Editorial
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La institucionalidad ¿objetivo militar?

 Ramón Guillermo Aveledo

Entristece ver a Aristóbulo Istúriz llamando "enemigos" a los opositores y casi a cualquier discrepante. Es un docente, un dirigente político con perfil propio antes de 1998 y un discípulo del humanismo de Prieto Figueroa, quien definía la política como "ejercicio sincero de la actividad humana creadora y sincrética, tendiente a buscar el camino de la conciliación y el mayor grado de perfección de los sistemas..." y enaltecía a quien ejerce el poder "por encima de miserias instintivas" y la oposición que no es "respiradero de calumnias", sino responsabilidad. La visión bélica de la política no cuadra con sus antecedentes.

En democracia el adversario no es enemigo. Con quien piensa distinto se convive, se compite y, más frecuentemente de lo que uno cree, se colabora. Así es la vida y así es la política democrática. Lo demás es fantasía peligrosa. Para la sociedad, porque la enferma. También para quienes se engañan con esa visión de una humanidad en alto contraste.

El lamentable canto al sectarismo excluyente coincide con la vergonzosa cháchara del Ministro de Defensa, al llamar "burros" y "cobardes" a los oficiales "institucionalistas". Poniendo que el orador tenga cómo medir la inteligencia o el valor de alguien, el hecho es que quien ha jurado cumplir la Constitución le dice brutos y miedosos a quienes son leales a ella, puesto que según su artículo 328, la FAN "constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política (...) al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna..." ¿Y entonces? Quien sea institucionalista está cumpliendo con su honor militar y patriótico.

La institución es obra colectiva, nunca proeza individualista. La institución es obra paciente, tenaz, prolongada en el tiempo, no conejo que saca el mago de un sombrero de copa o de una boina roja. La institución es poder despersonalizado. La institución es tejido social, estructura, cultura. Jamás capricho, plastilina en los dedos del mandón, ocurrencia de habladurías un mediodía dominguero. Porque una cosa es institucionalidad y otra, distintísima, instrumentalidad.

La democracia necesita instituciones para consolidarse y perdurar, y éstas necesitan a la libertad para desarrollarse a plenitud. Democracia e instituciones son todo lo contrario al poder concentrado y arbitrario de los dictadores. Por eso, para el personalismo mesiánico, y sus servidores por convicción o interés, la institución es el enemigo.

 

 

 

 



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