Editorial Notitarde
C.A



Valencia, 9 de Agosto de 2005

 

 

Blanca Román
Fotos: Wilmer Escalona

Cristina Araujo Figueredo

"Siempre hay algo nuevo que aprender"

Aún canta y toca la guitarra a sus nietos y en sus ratos libres escucha música lírica con su hijo Aldo. Piensa -por ahora- continuar con la cerámica y seguir investigando con ella porque le encanta la transformación que experimentan los objetos en el horno

Su vida personal es una burbuja de privacidad, pero sus cualidades artísticas traspasaron fronteras. Se trata de Cristina Araujo Figueredo, una valenciana que de niña recibió clases de piano en la Escuela de Música "Sebastián Echeverría Lozano"; de ballet, por parte de la profesora Nina Nikanórova, y de canto, por el profesor Oddone Somovigo.

Realiza, además, estudios de guitarra en la Escuela de Folklore del Estado Carabobo, y de cerámica en la Escuela de Artes Plásticas "Arturo Michelena". Asimismo, se gradúa de abogado en la Universidad de Carabobo, en 1962, pero al año siguiente sus padres la llevan a un hospital de Nueva York para someterla a una operación, debido a una lesión en la pierna derecha que le impide continuar como balletista. Allí recibe la grata visita de Oswaldo Vigas y su esposa, quienes le obsequiaron una guitarra, instrumento que sirvió para que echara a un lado esa nostalgia y alegrara sus días en el centro de salud. "êse fue mi comienzo".

Una artista polifacetica

A su regreso de Nueva York comienza a cantar en reuniones familiares, mientras realiza viajes a varios países de Europa. Entre sus gratos recuerdos está el científico Dr. Alonso Gamero, fuente muy importante para su repertorio de melodías. Una de esas piezas -"La Bata Blanca", la cual le cantaba a él su nana- se convirtió en una de las favoritas de Cristina.

"Desde el año 1965 hasta el '75 me dediqué a cantar esas hermosas melodías venezolanas del siglo XIX. Logré grabar cinco longplays. Para esa época la música y el canto ocuparon un rol importante en mi vida". Sin embargo, cuenta que abandonó el canto para compartir más con sus tres hijos, todos ellos varones. Esa vena poética existencial la hereda de su mamá, quien tocaba varios instrumentos, como el piano, la guitarra, el acordeón y la mandolina.

Esta polifacética mujer ejerció la coordinación de la Escuela de Danza Moderna y Presentaciones Artísticas y Exposiciones de la Dirección de Cultura, y fundó el taller de cerámica en la Universidad de Carabobo, donde dio clases en esa misma área. También fue propietaria, por varios años, de una galería de arte en Valencia.

Se jubila como docente de la universidad y decide trabajar en el taller de su casa, en Los Colorados. Asegura que después de treinta años en la cerámica no ha terminado de aprender, pues siempre hay algo nuevo que asimilar. Aún canta y toca la guitarra a sus nietos y en sus ratos libres escucha música lírica con su hijo Aldo. Dice que, por ahora, piensa continuar con la cerámica y seguir investigando: "Me encanta la transformación que sufren los objetos en el horno".

"Para mi, vivir es Valencia"

Cristina Araujo, quien no sólo ha visitado los rincones más exóticos del mundo, sino que hasta ha vivido en una ciudad tan cosmopolita como París -donde nació su segundo hijo, Eduardo-, manifiesta sin titubeos: "Para mí, vivir es Valencia, y éste es el lugar que he escogido para vivir".

 

 El canto y la cerámica revelan, en parte, el talento artístico de Cristina Araujo, probado en distintas disciplinas.

 
 
 
 
 

 UN REVIVIR

"Con una guitarra que me obsequió Oswaldo Vigas, mi madre me comenzó a dar las primeras clases en el New York University Hospital, donde me encontraba recluida. A los pocos días me trasladaba en mi silla de ruedas por las habitaciones y les cantaba a los demás pacientes. Después, eran ellos quienes venían a mi cuarto y me pedían que les cantara. Eso fue para mí un revivir y mi comienzo, porque a mi llegada a Valencia empecé a cantar en las reuniones familiares y luego en el exterior".


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