Re (zo) flujo (I)

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Las mujeres de atrás hablaban entre sí. Voz ruda de calle. Veía el muchachito que me miraba, simplemente, mientras escuchaba. Tenían suficiente café. Habían ido en cambote el día anterior. Casi todas estaban emparentadas entre sí. Familia es familia reza una hermosa canción de Rubén Blades,  certeza bastante megalómana por estos días en Venezuela.

Pero estaban nuevamente haciendo una cola, en otro lugar, sólo unos kilómetros más allá, al día siguiente.

La verdad verdadera es que no necesitamos tomar café. Esa costumbre puede salir de nuestras vidas. Pero la costumbre, me viene otra canción a la memoria, es más fuerte que el amor, dijo el compositor Juan Gabriel. Verdad y, a la vez, profunda mentira.

Ellas, las mujeres a mi alrededor que tenían cara de caerle a pescozones a su hijos, mentarle la madre a sus maridos y entrarle a trompadas a cualquiera que se les cruzara por delante, ese día, para beneplácito del mundo que las acogió, estaban satisfechas. Tenían café para mucho tiempo, para regalar y para vender. Hablaron de “pacas”.

Un hombre como 70 años me miró, observando, a su vez, con tristeza, el pequeño paquete de medio kilo que permitían apenas comprar ese día, a esa hora y en ese momento (rezo).

Miré al niño que andaba con ellas. No me quitaba los ojos de encima y justo cuando intercambiábamos miradas, abrazó duró, pegándose del cuerpo de su madre, pidiéndolo y aceptándolo todo, en ese aprendizaje que debe ser vivir para contarlo (modo Gabriel García Márquez): ojalá y así sea.

Fue entonces cuando el septuagenario (como escribirían algunos titulares de sucesos), llamado Raúl (lo indagué); me invitó a levantarme junto con él en el mostrador del abastos-supermercados donde estaban moralmente, vejándonos. Se mandó un discurso (como maestro y contador que es) invitando a la gente a desafiar a su propio destino. Les dijo verdades, convicciones profundas sobre la realidad nacional; el triste papel de sobrevivir cuando hemos sido bendecidos, la anormal condición de sabernos fracasados antes de emprender la lucha; la tristeza de haber comprado la pobreza cuando nuestra condición natural es ser ricos de cuna; la miseria de comportarnos como si no nos importara el otro cuando por el otro estamos dispuestos casi a quitarnos el bocado en la boca.

Mientras él hablaba, yo, junto a él, sin saber muy bien quién era, miraba los rostros. Sabía que le entendían y admiraban sus ojos brillantes ante el desafío. Pero hay otras interpretaciones, que explicaré.

Entró una mujer en el justo momento que él había hecho una pausa:

– ¿Qué están vendiendo? ¿Ketchu?

Risas esmeriladas. Saboteadoras. Raúl se bajó. Lo sentí un poco adolorido cuando me tendió la mano para hacer lo mismo.

– Por  lo menos no me lanzaron un cuchillo, me dijo, algo consternado. No sé qué me pasó. Sáqueme de aquí, por favor.

– ¿Qué la pasó? ¿Se siente usted bien?

– Tomé Pajarito, temprano… en el desayuno…

– ¿Por qué no tenía café?

– No, mijá… porque tenía ganas de empezar desmayado…

– ¿Empezar el día?  ¿Desmayado?

– Sufro de insomnio porque nadie quiere aprender. Repito una canción vieja mas no desesperada. No tengo miedo a morir. Pero cualquier hambre da reflujo y eso es a lo que más le temo, en esta nación… 

"Miré al niño que andaba con ellas. No me quitaba los ojos de encima y justo cuando intercambiábamos miradas, abrazó duró, pegándose del cuerpo de su madre, pidiéndolo y aceptándolo todo, en ese aprendizaje que debe ser vivir para contarlo (modo Gabriel García Márquez): ojalá y así sea."

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