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Anécdotas
del Oscar:
Momentos que perdudaran por siempre en
la historia de este singular premio
Desde que en 1927 se fundó
la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (en inglés,
Academy of Motion Picture Arts and Sciences), hasta la actualidad, muchos
han sido los cambios sufridos por la ceremonia de los Oscar. Para empezar,
su verdadero nombre no es 'Oscar', sino 'Academy Award'. Hay tres versiones
de cómo llegó a apodarse así. La primera y más
famosa se atribuye a Margaret Herrick, una por entonces secretaria de la
Academia que en 1931 dijo al ver la estatuilla "Se parece a mi tío
Oscar!". Otros dicen que fue el periodista Sidney Skolsky en 1934,
que los llamó así para hacer un juego de palabras con un antiguo
vodevil. Y luego tenemos a Bette Davis, quien se atribuyó el mérito
del apelativo en honor a su primer marido, Harmon 'Oscar' Nelson Jr.
Sea como fuere, los primeros
Oscars celebrados en 1929 no eran más que una cena social donde no
se tardó ni 5 minutos en leer los nombres de los ganadores. De hecho,
los primeros años se sabían esos nombres días, semanas
y hasta meses antes de la ceremonia. Esto fue cambiando paulatinamente conforme
los medios de comunicación iban haciéndose eco de los ganadores
y otorgando prestigio a quienes se lo llevaban. Los galardones fueron aumentando
su importancia, y con ellos su ceremonia de entrega se fue transformando
en un evento social de carácter nacional y con el tiempo internacional.
Tanto es así que en su cuarta edición tuvieron como invitado
de excepción a Charles Curtis, por entonces Vicepresidente de los
Estados Unidos. Un significativo avance para unos premios que habían
tenido la mala pata de comenzar con un ganador ausente. En efecto, el primer
ganador de un Oscar, el actor Emil Jennings, no estuvo presente en la ceremonia
para recoger su trofeo, el único que recibiría en su carrera.
A pesar del interés de los medios, esto era una
norma bastante común en las primeras décadas de existencia
de los Oscar: la mitad de sus premiados no acudían a la gala, bien
por falta de interés, bien por estar en Nueva York o Europa rodando
un film o representando alguna obra. O simplemente, de fiesta con sus amigos.
Se hicieron varios amagos para conciliar esta desfachatez, desde organizar
galas conjuntas Los µngeles-Nueva York hasta hacer conexiones con
otros puntos del país para entregar ciertos premios. Pero fue la
televisión la que, con su irrupción en 1953, facilitó
el camino. La gala disparó sus índices de popularidad, que
hasta entonces sólo la retransmisión radiofónica había
incentivado, y se convirtió en un perfecto escaparate publicitario
para actores, directores y demás gente de la farándula, que
comenzaron a tomarse más en serio estos premios como un posible empujón
para su carrera.
Por supuesto, siguió
habiendo y aún hoy hay gente que pasa completamente de este tipo
de asuntos. John Ford, el director más galardonado de la historia,
no llegó a recoger ninguno de sus 4 Oscars porque nunca asistió.
Tampoco recogió sus correspondientes 4 premios Katharine Hepburn,
la actriz más galardonada de la historia, que sólo acudió
a la gala en 1974 para entregar el premio Thalberg a toda su carrera al
productor Lawrence Weingarten. Woody Allen prefiere quedarse en Nueva York
tocando el clarinete a asistir a la gala. La única vez que estuvo
allí no fue cuando ganó por Annie Hall en 1978, sino en el
2002 para presentar un homenaje a las víctimas del 11-S.
Pero no queda ahí la cosa. Ha habido varias personas
que han rechazado sus Oscars. El ejemplo más famoso y sin duda surrealista
es el de Marlon Brando, ganador en 1973 por El Padrino. Brando no acudió
a la gala, enviando en su lugar a una nativa llamada Sacheen Littlefeather,
quien renunció al premio en su nombre como protesta por el trato
que los indios americanos recibían por parte de Hollywood, relegándolos
a papeles anecdóticos y presentando su raza de forma grotesca. Esta
performance fue objeto de no poca mofa durante años en la industria
por culpa de dos pequeños factores en su contra: el hecho de que
Brando ya tenía un Oscar anterior al cual nunca renunció,
y sobre todo, el descubrimiento pocos días después de que
Sacheen ni se llamaba así ni era india. Se trataba de una actriz
y cabaretera californiana de origen hispano llamada María Cruz, con
lo cual Brando pecó de lo mismo que decía criticar.
Pero Brando, por muy vistoso
que fuese su espectáculo, no fue el primero. Dos años antes,
George C. Scott renunció a su Oscar por Patton, siendo su motivo
el que le repugnaba el mero concepto de competición entre actores
y la excesiva vertiente económica y publicitaria del asunto. Y no
es que no hubiese avisado ya de sus intenciones a los votantes: en 1961
estuvo también nominado e intentó rechazar la mismísima
nominación. Algo que los preceptos de la Academia no permitían,
aunque le hicieron saber que podía renunciar al galardón si
finalmente se lo entregaban. Obviamente, Scott no se olvidó de esto.
Pero tampoco fue el primero: este honor le corresponde al guionista Dudley
Nichols, que en 1935 rechazó su Oscar por el guión de El Delator
debido a las discrepancias en la política sindical entre varios gremios
de la industria y la Academia.
Como es normal, no todos le tienen tanta tirria a la estatuilla.
Algunos incluso se lo piensan mejor con el tiempo. Ejemplo: Dustin Hoffman.
En 1974 declaró que el Oscar era algo vergonzoso y grotesco, entre
otras lindezas. Para cuando recibió su primer Oscar, en 1979, lo
agradeció con profusión a sus compañeros actores y
a su familia, declarando sentirse muy orgulloso del premio. También
es reseñable el caso de George Bernard Shaw, ganador del Oscar en
1938 por el guión de Pygmalion. Shaw no acudió a recoger su
premio y, según recogen los anales, sus declaraciones al respecto
fueron: "Es un insulto que me ofrezcan cualquier premio, como si nunca
hubiesen oído hablar de mí - y es probable que nunca lo hayan
hecho. También podrían galardonar a Jorge por ser Rey de Inglaterra".
Palabras que pueden haber sido una mera reacción a la broma que Lloyd
C. Douglas hizo al presentar su Oscar ("la historia de Mr. Shaw es
ahora tan original como lo fue hace 3000 años"), ya que el escritor
guardaba su estatuilla en un lugar destacado de su vivienda.
Y ya que estamos con los
discursos de agradecimiento, los ha habido de todo tipo y color, pero la
palma se la lleva sin duda Greer Garson: en 1942 ganó el Oscar por
La Señora Miniver y dio el que es hasta hoy el discurso más
largo de la historia de los Oscars. Estuvo hablando durante algo más
de una hora, en la que le dio tiempo no sólo a agradecer su premio
a todo el mundo, sino también a ofrecer su apoyo a las tropas americanas
destacadas en el Pacífico y a vender bonos de guerra a los asistentes
a la ceremonia. Gracias a ella, la Academia instauró la famosa regla
de limitar el tiempo máximo de los discursos a unos pocos minutos.
Una medida necesaria, aunque a veces no ha sido suficiente: famosos son
los casos de Almodóvar recitando el santoral, y el de Julia Roberts,
capaz de cortar por lo sano a la orquesta de un grito ("Baja ese palo,
voy a quedarme aquí durante un rato! (...) Todo el mundo intenta
hacerme callar. No funcionó con mis padres y no va a funcionar ahora").
A otros en cambio les gusta la brevedad: cuando William Holden ganó
en 1953, dio el discurso más corto de la historia - "Gracias".
Claro, que le advirtieron que fuese breve, para poder pasar a la publicidad.
Hay una gran variedad de
discursos. Los más valorados son los humildes. Por ejemplo, Mercedes
McCambridge ganó en 1949 y aprovechó para dar ánimos
a los actores que comienzan ("Mirad a dónde podéis llegar!").
Bette Davis recogió su primer Oscar en 1935, que todos sabían
que era una compensación por su derrota del año anterior,
y reconoció públicamente que el Oscar debió haber sido
para Katharine Hepburn, cuya actuación fue mejor que la suya. Algo
parecido a lo que hicieron Ingrid Bergman en 1974 y Michael Caine en 1999.
Y cuando Charles Chaplin recibió su Oscar honorífico, no pudo
menos que admitir que él comenzó en el mundo del cine por
dinero, y que el componente artístico vino después. Pero nadie
tan humilde como Joanne Woodward en 1957, que acudió a la gala con
un vestido hecho por ella misma ("No pensé que tuviera muchas
posibilidades de ganar, por lo que no invertí mucho", dijo ante
el micrófono).
También gustan mucho
los que tienen pinceladas de humor: en 1942, Irving Berlin presentó
el Oscar a la mejor canción... que resultó ser para él
mismo. "Estoy contento de entregar este premio. He conocido a este
compañero durante mucho tiempo", dijo. Por su parte, Jane Wyman
agradeció su Oscar en 1948, por interpretar a una muda, con las palabras
"Acepto con gratitud este premio que me otorgáis por mantener
la boca cerrada. Creo que lo volveré a hacer". Algo parecido
a la frase de Jack Nicholson cuando ganó por Alguien Voló
Sobre el Nido del Cuco (1976): "Esto demuestra que hay tantos locos
en la Academia como en cualquier otro sitio". Su compañera en
el film, Louise Fletcher (quien por cierto hizo parte de su discurso en
lenguaje de sordomudos para que sus padres la entendiesen), fue algo más
mordaz : "Quisiera agradecer a Jack Nicholson por hacer que estar en
un psiquiátrico fuese como estar en un psiquiátrico. Me encantó
ser odiada por ti". Tampoco perdió su oportunidad de ajustar
cuentas John Wayne en 1969: "Durante años los críticos
dijeron que yo no era un actor. Bueno, no hay que preocuparse. A la gente
le gustan mis películas y eso es todo lo que cuenta".
Los discursos políticos
no suelen generar simpatías, pero son frecuentes en esta gala. Todos
recordamos a Michael Moore (2003) y su discurso sobre el "vergonzoso"
Bush, el "presidente ficticio" que organizó una guerra
"por motivos ficticios". Y en 1972, cuando la activamente izquierdista
Jane Fonda ganó su primer Oscar, todo el mundo se temía un
numerito así. Sin embargo, sólo dijo "Hay mucho que decir,
pero no lo diré esta noche". No pensó lo mismo Vanessa
Redgrave en 1978, cuando ganó por Julia, una película que
había molestado a los judíos más radicales: "Queridos
colegas, muchísimas gracias por este premio a mi trabajo. (...) Creo
que deberíais estar orgullosos de haberos mantenido firmes y no haberos
dejado intimidar por las amenazas de un pequeño grupo de mafiosos
zionistas cuyo comportamiento es un insulto a los judíos de todo
el mundo y a su heroico pasado de lucha contra el fascismo y la opresión.
Y os ruego que continuéis la lucha contra el antisemitismo y el fascismo.
Gracias". Con un par. Por supuesto, cualquier referencia sobre política
debe tener en cuenta a Oliver Stone. Esto es lo que dijo en 1986 al ganar
por Platoon, de forma irónicamente premonitoria: "Con este premio
estáis reconociendo a los veteranos de guerra y admitiendo que, por
primera vez, entendéis lo que realmente ocurrió allí.
Y creo que significa que decís que nunca debe volver a ocurrir. Y
si sucede de nuevo, entonces esos muchachos americanos murieron por nada,
porque América no aprendió nada de Vietnam".
La falta de humildad no sienta
bien tampoco, como cuando allá por 1949 Olivia de Havilland recibió
su segundo Oscar. La actriz vino a decir que el premio era una prueba de
lo alto que había mantenido su nivel interpretativo todos esos años.
Más o menos lo que Shirley MacLaine dijo cuando ganó el suyo
en 1983, aunque ella fue más directa: "me lo merezco".
Mención aparte merecen los cansinos. Además de los ya mencionados
Julia Roberts y Greer Garson, hay que destacar al saltarín Cuba Gooding
Jr., que además hizo gala de tal histrionismo que le hizo decir "os
quiero" unas 20 veces.
Por último, hay que romper una lanza a favor de
aquellos artistas tan prácticos que cualquier subida de azúcar
provocada por el resto de discursos automáticamente se disuelve.
El mismo Duque que hemos mencionado antes también hizo un remarque
digno de incluirse aquí: "Si hubiese sabido que esto era todo
lo que hacía falta, me habría puesto el parche en el ojo hace
40 años". Todo un romántico. Pero para declaraciones
directas y sin remolonerías, las de Wendy Hiller en 1958, al día
siguiente de recibir su Oscar: "No me interesa la gloria. Espero que
este premio signifique un aumento en mi cuenta corriente".
"Los premios no se pueden comer - y sobre todo, tampoco
se pueden beber"
- John Wayne
"Me siento como Adán cuando le dijo a Eva:
'Atrás, no sé como de grande
se va a hacer esto!'" - Robin Williams, al abrir el
sobre de la ganadora
de mejor actriz secundaria (1999)
Por supuesto, no todas las anécdotas provienen de
los discursos. De hecho, el camino hacia el escenario ya puede dar de sí.
Y si no que se lo pregunten a los que estuvieron a punto de ser pisoteados
por Roberto Benigni en 1998, cuando se puso a dar saltos sobre las butacas
para dirigirse a recoger su premio a la mejor película de habla no
inglesa, hasta que finalmente se tiró a los calurosos brazos de Sophia
Loren. O a Halle Berry, que recibió el más sonoro y húmedo
de los besos de tornillo de un pletórico Adrien Brody en el 2002.
También podríamos recordar los pasos de claqué de Stanley
Donen al recoger su Oscar honorífico, o el numerito que montó
el incombustible Jack Palance cuando ganó su Oscar en 1993, a los
73 años. Empeñado en demostrar que la edad es un estado mental,
Palance se lanzó a hacer flexiones sobre una mano en el escenario.
Todo un macho.
Los presentadores invitados
también se llevan su parte de la gloria, sobre todo (o mejor, casi
exclusivamente) cuando se salen del guión. Ahí están
los pasos de baile que improvisaron Fred Astaire y Ginger Rogers cuando
iban a presentar un premio en 1966. O la canción que entonaron Burt
Lancaster y Kirk Douglas cuando salieron a escena en 1957 ('It's Great Not
to be Nominated'). O cuando Sylvester Stallone y Muhammad Ali echaron unos
golpecitos en el 76 en medio del escenario, a raíz de la popularidad
de Rocky ese año. Cuando terminaron, Sly declaró que aunque
no ganase nada esa noche, ya estaba orgulloso de haber podido estar junto
a una auténtica leyenda. También ha habido momentos emotivos:
la aparición de un desmejorado Christopher Reeve tras su accidente,
en 1995; el improvisado discurso que William Holden hizo en 1977 para agradecer
a su co-presentadora esa noche, Barbara Stanwyck, el haberle ayudado y apoyado
en sus comienzos; o cuando James Stewart recogió el Oscar honorífico
a Gary Cooper, en 1960, dado que su enfermedad le impidió acudir
(moriría un mes más tarde). Y por supuesto momentos políticos,
como cuando en 1993 Susan Sarandon y Tim Robbins criticaron al gobierno
americano por su trato hacia los inmigrantes haitianos con SIDA; o cuando
ese mismo año Richard Gere pidió a los telespectadores que
mandasen (telepáticamente) un mensaje de amor y apoyo al Dalai Lama
(algo que le valió el ser vetado de la ceremonia durante años).
Pero el momento de los momentos tuvo lugar en 1974, cuando
un streaker invadió el escenario correteando tras un sorprendido
David Niven, haciendo con sus dedos el símbolo de la paz. Cuando
el nudista desapareció entre bastidores y el público dejó
de reír, Niven sin apenas inmutarse comentó: "Bueno,
señoras y señores, esto tenía que pasar. ¿Pero
no es fascinante que la única risa que ese hombre vaya a provocar
en toda su vida vaya a ser el momento en que se desnudó para enseñar
sus partes?". Ouch.
A veces los presentadores consiguen poner en un compromiso
a los premiados o nominados. Algo así sucedió en 1976, cuando
Marty Feldman presentó el Oscar al mejor cortometraje. Tras dar el
nombre de los ganadores (el corto ganador fue dirigido por dos personas),
Marty tiró el Oscar al suelo partiéndolo por la mitad, y a
cada ganador le dio una diciéndoles "En la parte de abajo ponía
'Hecho en Hong Kong'". Nada comparado con el presentador de la gala
de 1933, Will Rogers. Para empezar, a la hora de entregar el premio a la
mejor actriz hizo que las dos nominadas presentes en la sala (May Robson
y Diana Wynyard) hablasen al público desde sus mesas. Cuando ambas
asumían ilusionadas que el Oscar iba a ser ex-aqueo para ambas, Rogers
les felicitó por sus palabras y desveló que la ganadora era
Katharine Hepburn, que por supuesto no había ido. Pero no quedó
aquí la cosa, también resbaló en el premio al mejor
director. Al abrir el sobre, no se le ocurrió más que decir
"Mi buen amigo Frank", ante lo cual Frank Capra se levantó
entusiasmado. Lo malo es que no se refería a ese Frank, sino a Frank
Lloyd, con lo que Capra tuvo que volver cabizbajo a su asiento.
Quizá sea por el resentimiento
acumulado por casos como estos (sólo de pensar que los 40 años
de rivalidad entre Olivia de Havilland y su hermana Joan Fontaine parten
de aquí dan escalofríos) por lo que en 1988 se decidió
cambiar el tradicional "the winner is..." por un menos competitivo
"and the Oscar goes to...". Y es que, en el fondo, ya lo dijo
Bob Hope en 1970: "Bienvenidos a un show dedicado a proponer que los
celos y la envidia no deben desaparecer de la faz de la Tierra".
Pese a todo, las improvisaciones no son los únicos
momentos álgidos de las galas. Pese a que, como dijo Johnny Carson
en su monólogo inicial de la ceremonia de 1979, la gala son "dos
horas de chispeante entretenimiento repartidas durante 4 horas", los
productores de la gala han hecho todo lo que han podido para darnos momentos
para la historia. Unas veces han fracasado, como cuando en 1989 hicieron
que Rob Lowe cantase un penoso dueto con un dibujo de la Blancanieves de
Walt Disney (por lo cual además fueron demandados, ya que no habían
pagado derechos por la imagen del personaje). Pero otras han acertado de
pleno, como en las actuaciones del Circo del Sol en el 2002 (con una espectacular
coreografía que acompañaba las imágenes de los nominados)
o de Stomp en el 96.
Los invitados, por supuesto, han aportado su granito de
arena en la famosa alfombra roja. Y no precisamente los mejor vestidos.
Esos se olvidan casi inmediatamente. Lo que queda para el recuerdo son esos
trajes incomprensibles con los que se hace el más absoluto de los
ridículos: el traje-cisne de Björk en el 2000; el traje hecho
con 254 tarjetas de crédito que la diseñadora Lizzy Gardiner
"lució" en el 95; el indescriptible traje de bailarina
de ballet de un tugurio de Las Vegas que se puso Geena Davis en el 92; el
traje transparente de Cher en el 87 (con el añadido de que ganó
el Oscar y todo el mundo pudo ver toda su anatomía a lo grande);
el traje de princesa del Hard Rock Café de Kim Basinger en el 90;
o Dennis Rodman, vestido de Dennis Rodman en el 97; y sobre todo, los trajes
con los que Matt Stone y Trey Parker aparecieron en 1999 - ni más
ni menos que los que habían llevado Jennifer Lopez y Gwyneth Paltrow
el año anterior. La Academia no ha vuelto a atreverse a nominarlos,
pese a que el número musical que montaron en base a la canción
nominada de South Park, 'Blame Canada', es uno de los momentos más
hilarantes de los últimos años.
Los eventos extracinematográficos
también han tenido una cierta influencia en la ceremonia. No se trata
sólo de chistes de los presentadores, o de homenajes (como el que
cada año se hace a los fallecidos), sino de cosas más serias.
En varias ocasiones, por ejemplo, se ha debido retrasar la gala: en 1981
el atentado contra Ronald Reagan hizo que se retrasase un día; en
1968 fueron dos días debido al asesinato de Martin Luther King; y
en 1967, una huelga de televisión y radio estuvo a punto de provocar
la cancelación de la gala, o al menos su retransmisión (al
final, la huelga se desconvocó 3 horas antes del show). También
tuvo gran influencia la caza de brujas del infame senador MacCarthy: la
Academia, que ya había nominado (e incluso premiado) a algunos de
los artistas que sufrieron su persecución, se vio obligada a ignorar
a veces y a premiar a nombres falsos en otras, a los miembros de la lista
negra del senador. Así, Dalton Trumbo ganó en 1957 pero su
Oscar fue a parar a Robert Rich, sobrino de los productores que había
accedido a firmar el guión de The Brave One con su nombre (en 1975
este Oscar le fue entregado al fin a Trumbo, al ser desvelado el engaño).
Ese mismo año, la nominación de Michael Wilson por La Gran
Prueba tuvo que ser anulada precisamente por trabajar sin seudónimo.
Algo que le sirvió para no aparecer en los créditos de los
guiones nominados de El Puente Sobre el Río Kwai (1958) y Lawrence
de Arabia (1963), aunque en ambos casos la Academia corrigió oficialmente
estas ausencias a posteriori (en 1984 el primero, en 1995 el segundo), cuando
se demostró que había participado en ambos guiones - algo
que también afectó a Carl Foreman en cuanto al primer film
se refiere. Un caso similar al de 1951, cuando el guionista Michael Blankfort
hizo de tapadera para su amigo Albert Maltz en las varias nominaciones que
recibió Flecha Rota - nominación corregida en 1991.
También hay que hacer mención a esas anomalías
que de vez en cuando ocurren en los propios galardones. Por ejemplo, que
no siempre hubo un número fijo de 5 nominados: en 1942, en la categoría
de mejor corto documental, se batió el record - 22 nominados. En
esos años, antes de que se asentasen las reglas, era normal un número
de entre 7 y 15 nominados en algunas categorías. En mejor película,
el record lo batió 1934, con 12 films. Pero eso no ha sido lo más
raro que ha ocurrido por culpa de no tener reglas fijas: en 1944, Barry
Fitzgerald fue nominado como mejor actor y como mejor actor secundario por
la misma película, Siguiendo mi Camino (ganó como secundario).
Y 10 años antes, Bette Davis recibió su nominación
por Cautivo del Deseo a posteriori gracias a una solicitud escrita de algunos
miembros tras conocerse que no estaba entre las seleccionadas. Aún
así, no ganó. No ha sido el único caso, pero sí
el más notorio. Gracias a Dios, ahora hay reglas que impiden semejantes
disparates.
Pero las reglas no suponen
acabar con las sorpresas: en 1968, Barbra Streisand y Katharine Hepburn
compartieron el Oscar a mejor actriz, al empatar en las votaciones. Un caso
así sólo se había dado 1932, cuando el número
de miembros era mucho menor, en la categoría de mejor actor (Fredric
March y Wallace Beery fueron los ganadores). También ha habido nominados
después de muertos, como James Dean (que tiene el honor de ser el
único que tras morir ha recibido 2 nominaciones al Oscar, en años
consecutivos), Peter Finch (único actor que lo ha ganado después
de muerto), Sidney Howard (ganador por el guión de Lo que el Viento
se Llevó), Massimo Troisi, etc. O películas que han ganado
el máximo premio y nada más: La Melodía de Broadway,
Rebelión a Bordo y Gran Hotel (esta última no estaba nominada
a nada más siquiera). O películas que han sido nominadas 20
años después de rodarse (la banda sonora de Candilejas fue
nominada en 1972, en vez de en 1952, ya que hasta ese año no se estrenó
en Los Angeles). O nominaciones que han debido rechazarse porque hubo un
error al votar (en 1956 se nominó el guión original de High
Society, creyendo que se trataba de la película del mismo título
Alta Sociedad, que era un guión adaptado - resultado, ambas se descalificaron
con el consentimiento de sus autores). O actores que han ganado Oscars "de
verdad" después de que la Academia les concediese el Oscar honorífico
(curiosamente, ambos lo hicieron en años consecutivos): Henry Fonda
(1980-1981) y Paul Newman (1985-1986).
Nos podríamos tirar horas y horas con curiosidades
del estilo. Podríamos hablar de las dinastías que han hecho
del Oscar su veto de caza (los Coppola, con 4 miembros que acaparan 8 Oscars;
y los Huston, con 3 miembros que acumulan sendos Oscars, con la peculiaridad
de que uno de ellos es el que ha dirigido a los otros dos para lograr los
suyos). O de los más jóvenes en ser galardonados (Adrien Brody,
Marlee Matlin, Timothy Hutton y Tatum O'Neal en cada categoría) o
nominados (Jackie Cooper, Keisha Castle-Hughes, Justin Henry y de nuevo
Tatum, respectivamente). O las interpretaciones más breves en recibir
Oscars (Judi Dench, Beatrice Straight y Anthony Quinn rondaron los 8-10
minutos, mientras Anthony Hopkins consiguió ganar como principal
saliendo sólo 16 minutos). Pero cosas como estas ya las diremos el
próximo domingo.
Entre tanto, finalicemos con una leyenda urbana que se
cuenta acerca de la oscarizada Shelley Winters. Siendo ya mayor, la actriz
fue a una audición con un joven e inexperto director. El tipo le
preguntó "Bueno, señora Winters, recuérdeme qué
es lo que ha hecho hasta hoy". Winters, acostumbrada ya a estos encuentros
con las nuevas generaciones, cogió una bolsa que llevaba con ella,
metió la mano y puso encima de la mesa un Oscar. "Este es por
El Diario de Ana Frank", dice. Vuelve a meter la mano en la bolsa y
saca otro Oscar: "Y este, por Un Retazo de Azul. Ahora, ¿por
qué no me dice qué es lo que ha hecho usted hasta hoy?".
Quién sabe si la historia es verdad, pero ojalá lo sea.
Frases Celebres
"Por mi segunda y tercera películas gané
dos Oscars. Nada peor podría haberme ocurrido"
- Luise Rainer
"El Oscar es el más valioso, pero menos costoso,
objeto de relaciones públicas mundiales que jamás se ha inventado
en cualquier industria."
- Frank Capra, tras ganar su segundo Oscar (1936)
"La única forma de averiguar quién es
el mejor actor sería hacer que todo el mundo interpretase Hamlet
y que ganase el mejor."
- Humphrey Bogart, al ganar su único Oscar (1952)
"¿Qué significa un Premio de la Academia?
No creo que signifique gran cosa."
- Sally Field, al ganar su primer Oscar (1980)
"No he tenido una carrera ortodoxa, y más que
nada he querido tener vuestro respeto. La primera vez no lo sentí,
pero esta vez lo siento, y no puedo negar el hecho de que me queréis,
me queréis de verdad."
- Sally Field, al ganar su segundo Oscar (1985)
"Gracias a Dios, ahora podemos descansar tranquilos.
Susan ha logrado lo que ha estado persiguiendo durante 20 años"
- Un productor de Hollywood, cuando Susan Hayward ganó
su Oscar (1958)
"El hecho de que soy un negro en la película
es realmente incidental, y me gustaría pensar que gané el
Oscar por mi capacidad interpretativa"
- Sidney Poitier, poco después de ganar su Oscar
(1963)
"Imaginen que una chica italiana consigue un Oscar
por una película italiana y no está allí"
- Sophia Loren tras conocer que había sido nominada
por la italiana Dos Mujeres (1961). Un mes después no acudió
a la gala y ganó el Oscar.
"Espero que esto no sea un error, porque no voy a
devolverlo por nada del mundo"
- Yul Brynner (1956)
"Quiero agradecer a todos los que alguna vez haya
conocido a lo largo de mi vida."
- Kim Basinger (1998)
"Yo no creo en Dios, sólo creo en Billy Wilder.
Así que muchas gracias, señor Wilder"
- Fernando Trueba (1992)

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