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El cigarrón perdido Alberto
Baumeister Las cosas se le ponen cada vez más chiquitas a Don Regalón. La última voltereta del destino fue el fiasco de su protegido el boliviano que creyó tener el toro por los cachos contando que tenía a su favor a los de su raza cobriza. Garrafal error de quien cree en la fidelidad del indio. Samarro como tiene que ser para sobrevivir en la naturaleza, atrevido por incursionar en los asuntos de la civilización que no posee ni tiene interés en aprender. Nuestros aborígenes creen que se las saben todas, pero habitualmente suelen dejar a un lado innumerable cantidad de cosas que su desconcertante mentalidad falsea o brinca para desconocer las realidades. Por lo dicho ocurre el mito, a explicar y de alguna manera procurar justificar su indolencia para enfrentar la realidad que le impone trabajo y esfuerzo al cual se niega perdidamente, pues él, nacido por obra y gracia de la naturaleza, tiene un incontenible derecho a disfrutar de ella y de cuanto esté a su mano. Por eso, el indio cree que todo lo que ve es suyo, sin gastar esfuerzo alguno, y sin tener que consultarlo con su verdadero dueño o quien ha creado. Surge de allí la gran interrogante de si debe civilizarse al indio y hacerlo parte de nuestra cultura, o si más bien debe protegerse para que continúe en su estatus, sin imponerle reglas ni costumbres. Bolivia es un curioso pueblo de una composición altamente indígena, pero no de etnias venidas a menos o desprotegidas, sino de indios productores y consumidores, con claras reglas de convivencia. El ejemplo dado precisamente en los últimos procesos electorales ponen muy en claro que el boliviano es indio, pero menos indígena que cualquier otro de su entorno continental. Es un indio productor y consumidor, que no se deja embaucar por el sonido de la kena, ni por el tamborilete de su hermosa música. El boliviano sabe y entiende de libertad, a su estilo y como se lo tiene enseñado la naturaleza, nunca ha sido conforme con los tiranuelos de turno, y si los ha tenido que soportar lo ha hecho mientras toma aliento para sacarlos y devastarlos. La historia boliviana está llena de curiosos casos, donde, cuando casi se daba por perdida una causa, allí salía el Cóndor para llevar a sus almas muy en alto y hacerlos reaccionar contra el tirnuelo de turno. El indio boliviano es un indio peculiar, poco entiende mancomunidades y propiedad colectiva, está apegado a que lo sudado por él, le da privilegio para disponerlo y disfrutarlo. Nuestro amigo Don Regalón consideró que está desenfocado, cree, a pie juntillas, que lo ha hecho muy bien y que tiene bajeado al pueblo boliviano bajo el hechizo de libertades que bien saben ellos jamás disfrutarán. Por eso y no por otras causas políticas, fracasará la causa de Evo, tal cual se ha iniciado el repudio general a sus discursos sublevantes y fundados en las diferencias de la raza, cuando que ello ni poco ni mucho le interesa al nativo, sino que aprecia y valora su verdera libertad, paz y seguridad. La pretensión de Don Regalón de amenazar con uno y más vietnams es otro sueño quebrantado más del intoxicado socialista del veintiuno, que ni es socialista ni convence a ninguno. Don Regalón anda como el cigarrón, no sabe en cuál palo seco meterse ni qué hueco hecho por otro puede servirle de nicho para sus oscuros planes. Como en el llano venezolano, seguramente terminará pegado en la grasa, los que de él se defienden y lo adversan sabrán poner la manteca en la boca del agujero, de tal manera que en esas ahora frecuentes entradas y salidas a que ocurre para mantener popularidad y aplausos del indefenso pueblo, en una de esas pegará sus alas y allí se quedará, sin que nadie lo ayude, ni quien se las juegue por él. Esa procaz e insensata amenaza, justamente valorada por cualquier país serio o por la ciudadanía de su propio entorno serían suficientes para apartarlo de todo chance de seguir mandando, para toda pretensión de un liderazgo que no merece ni ha sabido ganarse por convencimiento, sino a los realazos, y esa fórmula ni aún con las sibilinas féminas suele ser del gusto de nadie. Tarde o temprano vendrán muchas novedades, que ni el mismo Don Regalón, ni sus acólitos esperan. Juan Pueblo sabe de qué se trata y de lo que vengo hablando, tarde o temprano vendrá, su reacción y con ella la solución a los problemas de este país que se ha puesto realengo, grotesco, grosero, sin rumbo ni timón que lo fije.
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