Jorge Urosa Savino
Nuevo Cardenal de la Iglesia Católica

Valencia, 25 de Marzo de 2006

Editorial
Notitarde
C.A

Los retos del gran conciliador

El capelo que el Papa Benedicto XVI decidió colocar sobre la plateada cabellera de Jorge Urosa Savino ha resultado un tanto más pesado que el recibido por los otros quince prelados promovidos a la dignidad cardenalicia durante el Primer Consistorio a cargo del nuevo pontífice. Esto es así porque con el aggiornamento iniciado en el Concilio Vaticano II y más recientemente con el papado de Juan Pablo II, quien continuó y profundizó la misión evangelizadora desde una perspectiva mucho más comprometida con las realidades del "Pueblo de Dios", los pastores de almas han bajado de las alturas espirituales para hacer buena la salvación en la tierra.

Ya en el Concilio Vaticano quedó consagrado el derecho que tiene la Iglesia "de dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona". Principio que luego de muchos siglos convirtió al catolicismo en formidable aliado y defensor de los valores democráticos de occidente, en buena medida siempre presentes en la doctrina de Cristo. De esa forma los elementos modernizadores se impusieron sobre los tradicionalistas y la institución dio un salto decisivo en su puesta al día con el avance de la historia y la necesidad de reactivar su compromiso con los derechos de los más desvalidos.

Con Juan Pablo II, el compromiso se definió más claramente en la conciliación del aggiornamento y del ressourcement, tesis teológicas opuestas en principio, que finalmente combinaron las posiciones de avanzada, pluralistas y de diálogo, con la necesidad de volver a las fuentes primigenias, en una praxis que hizo de la Iglesia y de su Pontífice polaco factores importantes en acontecimientos como el derrumbe del comunismo, el diálogo de religiones y el rescate de los valores democráticos.

En el marco de esa institución renovada, donde la misión pastoral se ve enriquecida con un potente papel social y mucho que hacer en la defensa de los derechos humanos, la paz, la justicia y la tolerancia, aparece el Cardenal Urosa Savino. Y aparece en un momento de peligroso estancamiento de la diatriba política nacional, que luego de siete años de sorda y a veces no tan sorda pugna, mantiene dividido al país en dos bandos, ambos mayoritariamente católicos, enfrentados sin tregua ni remedio.

Quizás se han exagerado las expectativas de su papel como agente de unidad y entendimiento, a la búsqueda de acuerdos que más allá de la coyuntura electoral (su primer reto) se retrotraen a la necesidad de que, como él mismo advierte, "cesen las pasiones, el odio y podamos convivir esas dos porciones en que está dividida Venezuela porque para mi es impostergable buscar la armonía, la tolerancia, el respeto y el diálogo".

Pero no se amilanó ante el paquete de temas que se ha descargado sobre su responsabilidad y dio un paso significativo antes de su designación al lograr, luego de cinco años de incomunicación, el restablecimiento del diálogo entre la Iglesia y el gobierno. Empeñado en mostrar una actitud resueltamente neutral en lo político, evitando que se le señale alguna inclinación hacia un bando u otro, esta actitud le ha conferido mayor autoridad y con esta garantía de férrea imparcialidad ya inició una agobiante pero ineludible ronda de consultas con todos los sectores del país para escuchar, escuchar y escuchar.

Son muchas, sin embargo, las dificultades. La primera estriba en la tenue línea que separa lo secular de lo espiritual, en otras palabras, el límite hasta el cual puede intervenir la Iglesia sin invadir terrenos que le son vedados. Un dilema angustioso porque no puede quedarse demasiado atrás en sus posiciones, pendiente de salvaguardar el puente con el gobierno, corriendo así el riesgo de sacrificar temas fundamentales incluidos en el diálogo.

Ambivalencia que no escapaba al ex Nuncio Apostólico, André Dupuy, quien en sus mensajes a los obispos venezolanos insistía en que la Iglesia no tiene ningún interés en una confrontación con el Estado, ni "ambiciona gobernar la sociedad", aunque al mismo tiempo afirmara que "en las circunstancias actuales la tibieza de la Iglesia sería un tanto deplorable. Continuamos predicando que Dios es amor y que los hombre son hermanos, mientras que en nuestro derredor se dan graves fracasos como la intolerancia, la violencia, la pobreza".

Otro asunto que reclama inmediata atención es la nueva Ley de Educación y el proyecto de estado docente que, a su modo de ver "elimina la religión en las escuelas y absorbe y domina a la educación". Materia que seguramente pondrá a prueba la capacidad de diálogo, la facultad de escuchar y de aceptar las posiciones del "otro", sin vulnerar principios o intereses vitales, tanto en el gobierno como en la Iglesia, en la lucha del mediador a veces convertido en parte dialogante.

Existen puntos de honor, materias sobre las cuales resulta imposible ceder porque están en juego valores no negociables. Razón para que el Cardenal adelantara posiciones señalando que la Iglesia es una comunidad fundamentalmente educadora y con un papel que jugar en la vida social: "En ese sentido no nos vamos a callar ni abdicar nuestro deber de actuar como instancia moral que ilumina el camino de la sociedad para que todos vivamos como hermanos".

Pero por encima de todo existe una apertura, una disposición mutua de entendimiento y hasta cierto punto se han fijado los puntos de una agenda en cuya discusión los católicos venezolanos apuestan al buen juicio de su pastor mayor. Ponderado, afable, amplio por naturaleza, sensible a todos los reclamos, pero provisto de una firmeza muy bien administrada, el joven cardenal venezolano luce todos los atributos para enfrentar la dura tarea que tiene por delante con demostrada vocación social, una densa formación eclesiástica y una sabiduría natural que le confieren estatura intelectual, moral y espiritual acordes con los duros retos que habrá de enfrentar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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