Editorial Notitarde
C.A



Valencia, 9 de Agosto de 2005

 

 

Blanca Román
Fotos: Jairo Altuve

Cecilia Barreto Abadie

"Siempre me gustó enseñar"

"Tía Chila", como la llaman por cariño sus discípulos y allegados, se ha entregado a la docencia por más de cinco décadas, en compañía de su hermana María Magdalena. En su hogar, todo permanece casi intacto con el pasar de los años. Es una manera de recordar a los seres queridos que ya no están presentes

No es alegoría de nuestra imaginación, sino un espacio que brinda tranquilidad al tener ese contacto precioso con la naturaleza. Los inmensos árboles y el cantar de los pájaros le dan una característica muy especial al hogar de Cecilia Barreto Abadie -mejor conocida como "Tía Chila"-, una mujer muy religiosa, que cree y ama a Dios por sobre todas las cosas y quien por más de 51 años se ha dedicado a la docencia.

Cecilia ha sabido vivir con los recuerdos. Las cosas en su casa han permanecido casi intactas con el pasar de los años, como una manera de recordar a quienes por voluntad de Dios han dejado esta vida terrenal.

Hace un paréntesis en su complicada agenda de actividades para conversar sobre su experiencia como docente y compartir con nosotros la difícil pero hermosa experiencia de una mujer que dejó a un lado sus aspiraciones de establecerse fuera de Venezuela, en un país como Francia, para comenzar una vida con primos y sobrinos y con esos recuerdos que se convierten en historias, agradables a nuestros oídos, y que alegran nuestro corazón, para educar en compañía de su hermana María Magdalena a tres de los hijos de su hermana mayor, María Josefina, quien murió en un accidente de tránsito en 1970.

El año anterior había decidido hacer un intenso viaje por Europa, para llegar hasta Francia, donde nació su abuela materna, lugar en el que, según cuenta, tenía la idea de quedarse por una larga temporada y, si era posible, radicarse definitivamente.

Después de un año regresó a Venezuela, pero a los meses, específicamente el 13 de diciembre de 1970, un acontecimiento que enlutó su hogar la hizo desistir de cualquier viaje al extranjero. La hermana mayor de Cecilia Barreto pereció en un accidente automovilístico, en el cual también murieron el esposo de ésta y sus dos hijos mayores.

Tarea heredada por la vida

Luego de la tragedia, sólo pensó en sus sobrinos, los otros tres hijos de María Josefina Barreto de Piñeros.

Cecilia y María Magdalena no sólo trataron de mantener en los infantes los recuerdos de aquella abnegada mamá, sino que además conservaron la casa donde los niños residían con sus padres, tal cual ellos la dejaron antes de partir.

Lomas del Este fue el hogar para esos tres chiquillos: Andreína, Melanie y Alejandro.

El mundo giraba en torno a la educación de los pequeños. Con amor y entrega, Cecilia y Magdalena decidieron emprender una tarea heredada por la vida: criar a estos pequeñines a quienes el destino les había arrebatado a sus padres. Se convirtieron, entonces, en padre y madre.

"Siempre me gustó enseñar", asegura Cecilia, quien domina a la perfección el francés, y el inglés medianamente, al momento en que su rostro refleja una gran satisfacción por lo que hace.

En 1954 se graduó de normalista y comenzó a trabajar en ese mismo año en los Colegios "Lourdes" y "Santa Cruz", ubicados en Valencia.

Una fortaleza legada por su madre

En el año 1974 trabajó por primera vez con niños. êsa fue una experiencia que la estimuló a establecerse como meta la creación de un jardín de infancia, el cual fundó en el año 1979.

A 25 años de creado el plantel, Cecilia Barreto mantiene viva esa increíble voluntad ante la labor que desarrolla. Sin duda, esa condición es una fortaleza heredada de su madre que, pese a la disolución del matrimonio, educó a sus hijos dando clases, incluso de música.

Los niños y la docencia han sido el centro de su vida/"La Tía Chila", en familia. 
 
 
 
 
 

 LA PEQUEÑA ESTUDIOSA

Para la "Tía Chila", cuando se trabaja con niños hay muchas anécdotas que contar:

"A eso de las doce del mediodía los alumnos estaban dibujando y demoraban mucho, por lo que decidí advertirles que el que no terminara su trabajo no se iba a ir del plantel. En ese instante, una pequeña dejó de hacer sus asignaciones porque no quería irse a su casa, sino quedarse en la institución".

El hecho aún le causa enorme gracia, pues para la pequeña era motivo de alegría permanecer en el lugar.


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