Blanca Román
Fotos: Wilmer Escalona |
Cristina
Araujo Figueredo
"Siempre hay algo nuevo que aprender"
Aún canta y toca la guitarra a sus nietos y en sus
ratos libres escucha música lírica con su hijo Aldo. Piensa
-por ahora- continuar con la cerámica y seguir investigando con ella
porque le encanta la transformación que experimentan los objetos
en el horno
Su vida personal es una burbuja de privacidad, pero sus
cualidades artísticas traspasaron fronteras. Se trata de Cristina
Araujo Figueredo, una valenciana que de niña recibió clases
de piano en la Escuela de Música "Sebastián Echeverría
Lozano"; de ballet, por parte de la profesora Nina Nikanórova,
y de canto, por el profesor Oddone Somovigo.
Realiza, además, estudios de guitarra en la Escuela
de Folklore del Estado Carabobo, y de cerámica en la Escuela de Artes
Plásticas "Arturo Michelena". Asimismo, se gradúa
de abogado en la Universidad de Carabobo, en 1962, pero al año siguiente
sus padres la llevan a un hospital de Nueva York para someterla a una operación,
debido a una lesión en la pierna derecha que le impide continuar
como balletista. Allí recibe la grata visita de Oswaldo Vigas y su
esposa, quienes le obsequiaron una guitarra, instrumento que sirvió
para que echara a un lado esa nostalgia y alegrara sus días en el
centro de salud. "êse fue mi comienzo".
Una artista polifacetica
A su regreso de Nueva York comienza a cantar en reuniones
familiares, mientras realiza viajes a varios países de Europa. Entre
sus gratos recuerdos está el científico Dr. Alonso Gamero,
fuente muy importante para su repertorio de melodías. Una de esas
piezas -"La Bata Blanca", la cual le cantaba a él su nana-
se convirtió en una de las favoritas de Cristina.
"Desde el año 1965 hasta el '75 me dediqué
a cantar esas hermosas melodías venezolanas del siglo XIX. Logré
grabar cinco longplays. Para esa época la música y el canto
ocuparon un rol importante en mi vida". Sin embargo, cuenta que abandonó
el canto para compartir más con sus tres hijos, todos ellos varones.
Esa vena poética existencial la hereda de su mamá, quien tocaba
varios instrumentos, como el piano, la guitarra, el acordeón y la
mandolina.
Esta polifacética mujer ejerció la coordinación
de la Escuela de Danza Moderna y Presentaciones Artísticas y Exposiciones
de la Dirección de Cultura, y fundó el taller de cerámica
en la Universidad de Carabobo, donde dio clases en esa misma área.
También fue propietaria, por varios años, de una galería
de arte en Valencia.
Se jubila como docente de la universidad y decide trabajar
en el taller de su casa, en Los Colorados. Asegura que después de
treinta años en la cerámica no ha terminado de aprender, pues
siempre hay algo nuevo que asimilar. Aún canta y toca la guitarra
a sus nietos y en sus ratos libres escucha música lírica con
su hijo Aldo. Dice que, por ahora, piensa continuar con la cerámica
y seguir investigando: "Me encanta la transformación que sufren
los objetos en el horno".
"Para mi, vivir es Valencia"
Cristina Araujo, quien no sólo ha visitado
los rincones más exóticos del mundo, sino que hasta ha vivido
en una ciudad tan cosmopolita como París -donde nació su segundo
hijo, Eduardo-, manifiesta sin titubeos: "Para mí, vivir es
Valencia, y éste es el lugar que he escogido para vivir".

|
UN REVIVIR
"Con una guitarra que me obsequió
Oswaldo Vigas, mi madre me comenzó a dar las primeras clases en el
New York University Hospital, donde me encontraba recluida. A los pocos
días me trasladaba en mi silla de ruedas por las habitaciones y les
cantaba a los demás pacientes. Después, eran ellos quienes
venían a mi cuarto y me pedían que les cantara. Eso fue para
mí un revivir y mi comienzo, porque a mi llegada a Valencia empecé
a cantar en las reuniones familiares y luego en el exterior". |
|