Leonor Mendoza
Fotos: Jorge Cera |
Nina
Nikanórova
El ángel que vino del frío
Ya no usa zapatillas, mallas ni tutú, pero sigue
dominando el pas de deux y enseñando. Sigue reconociendo cuando unas
piernas largas y ágiles pueden ser soporte de la danza para dar renombre
internacional a nuestro país
En el interior de su alma, en sus gestos y en lo intenso
de su mirada, nadie duda que, a pesar de su hablar en un castellanizado
ruso, es más criolla que la arepa y tan valenciana como el Cabriales.
Si alguien revisa la historia del ballet clásico
en la región desde 1948, verá que ella se ha ganado, a fuerza
de lucha y entrega, el título de "hija de Valencia", y
"patrimonio cultural de Carabobo", como la calificó en
2001 el entonces secretario de Educación del estado, Simón
García, cuando pasó a jubilación, quedando como maestra
ad honórem de la escuela que lleva su nombre y que fundó con
muchos sacrificios hace 57 años.
"En un lugar de la lejana Rusia, donde las aguas del
Volga se mezclan con las del Tvertsa, entre Moscú y San Petersburgo,
se encuentra la comunidad de Tver, a veces llamada Kalinin. Allí
nació en el invierno del 18 de diciembre de 1923, más precisamente
en Stepanovo, una niña que, nacida allí, por obra y gracia
de la danza, estaría destinada a ser valenciana por amor y corazón.
La niña era Nina Nikanórova. Sus padres: Trafim Nikanorov
y Elizabeta Gorbunova".
Así la presenta el Dr. Guillermo Mujica Sevilla,
cronista de la ciudad de Valencia, en el libro que se está escribiendo
sobre la Escuela de Ballet "Nina Nikanórova", entre cuyos
autores está Helena Sokolova, su hija médico y bailarina,
su inseparable compañera.
La vida de Nina se divide en dos etapas intensas y bajo
un mismo signo: el arte de la danza. La primera se desarrolla en su natal
Tver, donde a los 15 años ya viaja por Rusia con la compañía
de Bebutov Arbenin. En 1941, designada profesora de ballet en la Academia
de Bellas Artes de Brest-Litovsk, impulsa su carrera como bailarina principal.
Pero esta talentosa mujer estaba predestinada a enseñar su arte en
otras tierras, donde es lanzada al ser superviviente del primer estallido
de la II Guerra Mundial, cuando una bomba destruyó el teatro donde
se presentaba con su compañía en la frontera de su país
con Polonia. La guerra le impidió regresar a casa y volver a ver
a sus padres.
Un pais llamado Venezuela
Apátrida, refugiada y buena lectora, llegó
a sus manos un diccionario en el cual encontró un mapa de Sudamérica
y la historia de un libertador de naciones llamado Simón Bolívar,
natural de un país llamado Venezuela. Lo que leyó la hizo
decidir a dónde ir junto a su esposo, su hija Helena y sus suegros,
con una maleta en la que sólo cabían los sueños y algunas
prendas personales.
Tenía 24 años de edad cuando llegó
en barco a Puerto Cabello y de allí a El Trompillo. Pisó tierra
venezolana el 1 de octubre de 1947. Comienza la definitiva etapa de la vida
de esta mujer que vino a buscar la libertad, trayendo en el latir de su
sangre y el palpitar de su corazón el arte puro del ballet para diseminarlo
en hijos de esta ciudad que le dio cobijo.
El ángel de la danza
De ello hace 57 años. Su historia comenzó
al día siguiente de su llegada, el 2 de octubre, en el Teatro Municipal
de Valencia, donde impactó a una sociedad ávida de cultura.
No ha dejado de bailar. Aunque guardó zapatillas, mallas y tutú,
sigue poniéndose de puntillas, con su paso corto y acompasado, asesorando
e imponiendo su reconocida y temida disciplina a los nuevos aspirantes.
Valencia hoy puede decir que entre los regalos recibidos
está Nina, el ángel de la danza que llegó del frío
para quedarse y diseminar su arte sobre otros seres que ha convertido en
bailarines de alto nivel académico, quienes han llevado el tricolor
de Venezuela a escenarios internacionales. La lista es larga: Alfredo Pietri,
Carlos Nieves, Austra Janifis, Glenda Lucena, Francis Sequera, Liliana Pannebianco,
David Noguera; Helena Sokolova, su hija; su nieta Elizabeth Núñez,
Duneska Méndez.
Nina Nikanórova es la historia del ballet en Valencia.
A fuerza de lucha, con su carácter y disciplina, con poco reconocimiento
económico y al vaivén de los gobiernos de turno, no desmayó
ni cerró las puertas de lo que hoy es la Escuela de Ballet "Nina
Nikanórova". Sus ojos se entristecen porque no ha logrado la
sede, a pesar de que el alcalde de Naguanagua, Julio Castillo, le cedió
el terreno.

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| Nina se ve reflejada en su bisnieta, Daniela Valentina. |
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SU TESORO MAS PRECIADO
Para su hija Helena, Nina es un ser excepcional,
por su entrega al ballet, por el valor que tiene la familia, para ella,
que perdió a sus padres y hermanos en la guerra. La presencia de
sus seres queridos es vital. Su gran amor es su bisnieta Daniela Valentina,
su "mascota".
La pequeña Daniela heredó
de la bisabuela el gusto por la música, la danza; en la pícara
niña, la maestra Nina se ve reflejada, en esa especial combinación
de lo clásico y lo criollo, que promete un extraordinario resultado
de la fusión de la sangre de dos mundos. |
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