|
|
Los retos del gran conciliador
El capelo que el Papa Benedicto XVI decidió colocar
sobre la plateada cabellera de Jorge Urosa Savino ha resultado un tanto
más pesado que el recibido por los otros quince prelados promovidos
a la dignidad cardenalicia durante el Primer Consistorio a cargo del nuevo
pontífice. Esto es así porque con el aggiornamento iniciado
en el Concilio Vaticano II y más recientemente con el papado de Juan
Pablo II, quien continuó y profundizó la misión evangelizadora
desde una perspectiva mucho más comprometida con las realidades del
"Pueblo de Dios", los pastores de almas han bajado de las alturas
espirituales para hacer buena la salvación en la tierra.
Ya en el Concilio Vaticano quedó consagrado el derecho
que tiene la Iglesia "de dar su juicio moral, incluso sobre materias
referentes al orden político, cuando lo exigen los derechos fundamentales
de la persona". Principio que luego de muchos siglos convirtió
al catolicismo en formidable aliado y defensor de los valores democráticos
de occidente, en buena medida siempre presentes en la doctrina de Cristo.
De esa forma los elementos modernizadores se impusieron sobre los tradicionalistas
y la institución dio un salto decisivo en su puesta al día
con el avance de la historia y la necesidad de reactivar su compromiso con
los derechos de los más desvalidos.
Con Juan Pablo II, el compromiso se definió más
claramente en la conciliación del aggiornamento y del ressourcement,
tesis teológicas opuestas en principio, que finalmente combinaron
las posiciones de avanzada, pluralistas y de diálogo, con la necesidad
de volver a las fuentes primigenias, en una praxis que hizo de la Iglesia
y de su Pontífice polaco factores importantes en acontecimientos
como el derrumbe del comunismo, el diálogo de religiones y el rescate
de los valores democráticos.
En el marco de esa institución renovada, donde la
misión pastoral se ve enriquecida con un potente papel social y mucho
que hacer en la defensa de los derechos humanos, la paz, la justicia y la
tolerancia, aparece el Cardenal Urosa Savino. Y aparece en un momento de
peligroso estancamiento de la diatriba política nacional, que luego
de siete años de sorda y a veces no tan sorda pugna, mantiene dividido
al país en dos bandos, ambos mayoritariamente católicos, enfrentados
sin tregua ni remedio.
Quizás se han exagerado las expectativas de su papel
como agente de unidad y entendimiento, a la búsqueda de acuerdos
que más allá de la coyuntura electoral (su primer reto) se
retrotraen a la necesidad de que, como él mismo advierte, "cesen
las pasiones, el odio y podamos convivir esas dos porciones en que está
dividida Venezuela porque para mi es impostergable buscar la armonía,
la tolerancia, el respeto y el diálogo".
Pero no se amilanó ante el paquete de temas que
se ha descargado sobre su responsabilidad y dio un paso significativo antes
de su designación al lograr, luego de cinco años de incomunicación,
el restablecimiento del diálogo entre la Iglesia y el gobierno. Empeñado
en mostrar una actitud resueltamente neutral en lo político, evitando
que se le señale alguna inclinación hacia un bando u otro,
esta actitud le ha conferido mayor autoridad y con esta garantía
de férrea imparcialidad ya inició una agobiante pero ineludible
ronda de consultas con todos los sectores del país para escuchar,
escuchar y escuchar.
Son muchas, sin embargo, las dificultades. La primera estriba
en la tenue línea que separa lo secular de lo espiritual, en otras
palabras, el límite hasta el cual puede intervenir la Iglesia sin
invadir terrenos que le son vedados. Un dilema angustioso porque no puede
quedarse demasiado atrás en sus posiciones, pendiente de salvaguardar
el puente con el gobierno, corriendo así el riesgo de sacrificar
temas fundamentales incluidos en el diálogo.
Ambivalencia que no escapaba al ex Nuncio Apostólico,
André Dupuy, quien en sus mensajes a los obispos venezolanos insistía
en que la Iglesia no tiene ningún interés en una confrontación
con el Estado, ni "ambiciona gobernar la sociedad", aunque al
mismo tiempo afirmara que "en las circunstancias actuales la tibieza
de la Iglesia sería un tanto deplorable. Continuamos predicando que
Dios es amor y que los hombre son hermanos, mientras que en nuestro derredor
se dan graves fracasos como la intolerancia, la violencia, la pobreza".
Otro asunto que reclama inmediata atención es la
nueva Ley de Educación y el proyecto de estado docente que, a su
modo de ver "elimina la religión en las escuelas y absorbe y
domina a la educación". Materia que seguramente pondrá
a prueba la capacidad de diálogo, la facultad de escuchar y de aceptar
las posiciones del "otro", sin vulnerar principios o intereses
vitales, tanto en el gobierno como en la Iglesia, en la lucha del mediador
a veces convertido en parte dialogante.
Existen puntos de honor, materias sobre las cuales resulta
imposible ceder porque están en juego valores no negociables. Razón
para que el Cardenal adelantara posiciones señalando que la Iglesia
es una comunidad fundamentalmente educadora y con un papel que jugar en
la vida social: "En ese sentido no nos vamos a callar ni abdicar nuestro
deber de actuar como instancia moral que ilumina el camino de la sociedad
para que todos vivamos como hermanos".
Pero por encima de todo existe una apertura, una disposición
mutua de entendimiento y hasta cierto punto se han fijado los puntos de
una agenda en cuya discusión los católicos venezolanos apuestan
al buen juicio de su pastor mayor. Ponderado, afable, amplio por naturaleza,
sensible a todos los reclamos, pero provisto de una firmeza muy bien administrada,
el joven cardenal venezolano luce todos los atributos para enfrentar la
dura tarea que tiene por delante con demostrada vocación social,
una densa formación eclesiástica y una sabiduría natural
que le confieren estatura intelectual, moral y espiritual acordes con los
duros retos que habrá de enfrentar.

|
|