Sicario de la mafia siciliana se convierte en escritor a cadena perpetua

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Sulmona, 26 septiembre 2014.- Los dos son de Sicilia, del mismo pueblo, casi de la misma edad, pero no habían llegado a conocerse cuando, hace ya un cuarto de siglo, uno de ellos, Giuseppe Grassonelli, se convirtió en sicario durante una feroz guerra de mafias, y el otro, Carmelo Sardo, redactaba sus primeras crónicas como periodista de sucesos en una televisión local. Cada vez que Grassonelli, que por aquel sangriento entonces se escondía bajo el nombre de Antonio Brasso, cometía un asesinato, tenía la costumbre de sentarse frente al televisor para comprobar que no había errado ni el tiro ni la identidad de la víctima. Y era el joven Sardo —del mismo pueblo, casi de la misma edad— quien se lo contaba en directo desde el lugar del crimen. Ahora han escrito un libro juntos, Malerba (Mala hierba, publicado en Italia por Mondadori), que ha ganado —por votación popular— el último premio Leonardo Sciascia de novela.

Carmelo Sardo sigue siendo periodista. Giuseppe Grassonelli fue detenido y condenado a cadena perpetua. Ha pasado 23 de sus 49 años de vida en la cárcel. “De vida, no”, puntualizaba ayer en la prisión de alta seguridad de Sulmona, una ciudad de 25.000 habitantes en la región de los Abruzos. “En la cárcel no se vive, solo se existe. La vida es otra cosa. Yo no puedo devolver la vida a los que se la quité. Si acaso les estoy devolviendo el tributo de la muerte blanca que es la cadena perpetua. La vida sin existencia de las plantas”.

Grassonelli ya no es el “bárbaro criminal” —según propia definición—que, en el verano de 1986, con apenas 20 años, decidió participar a tiro limpio en una guerra de familias de la Cosa Nostra. Su abuelo, su tío y su mejor amigo fueron aniquilados. Él estaba llamado a ser el siguiente y, de hecho, resultó herido en una emboscada, pero la policía llegó a tiempo de cambiarle la muerte por una vida entre rejas. Nada más ser detenido se dio cuenta de que “el Estado siempre gana”, así que renunció a su defensa y admitió su culpa, pero se negó a arrepentirse —“en aquella Sicilia todos fuimos víctimas”— y a colaborar con la ley, lo que le supuso el régimen carcelario más duro: 22 horas de aislamiento al día.

Grassonelli se dedicó a estudiar y pasó de ser casi un analfabeto a licenciarse en Letras. Un día, el profesor de Nápoles Giuseppe Ferraro fue a visitarlo y le dijo: “Los delitos quedan, pero las personas cambian. Cuando se escribe, se habla con uno mismo. Y el futuro es el relato que haremos en pasado de nuestro presente. Escribe tu historia”. Fue entonces cuando Grassonelli, de nuevo sentado frente al televisor, se acordó de aquel muchacho siciliano que contaba sus crímenes en el verano de 1986. Lo llamó, le contó su vida y le pidió —durante dos horas en las que no le soltó las manos— que le ayudase a escribirlo todo.

Desde aquel chaval travieso al que ya sus padres llamaban Malerba y que enviaron a Alemania en un intento de engañar al destino al hombre preso de ahora, sin olvidar ni una coma del capo sanguinario. El resultado es un libro que, gracias a un permiso del Ministerio de Justicia, Grassonelli y Sardo pudieron presentar ayer en la cárcel de alta seguridad. Como testigos, algunos de los 500 reclusos —170 con cadena perpetua y el resto con largas condenas— y unos muchachos de un instituto cercano: “Antes de que vosotros naciérais, yo ya estaba en la cárcel. Cuidad vuestra libertad. Aquí solo se escuchan puertas que se abren y se cierran”.

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