Ernesto Piovesan

Mecánica italiana en las pistas venezolanas

Cuando un bólido cruza victorioso la meta las miradas del público se centran en el piloto. Es él quien recibe los mayores homenajes y disfruta, entre trofeos, aplausos y baño de champán. Sin embargo, él sólo no habría podido conquistar la bandera a cuadros, pues necesita tener el respaldo de todo un equipo de mecánicos, quienes son los encargados de preparar el vehículo para darle potencia y confianza.

La historia del automovilismo venezolano carecería de sentido si no se hiciera referencia a Ernesto Piovesan, mecánico natural de Treviso, Italia, que desde hace más de medio siglo pisó nuestras tierras para quedarse.

"Un preparador no debe preocuparse únicamente en atender el carro. Debe preparar al piloto: enseñarle a vivir, a comer, a dormir, que no sea un sinvergüenza. El físico tiene que ser lo más importante", comenta.

Ataviado con una braga roja de la Ferrari, sentado en su escritorio, Piovesan rememora la pasión que, desde niño, sintió por el automovilismo, incluso cuando los carros todavía eran una novedad. "Yo recuerdo que cuando pasaba un carro por la calle yo salía a oler el perfume que dejaba el gas, que era un veneno, pero uno era tan ignorante que no sabía nada", relata.

Piovesan comenzó a trabajar a los 10 años y todas las noches iba a la escuela industrial. A los 16 años también comenzó a destacar en la conducción. Tres veces corrió las Mil Millas en Italia, y participó en numerosos campeonatos nacionales. En Venezuela sólo compitió en la carrera Maracaibo-Caracas de 1958. Después prefirió dedicarse exclusivamente a la preparación de los vehículos.

Por su manos han pasado varios pilotos venezolanos. Reconoce que a veces olvida algunos nombres, pero en su memoria guarda gratos recuerdos de los momentos vividos con Fernando Baíz y Winston Chelby, José Miguel Colleta y Massimo Olivieri.

Desde 1998 Piovesan está prácticamente retirado de los deportes a motor, y ahora prefiere dedicar su tiempo al manejo de su taller de El Hatillo, el cual maneja junto con sus hijos Liliana y Franco.

"Como todo en Venezuela, se inicia con mucho entusiasmo, y después se viene abajo. Es una lástima, porque Venezuela tiene un potencial de muchachos sumamente buenos y competentes, pero no hay patrocinantes", lamenta. Sin embargo, considera que esta situación puede cambiar, especialmente si el Estado aporta el apoyo necesario para fortalecer la industria e impulsar las competencias automovilísticas.



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