Sin solidaridad no hay paz

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Sin  duda alguna vivimos tiempos difíciles, de incomprensión entre los hombres, de guerras  entre hermanos porque todos somos hijos de Dios, de catástrofes naturales, de  pobreza extrema, lo cual puede sumergirnos en la desesperanza y  del que ya nada se puede  hacer. Sin embargo, no comparto esa visión fatalista. No todo está perdido  mientras exista  la solidaridad, tanto individual como colectiva, para ayudar al otro, de manera desinteresada, sin esperar nada a cambio.  Las experiencias de vida nos enseñan que mientras más demos más recibiremos y que la mayoría de las cosas que nos hacen felices son gratis. 

La solidaridad se forja en el hogar desde la niñez.  Allí, en el seno familiar, aprendemos el valor de ser solidario y su importancia para una sana y armoniosa convivencia así como para el logro de las pequeñas metas, que luego darán paso a la gran meta que  beneficiará a todos los miembros del núcleo familiar. Nadie por sí solo, se trate de un individuo o de  un país, puede salir adelante sin la cooperación de otras personas o  naciones para brindarse ayuda mutua, eso sí,  ese apoyo debe estar fundamentado en la equidad y la justicia social, y no para favorecer a un determinado grupo o sector o para la obtención de riquezas u otros beneficios.

Las nuevas realidades  y retos que hoy nos tocan vivir imponen una cultura de solidaridad para  el logro de los cambios que la sociedad exige para asegurar el bienestar y una vida digna a la población  así como  la solución de los diversos problemas económicos, sociales, culturales, educativos, sanitarios y alimenticios que confrontamos.  No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando la llegada de un mesías que lo resuelva todo o aplicar aquello de "sálvese quien pueda", pues todos  tenemos el deber, ético y moral, de convivir con el otro, de ayudar, de participar para echar al país hacia adelante,  para la  reactivación del aparato productivo nacional y  en la construcción de un país que sea  mejor para todos.

La solidaridad implica compromiso, responsabilidad y entrega en todos los niveles  de la sociedad para impulsar las transformaciones que sean necesarias así como para superar las divisiones y conflictos, sea en la familia, en la comunidad, en el trabajo,  en el país o entre las naciones, generados por las discrepancias que nos impiden sentarnos en una misma mesa para  compartir las cosas que nos unen por encima de las cosas que nos separan,  para el logro del bien común, la superación de las desigualdades y la injusticia.

La solidaridad no puede ser vista solo como la mera caridad hacia los demás, sino que también implica unión y fraternidad entre las partes que conforman una sociedad y que se manifiesta en las cosas más simples de la vida, en los pequeños detalles que nos identifican como buenos ciudadanos.  Solidaridad es  cederle el puesto a una mujer embarazada o a un adulto mayor cuando vamos en una camioneta del transporte público,  compartir lo poco o mucho que tenemos con los más desfavorecidos, el establecer vínculos en las redes sociales para la búsqueda de algún medicamento  que puede salvar la vida de alguien y que no se encuentra en las farmacias. Somos solidarios cuando unimos esfuerzos para lograr un fin, como por ejemplo, superar la pobreza extrema, incrementar el empleo, el éxito de una determinada causa, sea social, política, económica, religiosa, industrial o jurídica, la mejora de los servicios públicos, etc.

Sin solidaridad no puede haber paz, porque el reconocimiento del otro  es el camino hacia la armonía y el equilibrio de quienes compartimos una misma casa llamada tierra y nada de lo que ocurra en ella  puede ser ajeno o indiferente. El ser solidario es un estilo de vida, no una moda fugaz para deslumbrar, en el que nuestra participación, por modesta que sea, será fundamental para  tener un mundo mejor, ese mundo que todos soñamos.   El egoísmo, el individualismo y el orgullo acechan permanentemente a la solidaridad para debilitarla y hacerla desaparecer, por lo cual debemos tener conciencia de nuestro rol en la sociedad en la que nos desenvolvemos para no desviarnos de nuestro propósito de velar por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno. La solidaridad nos hace fuertes cuando luchamos por una causa común.  Hasta el próximo lunes. ¡Dios los bendiga a todos y todas!

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