Qué falta hacen

Brexit, la visita del príncipe Carlos a Cuba y la imagen de Gran Bretaña ante el mundo son de las cuestiones a las que se refiere este domingo el columnista Gustavo Roosen.

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Hay hechos que de pronto nos ponen frente a la evidencia de que algo no anda bien, de que las cosas han perdido su rumbo, lo confiable se tambalea, los liderazgos se resquebrajan, la desconfianza mina la solidez de las instituciones, la incertidumbre gana espacio a la fe. Esta vez las razones de preocupación vienen de Gran Bretaña. Dos hechos concretos: el viaje del príncipe Carlos a Cuba y el Brexit. ¿Están claras para alguien las razones de la vista a Cuba, la primera de un miembro de la familia real en 64 años? ¿Cómo saldrán Gran Bretaña y Europa de esta crisis creada por el Brexit?

Gustavo Roosen
Gustavo Roosen

El viaje no será, suponemos todos, solo la curiosidad turística del príncipe o de su esposa Camilla, su gusto por los timbales o por un paseo en descapotable de los años cincuenta. La decisión del viaje, dicen las reseñas a modo de aclaratoria, no es de la casa real sino de la Oficina de Relaciones Exteriores del gobierno británico para el cual resulta importante “exaltar la creciente relación bilateral entre Gran Bretaña y Cuba con respecto a sus vínculos culturales”. La declaración oficial alude también a “un diálogo franco sobre los temas que nos dividen como los derechos humanos”. La verdad, sin embargo, es que el tema de los derechos humanos no parece haber estado presente, ni siquiera por un contacto casual con los disidentes o familiares de los presos políticos. Los cubanos fuera de Cuba no dejarán de preguntarse por el significado de una visita a un país silenciado, con una economía altamente dependiente, con un sistema de libertades menos que precario y con un estrecho control del Estado sobre los ciudadanos. Tampoco quedará claro para los venezolanos, para quienes la presencia cubana se ha manifestado esencialmente como control y para quienes no dejará de sonar contradictoria esta visita precisamente ahora cuando el gobierno británico ha manifestado su reconocimiento a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela y su consiguiente rechazo a la dictadura de Nicolás Maduro.

La extraña visita del príncipe, casi anecdótica, coincide con un drama británico, el de un país que votó por la salida de la Unión Europea y que ahora, dos años y medio después del referendo, no sabe exactamente cómo hacer para enfrentar las consecuencias de una decisión en la que pesaron mucho los votos de las personas de la tercera edad y de las poblaciones rurales. La carga de la realidad y de los desacuerdos no augura buenos tiempos para Gran Bretaña. Su decisión y las dificultades para implementarla resquebrajan una unidad europea, de cuya solidez y fortaleza el mundo está pendiente por su valor para el equilibrio mundial.

Es en este momento cuando se siente la ausencia de un liderazgo unificador, racional, pragmático, capaz de impulsar lo mejor del espíritu británico y de reflejar la Gran Bretaña de los principios, el imperio cuya huella cultural marcó la vida y el ser de Nueva Zelandia, Australia, India, varios países del Caribe, Canadá y Estados Unidos. Un imperio sustentado sobre valores y principios, expresión de de un modo de concebir la vida con seguridad y con grandeza, está hoy bajo los efectos de un irracional movimiento anti histórico y antiglobalizador, víctima de ilusiones populistas y prédicas demagógicas. El drama del Brexit es hoy resultado de un liderazgo dividido, incapaz de comunicar, de unificar, de convencer, de adelantarse al futuro y de sostener una visión de grandeza.

No es el caso solo de Gran Bretaña. El mundo percibe la necesidad de verdaderos liderazgos, que interpreten mejor las exigencias de un mundo globalizado, que dibujen los nuevos rasgos de una sociedad marcada por nuevos problemas y nuevas contradicciones, pero sobre todo por nuevas expectativas y posibilidades. La humanidad siente la urgencia de líderes con responsabilidad y coraje, con sabiduría y ambición, con respuestas para una sociedad cambiante y cada vez más intercomunicada. El vacío de este tipo de liderazgo solo conduce a la aparición de vengadores o antihéroes, líderes falaces o agentes de la destrucción, iluminados o seductores maestros de la manipulación.

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