Su Majestad el Emir (2350924)

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En el palacio del Emir de Qatar, se preparan para recibir a un visitante ilustre. De un país llamado la piccola Venecia. El Emir se levantó temprano, había dormido con la esposa Nº 45, nada especial, todas iguales, dijo, (y eso que la esposa 45, era contorsionista del Circo Razzore, y luchadora estrella) lo bañaron, lo empolvaron, lo perfumaron, y le pusieron los mantos de seda purísima. El Emir, pasó al salón de recepciones. En las alfombras apenas se hundieron los chapines bordados del dignatario. Al atravesar los corredores, las túnicas de seda se levantaron como a las de mariposa.

En los palacios reales, siempre hay unas personas, que se encargan de echarle una mirada a los visitantes, para informar al Emir, del aspecto de la comitiva: secretarios, personajes, etc. El soplón le comunicó al Emir: Sagrado Emir: viene un señor como con veinte muchachos de todas las edades, gritando en español, abuelo, abuela, y un oso!& . Llegando el Emir al salón de recepciones, se oía una periquera, los nietos de la una, peleaban con los nietos del otro, dos más se orinaron, y como en Venezuela no hay pañales, les amarraron unas estopas de carro, y andaban sollamados. Durante el desayuno, en el hotel, ya hubo una gritería. Le ofrecieron, al jefe de la misión, una delicatesen oriental, bolas de camello refritas con ajonjolí. !Y todos pidieron lo mismo! Cuando el mesonero, vio la petición generalizada, decidió cambiar el plato. -Señor: nos equivocamos, no hay boliche para tantos. Si todos comen bola, se acaba la especie, las camellas jamás tendrán cría, porque los camellos, estarán capados. ¡Un desastre! El jefe se calentó, y agarró al mesonero, por el pescuezo. – ¡Caray, traiga las bolas o lo ahorco! El pobre árabe no sabía qué hacer. Y los muchachos comenzaron a gritar a todo leco: ¡Queremos bola!, ¡Queremos bola! Las institutrices, como locas, por más que les tapaban la boca, el grupo seguía gritando. Uno de los nietecitos, el más pequeño, de 44 años de edad, y con barba, le metió un mordisco a su cargadora, que casi le arrancó el anular. Llegaron cinco patrullas, y un carro de bomberos& . Al comprobar que la misión era oficial, se fueron.

¡Por fin, la ansiada entrevista!

¡Majestad: vengo desde Cúcuta, Santander, Republica de Colombia, perdón, Je… je, -estoy echando broma-, Emir, vengo de la republica Caracas, Je… je. Como aquí, están pasando hambre, deseo vender las franquicias venezolanas, para que esta ciudad de Qatar, se haga rica como la ciudad de Venezuela. Traigo la famosa ruta de La Empanada, muy conocida en Guatire, y los gallineros verticales, también los cultivos organopónicos, con yerbas eficaces para la almorrana burocrática. El Emir, preguntó, donde paraba el excremento, de las gallinas de arriba, el intérprete -de apellido Mostafá- tradujo: Emir: Muy productivo, las gallinas de abajo, no dan gasto, se comen lo que hacen las de arriba. ¡Pero, Ay Emir!  Gimió, el jefe de la misión- Y ¡Unas tostadas bolivarianas, supremamente ricas! Jamón serrano, gruyere o gouda, y chimichurri, se dan dos, por un real! El Emir, quedó loco. Como en Qatar, las mujeres no salen, para disimular a una señora entrada en años que llevaron, la cargaban disfrazada de oso. El Emir, temeroso, ante los troncos de colmillos del animal, pensó, que quizá, fuera milagro de José Gregorio Hernández, que con la hambrazón que hay en Venezuela, no se hubiera comido, por lo menos a tres nietos!
 

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