Sin amenaza y a la deriva

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La VII Cumbre de las Américas que recién finaliza mantuvo a la prensa mundial atenta a las discusiones, a los análisis y a los encuentros presidenciales históricos que se producirían en el marco del importante evento, así como también, ¿por qué no?, al debate que en las primeras de cambio suponíamos podría producirse sobre temas bien específicos relacionados con las tensiones producidas entre el Gobierno de Venezuela y el de los Estados Unidos como consecuencia del ya famoso decreto del presidente Obama para sancionar a siete funcionarios venezolanos, incursos en presuntas violaciones a los derechos humanos en nuestro país y delitos de corrupción. El presidente de la República, Nicolás Maduro, y todo el tren ejecutivo y político del Gobierno y el Psuv se desplegaron por el país entero en un proceso “nacionalista” para convencer a los venezolanos de que ese decreto era una declaratoria de guerra contra Venezuela, con la intención soslayada de invadirnos para apoderarse de nuestro petróleo y convertirnos en una colonia gringa; llamaron a todo el mundo para recoger firmas en rechazo a esa decisión norteamericana. Implementaron toda una campaña publicitaria y mediática que sabrá Dios cuánto costó para convencernos de que las tanquetas, aviones, submarinos, acompañados del inminente bloqueo económico, ya estaban listos para el ataque contra nuestro país. 

Pusieron a todo el mundo a firmar, algunos de manera espontánea, pero la gran mayoría con el método perverso de amenaza, chantaje a costa de perder el trabajo o la misión, conducta por demás miserable contra la libertad individual de cada ciudadano de hacer y pensar lo que quiera dentro del marco de la ley, prometieron más de diez millones de firmas, de las cuales certificadas en tiempo récord por el Órgano Electoral  venezolano, solo vimos las cajas que según aseguró el propio mandatario nacional serían entregadas personalmente al negrito del Batey, perdón, al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, para exigir la inmediata derogatoria del inaceptable decreto. No se hablaba de otra cosa; para el Gobierno madurista ni la inseguridad, ni la escasez, ni la inflación, ni la crisis venezolana interna eran importantes, había que ocuparse de las firmas; al diablo con las colas por la comida, la falta de agua, el colapso de los servicios, se acercaba la cumbre y le cantaríamos sus verdades al gringo mayor para reclamar respeto para Venezuela. 

¿Pero qué ocurrió en realidad? Coincido con los analistas en considerar exitosa la cumbre no solo por los temas abordados, los proyectos que se concretaron, sino y fundamentalmente por ratificar ante el mundo el esfuerzo que los presidentes Barack Obama y Raúl Castro siguen realizando y están fortaleciendo para lograr el restablecimiento de las relaciones entre ambos países y romper con el bloqueo económico que por más de cincuenta años el Gobierno estadounidense mantiene contra la isla caribeña, bloqueo que ha afectado a sus ciudadanos en su desarrollo ya bastante golpeados por una dictadura que ha violado sus derechos ciudadanos por un período igual. Ellos fueron los verdaderos protagonistas de esa cumbre; los ojos del mundo esperaron ese encuentro que se logró, esa imagen le dio la vuelta al mundo seguros de que en un tiempo muy cercano se cerrará un ciclo para emprender los nuevos tiempos entre La Habana y Washington. Pero sería mezquino no mencionar  que también se habló de Venezuela, no como lo había prometido Maduro, pero sí ratificó el Gobierno de los Estados Unidos que “VENEZUELA NO ERA UNA AMENAZA” y que estaba claro que el decreto era un procedimiento rutinario contra funcionarios que están siendo investigados, de manera que el decreto está, se mantiene y de ninguna manera constituye una herramienta para desestabilizar a Venezuela. Mientras tanto, Maduro prometió entregar una carta al presidente Obama, junto con 10 millones de firmas; solicitó a los organizadores de la séptima Cumbre de las Américas en Panamá la incorporación en el documento final del evento, la condena a la orden ejecutiva del presidente Obama, viajó a la cumbre con la firme intención de convertirse en la vedette del encuentro, y juró  cantarle las verdades en su cara al Presidente yanqui, pero debió conformarse con hacer un acto en el barrio El Chorrillo, en Ciudad de Panamá, donde se lanzó un discurso altisonante, con frases destempladas y promesas absurdas; pero también y por primera vez en una Cumbre de las Américas, 26 expresidentes de Iberoamérica firman un documento pidiendo a los Jefes de Estado de América y el mundo que dirijan su mirada hacia un país en concreto: Venezuela, donde las cosas van de mal en peor;  ni la cumbre ni las firmas cambiaron absolutamente nada, todo un gasto innecesario previo del Gobierno Nacional, mientras nuestra situación interna se parece más a los aviones y barcos cuyos pilotos o capitanes pierden el rumbo y nos enfila a una deriva que responsablemente estamos obligados a intentar detener.

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