¿Precio justo?

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Hace una semana me tocó como a las miles y miles de mujeres amas de casa de este país salir a hacer el mercado del mes, esta vez decidí hacerlo en un conocido supermercado local cuyo nombre es igual a uno de los municipios de nuestro estado y se encuentra  en las inmediaciones de la comunidad de la Belisa. Había pasado por allí cerca de las 6:00 de la mañana mientras me disponía llevar a Valencia, a mi hijo Carlos Eduardo a la universidad y observé que ya en las afueras del establecimiento en plena calle se había formado una cola de por lo menos 150 personas y me pregunté: ¿qué estarán vendiendo hoy?. A mi regreso dos horas después, pase por el mismo lugar y la cola ya acumulaba por lo menos unas 500 personas, además de la presencia de un importante contingente militar, decidí esperar un poco más y que disminuyera la gigantesca cola para realizar mis compras con un poco de tranquilidad. 
Esa escena la vemos repetirse todos los días en diversos establecimientos del país, donde cada día la fila de durmientes callejeros comienza cada vez más temprano con el anuncio de que se venderá leche, harina Pan, papel tualé o cualquier otro de los productos desaparecidos de nuestros anaqueles, mientras llegan los funcionarios más poderosos del operativo, los guardias o policías que repartirán los números y venderán las mercancía, sin saber cuantos serán los beneficiarios de esa lotería indigna en que se ha convertido la adquisición de alimentos en mi Venezuela. Así ocurrió, siete horas después me dispuse a realizar el mercado y comprobé que la cola se trataba de la venta de harina Pan, 6 kilos o paquetes por persona y lejos de disminuir, se hizo mucho más densa al correrse  la voz de la venta y debo confesarles que mi frustración ya agigantada de la indignación que tengo desde hace bastante tiempo por todo lo que está ocurriendo, fue mucho mayor, no solo por el terrible espectáculo de ver a nuestra gente sometida a semejante operativo,  la imposibilidad de adquirir el producto dentro del supermercado porque sencillamente no dejan para quienes vamos a hacer compras normales y tener que ir a cinco establecimientos más intentando conseguir lo que faltaba para completar el mes e irme a cas sin leche, desinfectante, azúcar, harina ni servilletas; sino además, observar como algunas personas lo hacen con el propósito de revender el producto como medio de subsistencia económica, sin que exista un mecanismo que impida tal barbaridad para que el alimento  pueda llegar a manos de la mayoría de las familias, ¿cuánto tiempo más soportaremos esta humillación!?.

Con honestidad no creo ni que la gente hace esas filas por pasividad, como no quisiera que se tratara de un maquiavélico plan orquestado desde el poder para someter la voluntad de los ciudadanos a costa del hambre como en Cuba; ni que se trata de guerra económica de factores que buscan un levantamiento popular, o que la población se ha vuelto innecesariamente acaparadora en reacción a los miedos, lo que si es cierto es que hoy somos más que nunca un país rentista y monoproductor, en donde el Estado es el dueño de casi todo el dinero de la nación, y fuera  lógico que existieran formas de distribución de esa renta mediante subsidios, tanto para quienes poseen cierta holgura económica como para quienes pasan trabajo para llegar a fin de mes, pero no es así. Uno de los intentos fue Mercal, así nació para evitar (supuestamente), que la distribución de alimentos fuese usada como arma política por grupos contrarios al Gobierno, el problema es que antes no se hacía fila en Mercal, se compraban productos a buen precio y suficiente para alimentar a la familia; la gente podía escoger entre ir al Mercal o a cualquier supermercado, pero ahora, la cola que se hacen hasta en los Mercales y en cualquier otro establecimiento privado, no es para lograr mejor precio, sino para ver si a sus manos cae lo que desapareció de anaqueles y así tengas un poquito en tu casa compras nuevamente porque no sabes cuándo volverá a llegar.

Cómo podemos hablar de precio justo de algo que para adquirirlo la gente se ve obligada a dormir en la intemperie, calarse hasta doce horas de cola y lo peor que cuando al fin llegas a la punta te digan "se acabó, vente mañana más temprano" como le ocurrió días atrás a la joven del Barrio 23 de Enero en nuestra ciudad  que, luego de pararse a las 4:00 a.m. e irse caminando hasta el supermercado, al final no alcanzara a comprar la leche para sus hijos. Todo esto no es más que el resultado de un modelo que evidentemente fracasó, colapso, se desplomó y sucumbió a lo que tanto critican, la mentira, el despilfarro, la corrupción y el monopolio de una actividad como la alimentaria que juega con el hambre para que factores de la nueva burguesía hagan su negocio redondo, y mientras el pueblo seguirá haciendo colas si así lo aceptamos y nos resignamos, el Estado anunciará como descubrieron después de meses, años, que la comida la dejaron podrir en puertos de nuestro país.

 

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