Ensalmes y otras creencias
Una costumbre inveterada de los pueblos latinoamericanos
es el creer en supersticiones, brujerías y "mal de ojo";
el sincretismo entre el panteísmo africano -llegado con y por el
tráfico de esclavos- y las religiones cristianas, las que se amalgaman
particularmente en las supuestas "posesiones" y "transformaciones"
que sufren algunos individuos en su personalidad, cuando son manipuladas
sus voluntades -a distancia- por brujos, curanderos y otros "iniciados"
en las diversas religiones animistas, tan arraigadas en nuestras consejas.
Los padres tratan -al nacerles los hijos- de protegerlos -contra males desconocidos-
colocándoles escapularios, azabaches, peonías y otras semillas
o gemas, atadas a la muñeca o tobillo de los párvulos. El
popularmente llamado "mal de ojo" es atribuido a personas con
la facultad de dañar con sólo mirar a un niño u otra
persona, que puede ser voluntario o involuntariamente, causándoles
enfermedades y afecciones, que sólo pueden ser curadas de la misma
manera supranormal, con ensalmadores, rezanderos o curanderos.
Existen afecciones que la ciencia aún no cura o
remedia, y los propios médicos recomiendan -extraoficialmente- acudir
a estas instancias para sanar "ciertas enfermedades" -que ejercen
personas "facultas" y generalmente de avanzada edad- para las
que "no hay remedio en la botica", como se dice popularmente.
Erupciones cutáneas, fiebres perniciosas, adormecimientos, cefaleas,
"culebrillas" y erisipelas; evidencian dolencias y malestares
no atribuibles a bacilos y otras bacterias o a virus desconocidos, que son
los más frecuentes y la ciencia médica se declara impotente
ante ellas; y cuando desaparecen al ser ensalmados, rezados, con tocamientos
en cruz, aplicados sobre las zonas corporales afectadas, su estupefacción
es manifiesta. Aplican cocimientos con hojas medicinales, ungüentos
extraídos de insectos ponzoñosos y rocían aguardientes,
con técnicas "empíricas", que producen el efecto
deseado: la sanación. Generalmente los ensalmadores no cobran por
sus servicios, sólo los charlatanes lo hacen; ellos invocan a santos
o deidades divinas, con oraciones ininteligibles para los pacientes y al
finalizar sus "consultas" sólo recomiendan "dar gracias
a Dios que les proveyó parte de sus dones". Lamentablemente
sus conocimientos o facultades se van extinguiendo a medida que estos curanderos
van despareciendo físicamente; y sólo priva el pragmatismo,
el consumismo, y la falta de preocupación de parte de las generaciones
llamadas de relevo.
Las velas, inciensos, figuras y retratos de santones, proliferan
en los "consultorios" de hechiceros, brujos; que combaten a "las
fuerzas del mal" con conjuros, hechizos, bebedizos y "contras".
êstos también se ocupan de problemas sentimentales, financieros
y amorosos; con "filtros", "amarres", "trabajos",
"energías, "recetas mágicas", y demás
elementos comprendidos dentro de la "magia blanca"; en su mayoría
de los casos son supercherías que proliferan dada la gran ignorancia
de que en esta materia adolecen los supuestos "embrujados", llámense
mujeres u hombres celosos, vengativos o chismosos. Hay otros personajes
que asumen -o presumen- la potestad de "liberar" a personas de
"posesiones y otras formas de dominación extrasensorial; practican
ritos diabólicos de "magia negra" con sacrificios de animales
domésticos -gatos, loros y gallinas, preferiblemente-, mezclan su
sangre con algún objeto de la persona perjudicada, elaboran muñecos
similares con el sujeto a maldecir o a embrujar. En las islas antillanas
son muy frecuentes casos similares con la presencia de babalaos; la santería
con "orishas" y demás divinidades del panteón cosmogónico
del continente africano, y sembrado su espiritismo ancestral, ahora con
tecnología, luces y efectos especiales, que les proporcionan a sus
centros de reunión un aspecto fantasmagórico, aterrador y
espeluznante. El sonido de tambores, guaruras y charrascas completa la escenografía;
sujetos adornados con collares, máscaras y pintarrajeados, presiden
los actos que han perdido su esencia original y hoy en día sólo
sirven para explotar a incautos y divertir a los dadivosos turistas... |