Resurrección

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Para quienes recibimos en la infancia una formación católica, el significado de la Resurrección está asociado al domingo de la Semana Santa en el que Jesús recuperó milagrosamente la vida, tres días después de haber sido ajusticiado en la cruz y enterrado en el sepulcro. Pero la de Jesús fue una resurrección distinta a aquella otra narrada en el Evangelio: la de Lázaro. Este último se recuperó de la muerte física para continuar con su vida de ser humano común y corriente; mientras que Jesús se levantó de la tumba, con su cuerpo regenerado, para gozar eternamente de la consumación de su unidad con el Dios Padre. De tal modo que la Resurrección de Cristo es un testimonio ejemplar de la vida plena -tanto corporal como espiritual-, que nos aguarda a cada uno de nosotros tras nuestro fallecimiento personal y, a la Humanidad entera, después del Fin de los Tiempos.

Recuerdo claramente que en mi imaginación infantil (moldeada por la creencia en el dualismo metafísico que usualmente se inculca a los niños a través del catecismo), la persona humana estaba conformada por un alma eterna encapsulada en un cuerpo mortal. Así que la Resurrección de Cristo debía referirse -creía yo- al Espíritu del Hijo de Dios, desprendiéndose definitivamente de la carne sin vida de su cuerpo material para ascender al Cielo, donde permanecería “sentado a la diestra del Padre” por los siglos de los siglos… Por esta razón el tema de la Resurrección de la Carne me resultaba incomprensible, pues era contradictorio con el antisomatismo (rechazo a lo corporal o carnal) propio de la concepción dualista en la que había sido formado.

Años después, la lectura de los grandes místicos de la tradición occidental como el Maestro Eckhart y San Juan de la Cruz, así como la influencia que ejercieron sobre mí las ideas del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, el orientalista inglés Alan Watts, el teólogo brasileño Leonardo Boff y el filósofo venezolano Elías Capriles, entre otros muchos autores, me llevaron a cuestionar radicalmente tanto el dualismo materia/espíritu como el antisomatismo predominantes en las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam.

Fue gracias a estas lecturas “heterodoxas” de mi juventud que pude encontrarle sentido a la enigmática creencia cristiana en la Resurrección de la Carne, al comprender que la nombrada “muerte” de la que se renace no consiste en la defunción del organismo o fallecimiento físico de la persona humana, sino en la extinción del “yo” o “ego” como centro rector de la conciencia. Es esto lo que expresa magistralmente la aseveración de San Pablo: “He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2, 20).  Es obvio que el autor de esta afirmación no la enunció estando “clínicamente muerto”, sino que se refirió -mientras aún estaba con vida- a la “muerte psíquica” de los viejos hábitos o condicionamientos que conformaban su extinto “yo”, los cuales desaparecieron, en un momento dado, para abrirle paso a un nuevo nivel consciente de existencia.

En términos de la teología trinitaria, la Resurrección se produce cada vez que la Criatura -o el Hijo- alcanza el estado de conciencia iluminada -o Espíritu Santo-  en el que se hace patente la vivencia de su unidad sustancial con el Creador -o el Padre-. Pero para ello es necesario que “muera” en el Hijo la sensación de separación o el campo de percepción fragmentaria conocido como “yo” o “ego”. Cuando esta “muerte” se produce, los órganos de los sentidos -liberados del error- ya no distinguen a los objetos del mundo como entes separados o autosubsistentes, sino como manifestaciones infinitas de la unidad indivisible del Ser Divino. En palabras de San Juan de la Cruz:

…cada una de estas grandezas que se dicen es Dios, y todas ellas juntas son Dios. Que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios, siente ser todas las cosas Dios en un simple ser…Y así, no se ha de entender que lo que aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas en la luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle todas las cosas Dios… (“Obras completas”, 1990: 717-718, España: Monte Carmelo).

El testimonio escrito que nos han legado de su experiencia mística figuras excepcionales como el Maestro Eckhart o San Juan de la Cruz, nos permite aproximarnos a la fenomenología individual (o dimensión ontogenética) del misterio de la Resurrección. Habrá que esperar hasta el Final de los Tiempos para acceder a revelaciones similares sobre la realización colectiva (o dimensión filogenética) de la Resurrección de la Humanidad. Solo el antiguo mito de la Edad de Oro nos ofrece una idea -aunque borrosa- del alcance de esa Era prometida en la que todos los seres se reconocerán fraternalmente, los unos a los otros, como los múltiples rostros del mismo Ser Sagrado que palpita en el pájaro, en el río, en el bosque, en el corazón humano y en la luz de las estrellas.

Doctor en Estudios Culturales

E mail: [email protected]

Blog: culturacaribe.blogspot.com

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