Sobre los orígenes y fundación de ciudades

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Academia de Historia del Estado Carabobo/ Columnista
Academia de Historia del Estado Carabobo/ Columnista

Marc Bloch acuñó la frase de “ídolo de los orígenes” para referirse a la veneración que el conocimiento del pasado suscita entre la gente. Se trata de la necesidad de conectarse con algo para cristalizar o cimentar una identidad. Esta identificación se potencia cuando las personas están familiarizadas con sus raíces sociohistóricas y las asumen plenamente. Al hacerlo, se facilita el sentimiento de pertenencia. De allí, que el conocimiento de los orígenes de una ciudad, de un centro poblado, de una entidad intermedia como un municipio, una provincia o estado, un país sea un asunto fascinante para sus habitantes, nativos o no.

Ese ídolo puede convertirse, a veces, en un fetiche morboso, en una actitud que lleva a divulgar versiones no confiables de un acontecimiento (semejantes a las etimologías populares) o a magnificar o condenar, según el caso, a un personaje o a un grupo de actores y sujetos sociales (los indios, los españoles, los negros, los misioneros, los militares, Bolívar, Gómez, Pérez Jiménez, Betancourt, Chávez, por solo mencionar algunos ejemplos). También puede ocurrir que la historia se invente, no desde la nada, sino a partir de escasos y no confiables indicios y con propósitos didascálicos o literarios (como sucede con las leyendas).

Estas ideas ayudan a entender el caso de la fundación de las ciudades: desde versiones poco leyendarias (Roma y la loba que amamantó a Rómulo y Remo) hasta suposiciones que se aceptan como verdades incontrovertibles. Aquí entran en juego elementos excesivamente valorados en el presente, pero no en de igual manera en tiempos antiguos, como la precisión cronológica, las fechas iniciales de algo o la manera de contar los años, además de la exactitud geográfica. Estos elementos “construidos” desde el presente pueden convertirse en fetiches que complican la interpretación histórica. A ello hay que añadir los sesgos de la visión actual o contemporánea en desmedro de una explicación diacrónica.

Algunos pocos ejemplos nos pueden ayudar a contextualizar mejor esto. Lima, la capital del Perú, fue fundada el 6 de enero de 1535 (algunas fuentes hablan del 18 del mismo mes), pero en realidad esa fecha del día 6 solo coincide con la conmemoración de la Epifanía y de los Reyes Magos, escogidos con antelación como patronos de la ciudad, que se conoce como “ciudad de los Reyes”. En Venezuela, un caso similar existe en el alto Llano de Aragua: San Sebastián de los Reyes, ciudad fundada en 6 de enero de 1586 y que debió mudarse varias veces de emplazamiento, como le ocurrió a Trujillo (la ciudad portátil) y San Diego de Los Altos, entre otras poblaciones. Estos prejuicios dificultan comprender la fecha de efectiva fundación de un sitio y generan controversias, como en el caso de Santiago de León de Caracas.

Hoy en día se habla de colocar la “primera piedra” para referirse al inicio de una obra, pero con frecuencia ese inicio o “primera piedra” se remonta a un momento anterior que posibilitó llegar a un estado ideal de “primera piedra”. Visto así, surge la duda sobre cuándo se considera el “inicio”.

La tarea de los historiadores es recuperar las evidencias e interpretarlas, pero no subordinarlas a una premisa complaciente, como suele ocurrir en muchos casos (especialmente en ambientes muy ideologizados o en contextos de búsquedas previas infructuosas o mal orientadas).

Es comprensible la necesidad de conocer lo orígenes, pero a veces estos solo pueden ser reconstruidos parcialmente, lo cual no le resta importancia. También es necesario admitir que pueden coexistir versiones, hipótesis o interpretaciones distintas y ello, lejos de constituir una confusión o de representar falacias, manifiesta la complejidad de las reconstrucciones históricas y las llena de más valor.

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