina existencial.
DON TIMOTEO El escándalo de la verdad
Vivimos en unos tiempos en que a fuerza de
oír el lenguaje de la mentira, la lisonja y el error, los espíritus
han llegado a familiarizarse tanto con estas cosas, que algunas personas
timoratas creen que la verdad debe permanecer oculta, o que no deben dejar
oír su voz para no irritar a los que están en oposición
con ella.
Bien se sabe que el lenguaje de la verdad no agrada a aquellos que voluntariamente
se encuentran bajo la funesta influencia de las malas pasiones; pero podía
deducirse de aquí que la verdad ha de enmudecer ante ellos o, lo
que es equivalente, que la verdad debe rendir el homenaje de su silencio
a esas mismas pasiones. ¿No es esto contrario a lo que enseñan
el Evangelio y la conducta que en el curso de los tiempos observaron los
santos padres y doctores de la Iglesia?
¿Qué se gana con decir la verdad? Preguntan cándidamente
algunas personas timoratas, con motivo de mis últimos artículos
publicados por la prensa.
Debo responder a esta sencilla pregunta, diciendo que se gana mucho.
En efecto, diciendo la verdad se rinde a Dios un homenaje, puesto que êl
es la verdad por esencia. Diciendo la verdad pueden disiparse las tinieblas
del error en aquellos que por ignorancia se han apartado de su recto sendero.
Y si no siempre se consigue el triunfo de la verdad, por lo menos se detiene
o disminuye el curso del mal.
Diciendo la verdad se comunica aliento a los corazones rectos y se afirman
los pasos de aquellos que se sienten vacilantes; diciendo la verdad puede
lograrse que reconozcan su extravío los que han errado y se detengan
los que han comenzado a extraviarse.
Finalmente, diciendo la verdad se llena de confusión a los enemigos
de ella que gratuitamente han llegado a ultrajarla.
Resuene, pues, la voz de la verdad por todas partes y cese el clamoreo
de las malas pasiones!
Dr. Alexandre
(Artículo publicado en el diario Don Timoteo, en 1901, por el
Pbro. Dr. Hipólito Alexandre, Decano de la Facultad de Ciencias Eclesiásticas
en la Universidad de Valencia). Foto Colección Domingo Alfonso Bacalao.
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