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La historia continúa Fundación mítica de Güigüe
Municipio: Carlos Arvelo
Aún nadie sabe cuándo fue que aquellos hombres ambiciosos y barbudos pisaron por primera vez, Güigüe, ese valle fértil y generoso ubicado muy cerca de un hermoso lago que los indígenas llamaban Tacarigua, lugar donde más tarde, el 24 de diciembre de 1547, llegaría un señor de extraños modales, quien dejó registrada la existencia del lago en un cuaderno en el cual escribía notas de manera obsesiva. Dicen que se llamaba Juan de Villegas. Cuentan que los visitantes venían cabalgando inmensos caballos. Hombres mermados por el cansancio y el hambre, quienes habían recorrido cientos de kilómetros buscando desesperadamente tierras que estuvieran rodeadas de algún río, o afluentes de donde pudieran extraer agua para la vida y para la siembra. Fue un día cualquiera, cuando los lugareños escucharon el intenso galopar de los caballos y salieron de sus chozas asustados, corriendo de un lado a otro de la comarca, a preguntar qué pasaba y a pregonar, en voz de alerta, el extraño acontecimiento. Nunca más olvidarían esa escabrosa noche en la cual se rompió para siempre la tranquilidad y el silencio. Fueron sometidos por aquellos hombres ambiciosos y barbudos, que se quedarían allí para siempre, ayudados por lanzas y cruces. Refiere la historia que los nuevos pobladores, después de adueñarse de las tierras más ricas y fértiles, comenzaron a levantar una pequeña población, semejante a las que habían construido en otros lugares. Lo primero que construyeron fue un templo, ubicado a cuatro cuadras del río, que le colocaron una placa de madera con la lápida de Nuestra Señora del Rosario; luego la plaza mayor, la casa de gobierno y un grupo de viviendas en forma de manzana más o menos integradas en el centro formativo de la aldea. Cuentan que los personajes encargados de otorgar títulos de propiedad y delimitar el pueblo se les conocía con el elegante eufemismo de corregidores y encomendadores. Para cumplir esas funciones, ellos esgrimían que cumplían órdenes de una supuesta Autoridad Suprema.
MOMENTOS DE BONANZA Y TRANQUILIDAD Las mejores tierras situadas a los márgenes del pueblo, fueron entregadas a familias nobles que fundaron grandes haciendas y se dedicaron a los trabajos agropecuarios, hay quienes han dicho que el primer gran propietario de las tierras fue el encomendero Don Tomás de Mattute, y que luego llegaría un celebérrimo personaje, Márquez de Casa León, quien contrajo nupcias con una de las bellas hijas de Don Antonio Carreras, adulador de oficio que se convertiría, un poco más tarde, en uno de los terratenientes más poderosos del lugar. Figuraron, además, familias importantes como los Avila, Lobera, Sandoval e Hidalgo, que regentaron las mejores haciendas. Cuentan que a pesar del encuentro forzado entre ambas culturas, la existente y la que trajeron los colonizadores, el pueblo vivió momentos de bonanza y tranquilidad. Era un lugar bucólico que iba creciendo, poco a poco, a medida que iba haciendo falta mano de obra para los trabajos en el campo. De esa forma es que un día se enciende el murmullo y la chismografía vernácula, que rezaba sobre la llegada de un carrusel de negros altos y fornidos como los árboles, que venían a acometer duros trabajos en algunas plantaciones de caña y cacao. En la plaza pública, convertida luego en el centro de reuniones de los parroquianos, se empiezan a tejer historias e incidentes frívolos que dan cuenta, desde los asuntos más cotidianos hasta los idilios furtivos, incluso, entre indios, negros y blancos, cuestiones que eran motivo de escándalos en la incipiente población. Desde la llegada de aquellos hombres, vistos por los verdaderos dueños de la tierra, como raras avis, se le encargó a un viejo erudito que registrara los acontecimientos más importantes, en unos libros que iban aumentando cada año, hasta constituir una inmensa montaña de papel donde estaba concentrada casi toda la historia del pueblo. Los tomos eran conservados en el archivo parroquial con gran celo y se transformaron en un tesoro de incalculable valor porque entre líneas estaba concentrada la historia de la colectividad.
Tiempo después, como por arte de magia, los libros desaparecieron y la comarca quedó en cero, perdió la memoria quizás para siempre. Aunque científicamente no han podido comprobarlo, supuestamente, un ejemplar sobrevivió a la emocionante tragedia y fue encontrado en 1781, cuando un obispo, viajero e investigador empedernido, de nombre Mariano Martí, se dedicó a escudriñar los viejos anaqueles de la parroquia y encontró el texto de bautismo en el que aparece la fecha "3 de mayo de 1724", que sería tomada arbitrariamente para designar la génesis del condado. Más tarde, quien lamentaría la desaparición de los libros, sería un hombre sabio, venido de Alemania, quien recorría América del Sur y hacía una corta pasantía por el lugar, alojándose en casa de un soldado murciano. El teutón se llamaba Alexander Humboldt y se devanaba los sesos escribiendo una enciclopedia de 30 tomos que tituló Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. El botánico además de estudiar las especies naturales, se interesaba por la cultura y el lenguaje de los lugares que visitaba.
GöIGöE UN EXTRAÑO NOMBRE Güigüe, fue el nombre que le dieron al poblado recién fundado y ubicado equidistante de Valencia y Maracay. Nadie conoce a ciencia cierta el porqué de tan extraño nombre. Sin embargo, algunos fabuladores de oficio, señalan que el nombre proviene de un misterioso sonido onomatopéyico que producían algunos batracios, que eran escuchados por los colonizadores al cruzar el valle entre aguas y montes. Aseveraciones de poca consistencia que terminaron convirtiéndose en un mito, para que luego cobrara fuerza la versión de que la etimología es aborigen y deviene del vocablo UI UE, voces separadas que al fundirlas significan hacha o herramienta de trabajo, utensilios que eran elaborados a partir de la piedra por los antepasados con gran maestría y sentido artístico.
TUMBA DEL SOLDADO DESERTOR Según los chismosos, esa tarde el soldado Juan Salazar no quiso llegar al cuartel Naverán. Se le había hecho tarde para reportarse a la hora estipulada, y él, mejor que nadie, sabía que tal atraso se penalizaba con severísimos castigos que no estaba dispuesto a sufrir en carne propia. Corrían los años de la década del 20 y el ahora municipio Carlos Arvelo estaba minado de cuarteles. Era la época de aquel general caricaturesco, de mostachos abundantes que gobernó el país y respondía por el nombre de Juan Vicente Gómez. Relata la historia que caminando cabizbajo rumbo a la guarnición, a Salazar le preocupaba un terrible dilema, castigo o fuga. Se decide por esta última alternativa y se interna en unos parajes marginales, cerca de la institución castrense. El soldado, consciente de que alguna patrulla de militares lo estaría buscando y que su cobardía se pagaba con seis meses de castigo físico y tortura mental, queda confinado al aislamiento por seis meses, cual Robinson Crusoe, sin agua y sin comida, lo que le deja debilitado y muy enfermo. Dice la leyenda que unas señoras que cortaban leña por el fundo San Rafael, le encuentran desnudo y hambriento, pero a pesar del miedo que causaba su maltrecha figura, lo ayudaron suministrándole agua y alimentos, hasta que un soplón de la hacienda llevó la novedad al cuartel y unos soldados lo trasladaron moribundo a Naverán. Allí moriría tres días después. El 3 de diciembre de 1928. Luego de su entierro en el cementerio de Güigüe Juan Salazar es convertido en santo menor, sin aprobación eclesiástica, pero al que le rinden cultos miles de personas a través de una oración que reza: "Anima buena y piadosa de Juan Salazar, que durante seis meses estuviste en un monte llevando sol y te sostenías por manos de una buena señora que te llevaba una arepa y una jarra de agua, y ahora por secretas plenas de divinidad, manifestáis poder ayudar a cuantos te invocan con fervor y confianza..." Señala Ramón Mejías Cronista de Güigüe, que Juan Salazar es adorado quizás con más fervor lejos de la población que en ella misma, por los supuestos milagros prodigados.
CULTO A LA SANTA CABEZA Es vox populi en la imaginería popular la leyenda sobre el culto de la santa cabeza. "De viejas fuentes es la referencia que nos entera, como en una de aquellas etapas de cruentas montoneras de fines de siglo, figuró al frente de una de esas facciones, el general Nicolás Paz Castillo, personaje al parecer nativo de estos contornos y bastante temido. En una de esas correrías, atraída a la entonces isla de La Culebra, por supuestos partidarios suyos, en la refriega se infiere fue decapitado y el cuerpo tirado al lago, la cabeza fue recogida por familiares o adeptos en el insular vecindario, la entregaron a la viuda, residente en la región güigüense, quien durante muchos años la conservó, cual valioso símbolo macabro. Transcurre el tiempo y cuando todo parece olvidado, en el caserío Santa Cecilia de esta jurisdicción, se inicia el culto, pues era de los conocimientos de los lugareños la existencia de una calavera en casa de la señora Salomé Nebros. Dice el cronista de Güigüe, Ramón Mejías, quien escribe la cita anterior en el libro Güigüe Itinerario en el tiempo (1993), que a la cabeza de Paz Castillo se le rindió una especie de culto itinerario. Durante las fiestas religiosas quitaban prestada la cabeza y la paseaban por todos los caseríos. Todo ocurrió así hasta que un jefe civil mandó a enterrarla en el cementerio local.
ABADIA DE SAN JOSE Aproximadamente a diez kilómetros antes de llegar a Güigüe, yendo desde Valencia por la carretera Nacional, se encuentra el desvío, a mano derecha, para entrar a San José, sector donde hace once años se empezó a construir uno de los recintos religiosos más importante de Venezuela. Apartada del mundanal ruido, en un extenso valle que alcanza unas 60 hectáreas de terreno y cobijada a lo lejos por verdes montañas está ubicada la Abadía de San José. Antes de llegar, se respira el aire solemne del reposo espiritual, catalizado por un mensaje que salta a los ojos de los visitantes a la entrada del recinto: "Paz a ti que nos visitas. Gracias por cuidar y respetar este lugar y por ayudarnos a mantener el ambiente de silencio, oración y recogimiento". La Abadía se inauguró oficialmente el 22 de septiembre del año 90, y desde ese entonces se ha convertido en una referencia importante para, quienes visitan el estado Carabobo y muy especialmente la población de Güigüe. El monasterio cuenta con 18 monjes benedictinos, orden que fue fundada el 23 de abril de 1923 y que tuvo su sede en Caracas hasta ser mudada a ese lugar. Los benedictinos están presentes en todo el mundo desde hace XV siglos y tienen su monasterio principal en la ciudad de Munich, Alemania. Forman una rama de la vida monástica y han ocupado un papel importante en la historia de la Iglesia. El monasterio está compuesto por una iglesia abacial, la unidad habitacional de los monjes (ala derecha) y la hospedería, para los visitantes que se acercan para hacer retiros espirituales (ala izquierda). Además está el ala de servicios donde se ubican la cocina, la lavandería, la sastrería y el taller. El diseño del monasterio, en forma de cruz, es bastante particular y reúne características innovadoras que le hicieron merecedor del Premio Nacional de Arquitectura. Es obra de Jesús Tenrreiro Degwitz. Además de los espacios ya mencionados, el recinto cuenta con una laguna artificial, un cementerio y haciendas donde se cría ganado y se cultiva hortalizas y legumbres para el consumo de la comunidad. El superior es el abad José María Martínez y conviven con él 17 monjes entre hermanos y sacerdotes. Dice el hermano Oscar Echeverría, que ellos desarrollan la vida dentro del monasterio y que sólo salen de él en momentos muy excepcionales. "El monje vive y muere en el monasterio". Hasta ahora han sido enterradas cuatro personas. El primero murió en 1995 y el último el 27 de junio del año pasado. La abadía es la única de orientación benedictina en el país. Existen otras dos, una masculina en Escuque, Mérida, y otra femenina en Barquisimeto, pero ambas son trapenses.
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