Alejandrina Uribe-Betancourt
Fotos: Pedro Pinilla |
Hermana
María Inés Tobar Cárdenas
Madre por amor y fe
Con 18 años entró en la congregación
de as Hermanas Hospitalarias de San José, fundada en 1866 para atender
a los desamparados en Chile. Mas el Todopoderoso hizo que a sus 25 años
llegara a Valencia, para dar testimonio del amor incondicional de Dios a
través de un grupo de niñas que se han convertido en las hijas
que le dio la vida
A las 4:30 de la madrugada en una casa de La Pastora, María
Inés Tobar Cárdenas, Camila Escorza Lillo y Norca Mujica Quintero
inician su jornada. Mientras una levanta a las 27 niñas que cuidan,
las otras se encargan del desayuno y del hogar.
Para María Inés, Camila y Norca, el amor
es entrega total, oración, caridad y obediencia a El, quien desde
la eternidad las eligió y puso en sus manos ese valioso rebaño
de ovejitas, que cada mañana llevan a la U.E. "Hermanas Hospitalarias
de San José", escuela fundada por ellas, en la calle Colombia,
entre Andrés Bello y Fernando Figueredo. Ahí guían
a sus 125 alumnos impartiéndoles conocimientos, valores y fe, para
verlos alcanzar sus sueños.
La hermana María Inés, con dos licenciaturas
en Ciencias Religiosas y Ciencias Sociales y un postgrado en Educación
Técnica, es la directora. Sentadas cerca de la imagen del San José,
que vela el patio del colegio, conversamos sobre su vida en los caminos
del Señor.
De Ligua a Valencia, al encuentro con su misión
Corría el año 1985, cuando una joven chilena
de 25 años (nacida en el pueblo de Ligua) pisó el suelo valenciano.
Trabajó en Acapane con niños excepcionales; ahí se
les unieron las hermanas Camila y Norca, pero tras el cierre de la sede
y el regreso de las otras religiosas a Chile, ellas abrieron una pequeña
guardería en La Pastora, mientras oraban en pos de la misión
que les daría el Señor... Un día, un sacerdote salesiano
les preguntó si podían albergar a dos niñas de familias
muy pobres. "Aceptamos y las hermanas nos juntamos en una habitación.
La obra de Dios se estaba manifestando. El padre nos trajo más niñas
hasta que llegamos a quince, y no teníamos espacio. Ahí nos
enteramos de que vendían esta casa (la actual sede del colegio).
No teníamos dinero, pero la suegra del Sr. Alejandro Izaguirre, quien
era ministro, me dijo que hablara con él; fui a Caracas, le conté
la situación y me entregó en efectivo el dinero para comprar
la casa. Gracias a él iniciamos en 1990 'La Casa San José'.
En 2002 creamos el colegio, que es mixto, con preescolar y primaria completa,
con inglés y computación. Con el dinero de las mensualidades
mantenemos a las niñas, que también estudian aquí y
no son injustamente discriminadas como nos pasó en otros colegios".
Prosigue comentando: "Yo me doy por completo a ellas,
y en mí se refleja el amor sincero de una maternidad que aunque no
fue natural, es más grande, pues nació en el corazón.
Cuando las niñas nos dicen 'mami', para mí es una felicidad
muy grande, porque su cariño es puro y sabemos que nos ven como su
apoyo. Ahora vamos a trabajar por más niñas. Hay mucha pobreza
y eso nos duele; por eso abriremos un semi internado gratuito, donde les
daremos educación, cariño y alimentación en el día.
Queremos continuar porque es la obra de Dios. Para mí, a estas niñitas
El las escogió, para hacer una humanidad mejor".
Así piensa esta chilena nacionalizada venezolana,
que ama Valencia, la tierra que la recibió y donde con las hermanas
Norca y Camila (oriundas de Puerto Cabello y Ligua respectivamente) adelanta
este proyecto para abrigar a más niñas en pobreza crítica.
Ellas tienen la voluntad, Dios las guía y en nosotros como sociedad
civil está el no ser simples observadores, para darles nuestro apoyo.
Así, más sonrisas inocentes crecerán dignamente y tendrán
un mejor futuro.

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| La Hermana María Inés a través
de los años/ y entre Norca y Camila, bajo el amparo de San José. |
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FELIZ Y REALIZADA
"Mi vocación está respaldada
en mi mamá, quien es muy generosa y religiosa. Me siento feliz y
plenamente realizada como mujer. La oración es mi contacto diario
con Dios y mi fortaleza. Nosotras pasamos por todo tipo de pruebas, y es
ahí cuando más unidas a Dios estamos. Si no, no tendría
sentido nuestra consagración. Como dijo San Agustín: 'A El
tenemos que volver y en El descansa nuestra vida'". |
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