Editorial Notitarde
C.A



Valencia, 9 de Agosto de 2005

 

 

Alejandrina Uribe-Betancourt
Fotos: Pedro Pinilla

Hermana María Inés Tobar Cárdenas

Madre por amor y fe

Con 18 años entró en la congregación de as Hermanas Hospitalarias de San José, fundada en 1866 para atender a los desamparados en Chile. Mas el Todopoderoso hizo que a sus 25 años llegara a Valencia, para dar testimonio del amor incondicional de Dios a través de un grupo de niñas que se han convertido en las hijas que le dio la vida

A las 4:30 de la madrugada en una casa de La Pastora, María Inés Tobar Cárdenas, Camila Escorza Lillo y Norca Mujica Quintero inician su jornada. Mientras una levanta a las 27 niñas que cuidan, las otras se encargan del desayuno y del hogar.

Para María Inés, Camila y Norca, el amor es entrega total, oración, caridad y obediencia a El, quien desde la eternidad las eligió y puso en sus manos ese valioso rebaño de ovejitas, que cada mañana llevan a la U.E. "Hermanas Hospitalarias de San José", escuela fundada por ellas, en la calle Colombia, entre Andrés Bello y Fernando Figueredo. Ahí guían a sus 125 alumnos impartiéndoles conocimientos, valores y fe, para verlos alcanzar sus sueños.

La hermana María Inés, con dos licenciaturas en Ciencias Religiosas y Ciencias Sociales y un postgrado en Educación Técnica, es la directora. Sentadas cerca de la imagen del San José, que vela el patio del colegio, conversamos sobre su vida en los caminos del Señor.

De Ligua a Valencia, al encuentro con su misión

Corría el año 1985, cuando una joven chilena de 25 años (nacida en el pueblo de Ligua) pisó el suelo valenciano. Trabajó en Acapane con niños excepcionales; ahí se les unieron las hermanas Camila y Norca, pero tras el cierre de la sede y el regreso de las otras religiosas a Chile, ellas abrieron una pequeña guardería en La Pastora, mientras oraban en pos de la misión que les daría el Señor... Un día, un sacerdote salesiano les preguntó si podían albergar a dos niñas de familias muy pobres. "Aceptamos y las hermanas nos juntamos en una habitación. La obra de Dios se estaba manifestando. El padre nos trajo más niñas hasta que llegamos a quince, y no teníamos espacio. Ahí nos enteramos de que vendían esta casa (la actual sede del colegio). No teníamos dinero, pero la suegra del Sr. Alejandro Izaguirre, quien era ministro, me dijo que hablara con él; fui a Caracas, le conté la situación y me entregó en efectivo el dinero para comprar la casa. Gracias a él iniciamos en 1990 'La Casa San José'. En 2002 creamos el colegio, que es mixto, con preescolar y primaria completa, con inglés y computación. Con el dinero de las mensualidades mantenemos a las niñas, que también estudian aquí y no son injustamente discriminadas como nos pasó en otros colegios".

Prosigue comentando: "Yo me doy por completo a ellas, y en mí se refleja el amor sincero de una maternidad que aunque no fue natural, es más grande, pues nació en el corazón. Cuando las niñas nos dicen 'mami', para mí es una felicidad muy grande, porque su cariño es puro y sabemos que nos ven como su apoyo. Ahora vamos a trabajar por más niñas. Hay mucha pobreza y eso nos duele; por eso abriremos un semi internado gratuito, donde les daremos educación, cariño y alimentación en el día. Queremos continuar porque es la obra de Dios. Para mí, a estas niñitas El las escogió, para hacer una humanidad mejor".

Así piensa esta chilena nacionalizada venezolana, que ama Valencia, la tierra que la recibió y donde con las hermanas Norca y Camila (oriundas de Puerto Cabello y Ligua respectivamente) adelanta este proyecto para abrigar a más niñas en pobreza crítica. Ellas tienen la voluntad, Dios las guía y en nosotros como sociedad civil está el no ser simples observadores, para darles nuestro apoyo. Así, más sonrisas inocentes crecerán dignamente y tendrán un mejor futuro.

 

 La Hermana María Inés a través de los años/ y entre Norca y Camila, bajo el amparo de San José.
 
 
 
 
 

 FELIZ Y REALIZADA

"Mi vocación está respaldada en mi mamá, quien es muy generosa y religiosa. Me siento feliz y plenamente realizada como mujer. La oración es mi contacto diario con Dios y mi fortaleza. Nosotras pasamos por todo tipo de pruebas, y es ahí cuando más unidas a Dios estamos. Si no, no tendría sentido nuestra consagración. Como dijo San Agustín: 'A El tenemos que volver y en El descansa nuestra vida'".


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