La Transición: ¿Todo o nada?

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“¿Pedir perdón, a quién?… ¿pedir perdón, de qué?”

General Augusto Pinochet 

Ex Dictador de Chile

¿Es posible derrotar a un gobierno militar si las normas las  impone él mismo y, de paso, por la vía político electoral?

Hagamos un poco de memoria. A finales de los años 80, y luego de intensos esfuerzos para derrotar al General Augusto Pinochet por la vía de la movilización social y callejera, e incluso del empleo de las armas en clandestinidad (como fue el caso del MIR), la oposición chilena llegó a la conclusión de que esa estrategia era absurdamente asimétrica e implicaba un verdadero baño de sangre inocente. La razón? Muy sencilla: los militares en el poder controlaban todas las instituciones y concentraban un enorme poder de fuego. Esta asimetría reclamaba urgentemente un cambio en la  estrategia de parte de los demócratas. Ese cambio de estrategia implicaba un viraje hacia la adopción de otra estrategia: enfrentar al régimen militar por medios político-electorales, renunciando a todo tipo de violencia.

Esta nueva postura política fue en extremo compleja, porque supuso múltiples negociaciones al interior de la propia coalición opositora democrática. 

Puesta en marcha la nueva estrategia, surgió sin embargo una diversidad de voces opuestas a ella, tanto en Chile como en el resto de América Latina y el mundo. Decían (como afirman hoy múltiples voces en Venezuela), que enfrentar a una dictadura y derrotarla, con las reglas de juego  y las instituciones establecidas por el propio régimen, parecía -cuando menos- algo ingenuo.

Hacia finales de 1987, apenas doce meses antes del plebiscito fijado por la propia Constitución de Pinochet, comenzaron a alinearse criterios al interior de la oposición.

En el Chile de aquel entonces (al igual que sucede actualmente en Venezuela), la estrategia político electoral tuvo entre sus principales detractores a una parte muy relevante de los propios opositores, quienes no se ahorraron ningún esfuerzo para atacar, acusar, sembrar dudas y rechazo hacia los líderes del campo democrático.

En aquel contexto tan complejo, la oposición chilena tuvo que aceptar un amplio margen de impunidad, así como la continuidad de las políticas liberales que, en materia económica, atribuían al dictador el llamado “Milagro Chileno”.

En su oferta programática, la Concertación ofrecía avanzar en el camino de la verdad y la justicia; sin embargo, la realidad es que aceptaba las reglas de juego pactadas e impuestas por el pinochetismo: Constitución del ‘80, senadores designados y vitalicios, sistema binominal, Ley de Amnistía, control del ejército, entre otras. 

De modo que la lucha por la verdad y la justicia del gobierno de la Concertación debía ser, en realidad, una lucha por la verdad y la justicia…, “en la medida de lo posible”. 

La imagen de Pinochet entregando la banda presidencial a Patricio Aylwin simboliza esta transferencia controlada, lenta y pacífica, que caracterizó la transición chilena, de la dictadura militar, hacia un estado de Derecho.

A diferencia de aquél Chile, el único “milagro” que el gobierno del presidente Nicolás Maduro puede mostrar es el de haber destruido la economía del país con los mayores recursos de la región. Sin embargo, un mismo acertijo  ronda nuestras mentes, tal como atormentó a nuestros hermanos australes de aquella época: ¿militarismo sale con votos?

La experiencia histórica habla por sí sola. Una respuesta equivocada nos deja con una opción: “o es todo, o es nada”, lo que no constituye una opción política, sino una conducta sentimental que prolongaría la crisis.

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