Los rusos también juegan

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El régimen de Putin aprendió bien una lección: Que la represión pura y dura no tenía que ser la primera opción. Que podía lograrse lo mismo con el cerco progresivo. Que la mano de hierro podía parecer de terciopelo si iba apretando poco a poco. De lo que se trataba era de ir rodeando al adversario. Hoy una multa, mañana se le niega el acceso a insumos y materias primas. Más tarde inventas un proceso judicial que queda colgando como una espada de Damocles. Pasado el tiempo -no mucho- se practica una inspección. Y en tanto comienzan a ocurrir eventos desafortunados y aparentemente inconexos. Un robo, un intento de secuestro o un escándalo. De repente es toda la familia el objeto de la amenaza y al final el ultimátum: o vendes o terminas siendo el acreedor de tu propia ruina. O entregas el negocio por las buenas o simplemente desapareces de la escena.

 La gestión no tiene por qué ser excesivamente hostil. Casualmente aparece por allí un grupo interesado, o mejor dicho, el representante de un grupo ambiguo, que no termina de presentarse, pero que dice ser la tabla de salvación porque está dispuesto a sacarte del paquete por un precio que no puedes rechazar. Se dice, y así está relatado por Peter Baker y Susan Glasser en un libro que llamaron “Kremlin Rising: La Rusia de Vladimir Putin y el final de la revolución”. Los autores arguyen que de esta forma que ellos llaman “democracia tutelada” los amigos de Putin se apropiaron de empresas, medios de comunicación y cualquier negocio que asegurara a los hombres del presidente esa hegemonía y control social que le ha asegurado hasta hoy el mantenerse cómodamente en el poder, eso sí, guardando algunas formas y proveyendo a todo aquel que se interrogara capciosamente de las dudas razonables para que pudiera seguir confiando aunque sea en los mínimos indispensables. Hay empresas “privadas” pero la mayoría pertenecen al mismo grupo difuso y poco transparente que está articulado al régimen. Hay diversidad de medios de comunicación, pero todos responden a una misma línea editorial, supuestamente equilibrada, pero que calla convenientemente lo malo y disuelve las otras opiniones en una avalancha de contradictores que la vuelven insignificante y fútil.

El método tiene la ventaja de ser menos brutal que la expropiación y trae menos daños reputacionales. Pero la procesión se lleva por dentro. Los nuevos administradores no siempre han  sabido llevar adelante una transición sin turbulencias. Las nuevas prácticas que incluyen la competencia desleal, los negociados directos, o la censura de todo aquel que resulte “peligroso”, a veces encuentran dificultades para convencer a la opinión pública que están haciendo lo correcto. Muchos medios de comunicación han debido confrontar cuantiosas dificultades porque no hay censor que sea inteligente, ni profesional inteligente que resista por mucho tiempo las embestidas de un censor. En cuanto a la libertad de expresión no hay razones de estilo, una noticia lo es por el impacto que tiene en la sociedad, y las sociedades modernas no necesitan aclimatadores de su estado de opinión. Pero eso es lo que pretenden, cuidarle las espaldas al presidente y al grupo que se congrega a su alrededor.

Baker y Glasser hacen un inventario parcial e inicial de las “nuevas adquisiciones” de la época “neo-soviética” liderada por Putin: Todas las cadenas nacionales de televisión bajo control del Estado. Los hombres más ricos de Rusia fueron encarcelados al intentar desafiar el estilo del régimen. Las empresas petroleras fueron nuevamente nacionalizadas. Un parlamento inquebrantablemente leal. Todos los nuevos empresarios y líderes políticos son ex miembros de la policía secreta KGB o militares veteranos. Y todos los que se resistan tarde o temprano pasan por el trapiche de la extorsión hasta que la entrega o la sumisión se conviertan en la única opción posible.

Claro está que todo producto de la extorsión es malo en sus fundamentos. Y lo que tiene malas fundaciones tendrá pésimos resultados. Lo estamos viendo hoy cuando la prepotencia ha favorecido las equivocaciones que le han costado a Putin la enemistad de Europa, la animadversión de Estados Unidos y la obsesión de los países petroleros árabes que lo ven como una competencia indebida e inescrupulosa. Y la realidad es que habiendo llegado el período de “las vacas flacas” todo ese esfuerzo resulta vano. El rublo sufre una caída vertiginosa y la reputación del régimen no aguanta el más mínimo escrutinio.

Si de algo sirve el estado es para evitar precisamente estas desviaciones del poder. La corrupción tiene mil versiones e innumerables vertientes. Pero la peor se disfraza de capitalismo siendo en realidad una conjura de compinches.

Con este artículo concluyo una larga y fraternal colaboración con Notitarde.  

 

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