Editorial Notitarde
C.A



Valencia, 9 de Agosto de 2005

 

 

Arnaldo Rojas
Fotos: Pedro Saturno

Ana Enriqueta Terán

Una vida hecha poesía

Es una de las más altas voces de nuestra poesía. Protagonista de una de las aventuras creativas más deslumbrantes de la lengua castellana, a partir de una visión mágica del universo cotidiano. Premio Nacional de Literatura, con hondas raíces en Valencia, ciudad que tiene el orgullo de atesorar su presencia

Su vida es una historia hecha poesía. Nacida en Valera en 1918, en la hacienda Santa Elena, en el seno de una familia de cañicultores y fundadores de pueblos. Aquel ambiente bucólico y pleno de nutrientes espirituales alimentó sus primeros años. De allí que exprese:

-Yo soy lo que era mi casa, soy lo que era mi gente. Gente hermosa, sana y profunda. En mi casa había una gran biblioteca. Se leía mucho y en voz alta. Mi madre nos leía El Quijote y mi padre le decía: "Esos muchachos no entienden!". Pero ella contestaba: "Les hace el gusto por la buena literatura".

De los Andes a Valencia

Los Terán-Madrid eran firmes antigomecistas, motivo por el cual las vicisitudes políticas y el hostigamiento de la dictadura los obligan a abandonar sus tierras para iniciar una etapa de errantes que los lleva primero a Barquisimeto y luego a Puerto Cabello. Muerto el general Gómez, en 1936 se trasladan a Caracas. Corre el año 1944 cuando Ana Enriqueta participa en un homenaje a Alberto Arvelo donde recita sus "Décimas andinas". Es su primera aparición pública, aunque ya en 1931, siendo ella adolescente, Andrés Eloy Blanco, quien se había hecho amigo y compadre de sus padres, un día hojea los cuadernos escolares de Ana y al encontrarse unos versos borroneados, exclama: "Tenemos un poeta en la familia!".

De 1946 a 1952 ocupa el cargo diplomático de agregado cultural en Uruguay y Argentina. Establece amistad con intelectuales y artistas como Rafael Alberti y Juana de Ibarbourou, quien prologó su libro Verdor secreto publicado en 1949. Renuncia al servicio diplomático, y tras una breve estadía en Madrid y París, regresa a Venezuela en 1952.

Llega a Valencia en 1954, adonde se había trasladado la familia Terán-Madrid a raíz de la enfermedad del padre. En nuestra ciudad siembra profundas raíces, como ella misma lo confiesa: "En Valencia conozco y amo al que habrá de señalar camino único en lo profundo emocional. En Valencia nace mi hija Rosa Francisca, criatura de arrobo y poesía. En Valencia he vivido gran parte de mi vida y tierra de Valencia guarda un primer intento casi logrado de ansiosa maternidad".

Cuadernos Cabriales, publicación del Ateneo de Valencia, lanza en 1954 su primer número con el extenso poema "Testimonio", de Ana Enriqueta Terán. En 1955 contrae matrimonio con el ingeniero José María Beotegui y vive un tiempo en La Entrada. Fue electa presidenta del Ateneo de Valencia en 1959.

De vuelta a la ciudad

Su vida sigue transcurriendo como un río impetuoso de lirismo, y 1989 se convierte en un año pródigo para nuestra poetisa: recibe el Premio Nacional de Literatura y el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Carabobo. Los homenajes se extienden: Cuadernos Cabriales en su No. 50 publicó una antología de sus versos, y la revista Poesía No. 79 fue dedicada por entero a su obra.

Por un tiempo se ausentó para vivir en Morrocoy y en el pueblo andino de Jajó, pero ha vuelto a fijar residencia en Valencia para reencontrarse con los afectos que, desde siempre, atesora en esta ciudad.

Tejedora de una artesanía suprema, se cuenta entre las grandes voces de nuestra lírica. Alquimista del lenguaje que ha logrado elevar los elementos de la vida cotidiana a la categoría de mitos poéticos. Autora de una extensa y fecunda obra que se inicia con Al norte de la sangre (1946) y se prolonga en Verdor secreto, Presencia terrena (1949), Música con pie de salmo (1952-1964), De bosque a bosque (1970), Sonetos de todos mis tiempos (1970-1989), Libro de los oficios (1967), Casa de hablas (recopilación de sus obras, 1991) y Albatros, su más reciente obra publicada.

Como buena oficiante de la palabra, concluye: "Creo en la sacralización de la poesía y creo que hay una parte de sagrado en mí. Así lo siento, por eso mantengo un ritual para escribir: me levanto, me arreglo, me maquillo, me siento frente al papel, no de cualquier forma, sino con tacones altos. Me quedo un rato pensando, me persigno y empiezo a escribir, con gran respeto".


 Con Miguel Angel Asturias y pintada por Gabriel Bracho, Sangronis y Edvitles, tiempos y recuerdos.
 
 
 
 
 

 INVENTARIO DE LA ETERNIDAD

"Soy una persona abierta a todo lo que me rodea, pues tengo los sentidos agudos. Con el olfato soy un sabueso y con el tacto vivo todo el día, a la edad que tengo, acopiando texturas en mi memoria; son los libros que toco, las telas, los objetos depositarios de afectos, mi entero alrededor. Todo lo que me rodea lo sigo como si fuera un niño haciendo un inventario".


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