Blanca Román
Fotos: Jairo Altuve |
Cecilia
Barreto Abadie
"Siempre me gustó enseñar"
"Tía Chila", como la llaman por cariño
sus discípulos y allegados, se ha entregado a la docencia por más
de cinco décadas, en compañía de su hermana María
Magdalena. En su hogar, todo permanece casi intacto con el pasar de los
años. Es una manera de recordar a los seres queridos que ya no están
presentes
No es alegoría de nuestra imaginación, sino
un espacio que brinda tranquilidad al tener ese contacto precioso con la
naturaleza. Los inmensos árboles y el cantar de los pájaros
le dan una característica muy especial al hogar de Cecilia Barreto
Abadie -mejor conocida como "Tía Chila"-, una mujer muy
religiosa, que cree y ama a Dios por sobre todas las cosas y quien por más
de 51 años se ha dedicado a la docencia.
Cecilia ha sabido vivir con los recuerdos. Las cosas en
su casa han permanecido casi intactas con el pasar de los años, como
una manera de recordar a quienes por voluntad de Dios han dejado esta vida
terrenal.
Hace un paréntesis en su complicada agenda de actividades
para conversar sobre su experiencia como docente y compartir con nosotros
la difícil pero hermosa experiencia de una mujer que dejó
a un lado sus aspiraciones de establecerse fuera de Venezuela, en un país
como Francia, para comenzar una vida con primos y sobrinos y con esos recuerdos
que se convierten en historias, agradables a nuestros oídos, y que
alegran nuestro corazón, para educar en compañía de
su hermana María Magdalena a tres de los hijos de su hermana mayor,
María Josefina, quien murió en un accidente de tránsito
en 1970.
El año anterior había decidido hacer un intenso
viaje por Europa, para llegar hasta Francia, donde nació su abuela
materna, lugar en el que, según cuenta, tenía la idea de quedarse
por una larga temporada y, si era posible, radicarse definitivamente.
Después de un año regresó a Venezuela,
pero a los meses, específicamente el 13 de diciembre de 1970, un
acontecimiento que enlutó su hogar la hizo desistir de cualquier
viaje al extranjero. La hermana mayor de Cecilia Barreto pereció
en un accidente automovilístico, en el cual también murieron
el esposo de ésta y sus dos hijos mayores.
Tarea heredada por la vida
Luego de la tragedia, sólo pensó en sus sobrinos,
los otros tres hijos de María Josefina Barreto de Piñeros.
Cecilia y María Magdalena no sólo trataron
de mantener en los infantes los recuerdos de aquella abnegada mamá,
sino que además conservaron la casa donde los niños residían
con sus padres, tal cual ellos la dejaron antes de partir.
Lomas del Este fue el hogar para esos tres chiquillos:
Andreína, Melanie y Alejandro.
El mundo giraba en torno a la educación de los pequeños.
Con amor y entrega, Cecilia y Magdalena decidieron emprender una tarea heredada
por la vida: criar a estos pequeñines a quienes el destino les había
arrebatado a sus padres. Se convirtieron, entonces, en padre y madre.
"Siempre me gustó enseñar", asegura
Cecilia, quien domina a la perfección el francés, y el inglés
medianamente, al momento en que su rostro refleja una gran satisfacción
por lo que hace.
En 1954 se graduó de normalista y comenzó
a trabajar en ese mismo año en los Colegios "Lourdes" y
"Santa Cruz", ubicados en Valencia.
Una fortaleza legada por su madre
En el año 1974 trabajó por primera vez con
niños. êsa fue una experiencia que la estimuló a establecerse
como meta la creación de un jardín de infancia, el cual fundó
en el año 1979.
A 25 años de creado el plantel, Cecilia Barreto
mantiene viva esa increíble voluntad ante la labor que desarrolla.
Sin duda, esa condición es una fortaleza heredada de su madre que,
pese a la disolución del matrimonio, educó a sus hijos dando
clases, incluso de música.

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| Los niños y la docencia han sido el centro de su vida/"La
Tía Chila", en familia. |
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LA PEQUEÑA ESTUDIOSA
Para la "Tía Chila", cuando
se trabaja con niños hay muchas anécdotas que contar:
"A eso de las doce del mediodía
los alumnos estaban dibujando y demoraban mucho, por lo que decidí
advertirles que el que no terminara su trabajo no se iba a ir del plantel.
En ese instante, una pequeña dejó de hacer sus asignaciones
porque no quería irse a su casa, sino quedarse en la institución".
El hecho aún le causa enorme gracia,
pues para la pequeña era motivo de alegría permanecer en el
lugar. |
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