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Joseph
Ratzinger, defensor del "catolicismo arcaico" que imperaba en
el papado de Juan Pablo II
El "cardenal de hierro" vigila
la pureza del dogma
Roma, abril 19 (Por Lola Galán
- El País de España).- La honestidad y la rectitud moral parecen
ser la espina dorsal de la personalidad de Joseph Ratzinger, el cardenal
que ha velado celosamente por la pureza del dogma católico desde
1981, cuando Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio).
Nacido el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn, una localidad
de la diócesis de Nassau, en Baviera, hijo de modestos campesinos,
Ratzinger ha pasado la mayor parte de su vida en contacto con el mundo académico,
primero como estudiante, luego, ya doctorado en Teología, como profesor
en las universidades de Bonn, Münster y Tubinga, donde coincidió
con Hans Küng, uno de los más firmes adversarios del pontificado
de Karol Wojtyla. Uno de sus discípulos fue Leonardo Boff, promotor
de la teología de la liberación, detestada por el propio Wojtyla
y por el cardenal alemán.
La vocación religiosa le lleva a ordenarse sacerdote
en 1951, y sus cualidades intelectuales le convierten en poco tiempo en
uno de los teólogos más prometedores de la Iglesia alemana.
En 1962 llega a Roma como consultor del cardenal alemán Fring, que
se dispone a participar en el Concilio Vaticano II, y destaca como uno de
los jóvenes exponentes de la línea progresista. En 1969 es
ya catedrático de Dogmática en la Universidad de Ratisbona,
y sus méritos impresionan al papa Pablo VI, que le coloca al frente
de la diócesis de Múnich y le otorga la birreta cardenalicia
en 1977.
La trayectoria de Ratzinger experimenta un giro considerable
en los años siguientes. Su posición teológica se aleja
de la línea progresista defendida en el Vaticano II hacia un camino
más conservador. Hasta el punto de sintonizar con Juan Pablo II,
que trae a Roma un catolicismo arcaico y una visión pragmática
de cómo defenderlo y extenderlo, utilizando los medios de comunicación.
Ratzinger se convierte en el gran represor de teólogos disidentes,
que se alejan de la línea dictada en el Vaticano. Dice no al sacerdocio
femenino, a la presencia de homosexuales en la Iglesia, y asesta un golpe
considerable al proceso de diálogo con las otras iglesias cristianas.
Pero Ratzinger se ha convertido también en un azote
de los vicios históricos de esa misma Iglesia, a la que no ha dudado
en considerar "una barca que hace agua", en una de sus últimas
intervenciones, el Viernes Santo. "Cuánta suciedad hay en la
Iglesia, y precisamente entre los que, dentro del sacerdocio, deberían
pertenecer a ella por completo. Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia",
dijo ante el estupor general. Decano del colegio cardenalicio, y el más
veterano en materia de cónclaves (el que elegirá al sucesor
de Wojtyla es su tercero), Ratzinger concentra enormes poderes, no tanto
de mando efectivo como de persuasión, dada su indiscutible talla
moral.
Como Papa de transición (una figura respetada que
no tuviera ninguna posibilidad de reinar otros 26 años), Ratzinger
es la mejor opción. Pese a su nacionalidad, a su perfil conservador,
y a su frontal rechazo a las innovaciones litúrgicas de la Iglesia
introducidas por Pablo VI. No es casual que hasta la revista Time le haya
incluido entre las 100 personalidades más influyentes del mundo.

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