Valencia, 25 de abril de 2009

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 Miguel Azpúrua
E-mail: miguelazpurua@hotmail.com



Ensalmes y otras creencias

Una costumbre inveterada de los pueblos latinoamericanos es el creer en supersticiones, brujerías y "mal de ojo"; el sincretismo entre el panteísmo africano -llegado con y por el tráfico de esclavos- y las religiones cristianas, las que se amalgaman particularmente en las supuestas "posesiones" y "transformaciones" que sufren algunos individuos en su personalidad, cuando son manipuladas sus voluntades -a distancia- por brujos, curanderos y otros "iniciados" en las diversas religiones animistas, tan arraigadas en nuestras consejas. Los padres tratan -al nacerles los hijos- de protegerlos -contra males desconocidos- colocándoles escapularios, azabaches, peonías y otras semillas o gemas, atadas a la muñeca o tobillo de los párvulos. El popularmente llamado "mal de ojo" es atribuido a personas con la facultad de dañar con sólo mirar a un niño u otra persona, que puede ser voluntario o involuntariamente, causándoles enfermedades y afecciones, que sólo pueden ser curadas de la misma manera supranormal, con ensalmadores, rezanderos o curanderos.

Existen afecciones que la ciencia aún no cura o remedia, y los propios médicos recomiendan -extraoficialmente- acudir a estas instancias para sanar "ciertas enfermedades" -que ejercen personas "facultas" y generalmente de avanzada edad- para las que "no hay remedio en la botica", como se dice popularmente. Erupciones cutáneas, fiebres perniciosas, adormecimientos, cefaleas, "culebrillas" y erisipelas; evidencian dolencias y malestares no atribuibles a bacilos y otras bacterias o a virus desconocidos, que son los más frecuentes y la ciencia médica se declara impotente ante ellas; y cuando desaparecen al ser ensalmados, rezados, con tocamientos en cruz, aplicados sobre las zonas corporales afectadas, su estupefacción es manifiesta. Aplican cocimientos con hojas medicinales, ungüentos extraídos de insectos ponzoñosos y rocían aguardientes, con técnicas "empíricas", que producen el efecto deseado: la sanación. Generalmente los ensalmadores no cobran por sus servicios, sólo los charlatanes lo hacen; ellos invocan a santos o deidades divinas, con oraciones ininteligibles para los pacientes y al finalizar sus "consultas" sólo recomiendan "dar gracias a Dios que les proveyó parte de sus dones". Lamentablemente sus conocimientos o facultades se van extinguiendo a medida que estos curanderos van despareciendo físicamente; y sólo priva el pragmatismo, el consumismo, y la falta de preocupación de parte de las generaciones llamadas de relevo.

Las velas, inciensos, figuras y retratos de santones, proliferan en los "consultorios" de hechiceros, brujos; que combaten a "las fuerzas del mal" con conjuros, hechizos, bebedizos y "contras". êstos también se ocupan de problemas sentimentales, financieros y amorosos; con "filtros", "amarres", "trabajos", "energías, "recetas mágicas", y demás elementos comprendidos dentro de la "magia blanca"; en su mayoría de los casos son supercherías que proliferan dada la gran ignorancia de que en esta materia adolecen los supuestos "embrujados", llámense mujeres u hombres celosos, vengativos o chismosos. Hay otros personajes que asumen -o presumen- la potestad de "liberar" a personas de "posesiones y otras formas de dominación extrasensorial; practican ritos diabólicos de "magia negra" con sacrificios de animales domésticos -gatos, loros y gallinas, preferiblemente-, mezclan su sangre con algún objeto de la persona perjudicada, elaboran muñecos similares con el sujeto a maldecir o a embrujar. En las islas antillanas son muy frecuentes casos similares con la presencia de babalaos; la santería con "orishas" y demás divinidades del panteón cosmogónico del continente africano, y sembrado su espiritismo ancestral, ahora con tecnología, luces y efectos especiales, que les proporcionan a sus centros de reunión un aspecto fantasmagórico, aterrador y espeluznante. El sonido de tambores, guaruras y charrascas completa la escenografía; sujetos adornados con collares, máscaras y pintarrajeados, presiden los actos que han perdido su esencia original y hoy en día sólo sirven para explotar a incautos y divertir a los dadivosos turistas...