Rabia y conmoción en Garissa tras el baño de sangre de Al Shabaab

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Garissa, 5 abril 2015.- Cynthia Cheroitich ingirió crema corporal para calmar su sed y sobrevivir. Esta joven keniana se escondió en un armario cuando los hombres armados asaltaron la universidad en Garissa y comenzaron a matar a estudiantes. 

La masacre duró unas 16 horas en esta ciudad del este del país africano y los agresores, y miembros de la milicia terrorista somalí Al Shabaab, mataron a casi 150 personas. 

Cheroitich sobrevivió. La joven de 19 años permaneció durante dos días escondida en el armario por miedo y el sábado fue rescatada. Apenas podía sostener el teléfono móvil que una enfermera le ofreció para llamar a sus padres. Estaba tan débil que la enfermera y el médico tuvieron que ayudarle a entrar en su cama del hospital. "Ahora tiene que descansar. Nada de más llamadas", dijo la enfermera. 

La ciudad de Garissa, de unos 120.000 habitantes, sigue conmocionada. Los terroristas apuntaron a los cristianos y abrieron fuego contra todo el que no supo responder preguntas del Corán. 

Los residentes rompieron el cordón policial para poder ver a través de las ventanas de la morgue los cadáveres de los cuatro asesinos muertos. Según informó el gobierno, los terroristas se volaron por los aires. Algunos testigos habían señalado que habían resultado heridos por el impacto de las balas. Posteriormente los cadáveres fueron exhibidos por la ciudad en la parte trasera de una camioneta al descubierto. 

"Estamos satisfechos tras ver los cuerpos", dijo la activista Rahman Hussein. 

Johnson Mutinda, sin embargo, considera que sería mejor deshacerse de los cadáveres, pues Al Shabaab podría regresar para recuperarlos. "Esa gente no tiene ninguna religión. Deberíamos quemar los cadáveres", señaló. Muchos no pueden creer que algunos de los terroristas fuesen kenianos. 

En el hospital donde está siendo Cynthia Cheroitich, así como el más del centenar de heridos, muchas personas desesperadas buscan a sus familiares. 

Regina Mulandi intenta localizar a su pariente Monica Mwanzia, una estudiante en su segundo año de universidad. Su padre ha emprendido el largo camino hacia Nairobi, donde muchos de los enfermos están siendo atendidos, pero hasta el momento no hay rastro alguno de ella. "Sigo esperando la noticia", dijo Mulandi. De todo el país han llegado llamadas preguntando por personas desaparecidas, dijo el activista local Ibrahim Aden Ali. "Los padres están muy desconsolados y preocupados". 

Por orden del gobierno la universidad permanecerá cerrada en esta ciudad ubicada a sólo 140 kilómetros de la frontera con Somalia. A muchos residentes se les escucha hablar entre susurros. "No hay ninguna sensación de seguridad" después del ataque, dijo Ralph Kombo, un residente local. 

Garissa, que alberga una base del Ejército que lucha contra la milicia terrorista en el país vecino, ha sido en varias ocasiones blanco de Al Shabaab. 

Pero este ataque contra la universidad ha sido diferente a los atentados anteriores, señala Jacob Olweny, que vive en Garissa desde hace 20 años. "Las personas que fueron asesinadas son inocentes", dijo Olweny, todavía conmocionado. "Vivimos inmersos en el miedo, pero es nuestro país. No huiremos", agregó. 

El presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, aseguró que su gobierno iba a responder con toda la dureza posible. "Los miembros de Al Shabaab ofrecen suicidio y el asesinato de niños con una ideología tiránica", dijo. 

Para la economía de la ciudad, el atentado supone también un duro revés. El joven Bernard Oyalo, que tiene un servicio de mototaxi, asegura que ha perdido a diez de sus mejores clientes. 

Oyalo habló por teléfono con uno de los estudiantes, un primo suyo, durante el asalto. "Hablaba bajito y contaba que los estudiantes estaban siendo agrupados. Consiguió esconderse y cuando llamé de nuevo, descolgó un policía que dijo: 'Tu amigo ya no está con nosotros'". Su primo había muerto. "Desde entonces no he podido trabajar", relató el joven todavía impresionado por lo ocurrido. 

El cierre de la universidad tendrá también un efecto en la sociedad de Garissa, donde la mayoría de los 850 estudiantes son cristianos, una señal de tolerancia en una población de mayoría musulmana. La activista Hussein advirtió: "Cerrar la universidad es una señal par el fin de la convivencia entre cristianos y musulmanes". 

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