República papaya

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El Diablo: Si sabe tanto de todo / diga cuál es la república / donde el tesoro es botín / sin dificultad ninguna. Florentino: Sin dificultad ninguna, / la colmena en el papayo / que es palo de blanda pulpa: / el que no carga machete / saca la miel con las uñas.

                Alberto Arvelo Torrealba. 

 

Florentino y El Diablo, el conocido contrapunteo llanero de Alberto Arvelo Torrealba, es percibido por muchos y uno que otro avezado crítico literario, como nuestro gran poema nacional. Orlando Araujo, escritor agudo y paisano del barinés, le consagró “Contrapunteo de la vida y la muerte”. Precisamente el ensayo con que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Cumpliéndose de esta forma, una singularidad: Arvelo Torrealba, había recibido el honor literario del estado venezolano por su obra Lazo Martí, vigencia en lejanía. 

Dos grandes escritores afrontan dos poemas fundacionales de la joven literatura nacional, la Silva Criolla (s. XIX) del bardo guariqueño y el gran poema de Arvelo (s. XX). Una tríada de tesis, antítesis y síntesis de la sabana y del pie de monte, que es como decir la fusión de llano y  montaña. La conciliación espiritual que nos constituye a los venezolanos como pueblo y es producto de infinitas confluencias, extendidas con amplitud entre el paisaje geográfico hasta el determinante histórico.

La riqueza del texto de Arvelo Torrealba es inagotable y va más allá del simbolismo que plantea la lucha arquetípica entre el cantor de lo claro y el señor de las tinieblas. El epígrafe de este artículo, por ejemplo, serviría para que un economista con gran noción de la historia patria a la manera del mismo Araujo, explicara paso a paso el proceso de nuestra economía de carácter rentista y las relaciones políticas que llevaron a Venezuela a ser el primer país del mundo exportador de crudos y al mismo tiempo, el país donde se produjo la mayor cantidad de pobres generada por el proceso industrial de esa relación. 

Venezuela fue una verdadera república “papaya” para los primeros explotadores de la riqueza petrolera. Juan Vicente Gómez autorizó a los Estados Unidos de Norteamérica  para que ellos establecieran la relación de esa explotación. “Ustedes son los que saben de eso, hagan los contratos y propongan las leyes”, les dijo el astuto Bagre a los gringos dueños de las compañías, y su calculada obsecuencia le sostuvo en el poder durante casi tres décadas, hasta la fecha de su muerte y ulterior a su desaparición física, pues el gomecismo sobreviviría de muchas maneras en la estructura ideológica y moral de muchos de los gobernantes posteriores.  

Es evidente que este poema arquitectónico y cardinal de nuestra joven literatura, estructurado a partir de la mitología popular – ya antes aludida en la novelística galleguiana del llano -, recorre el desarrollo histórico del país. No es mero azar que el famoso encuentro se produzca en las sabanas barinesas, específicamente en el pueblo de Santa Inés, conocido por la batalla triunfante del General de Hombres Libres Ezequiel Zamora, líder de un proceso conocido como la Guerra de la Federación, que lo tiene a él mismo entre los grandes sacrificados.

El enorme precio social de La Independencia y La Federación – verdaderas guerras civiles -, pese a lo que se quiera decir en su contra, no fue en vano. Independizarnos del imperio español fue una proeza que de alguna manera debió cumplirse en su totalidad, en esa cruenta guerra federal que arruinó al país, pero esa discusión es asunto de sabios. Lo cierto es que la idea de república ha sido una concreción amalgamada de voluntades y deseos que ha construido un espacio que  ampara a una comunidad histórica hoy definida como República Bolivariana de Venezuela. Es absolutamente insensata una política interna que propugne la división territorial y la intervención extranjera en base de un ideal restaurador del orden político anterior al chavismo. Hay alianzas que simplemente no pueden hacerse en nombre del país sin tener que arrastrar la condena eterna de los pueblos.

Los venezolanos tenemos que abordar nuestros problemas sin pequeñeces, aprovechadas para vulnerar al país y facilitar el cometido y las pretensiones de quienes quieren ponerle la mano a sus inmensos recursos naturales. A la noción de república papaya surgió el reclamo popular que ha planteado sostenidamente, revertir esa condición humillante generada por la torpeza y la ignorancia. Ese clamor es ineludible.

(*) Poeta y escritor.

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