La triste muerte del médico veterinario (2235221)

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    La sombría negociación se llevó a cabo en un cuchitril ubicado en el pandemonio de pasadizos, tarantines y puestos insalubres del mercado de Los Goajiros de Valencia. Entre el oscuro intermediario de mirada siniestra, y el otro, quien le vendía “sus servicios”, las palabras fueron rápidas, escuetas. No hubo problemas para llegar a un acuerdo y eso fue posible gracias a que se acostumbraba a que se respetara la tarifa establecida; sin regateos, excesivas preguntas ni imbecilidades que lo único que podría era traerles problemas al contratado y al contratante.

    Con el fajo de billetes en mano como adelanto y sin ningún recibo delator a futuras investigaciones, se selló el macabro trato. Macabro, porque sencillamente no se estaba negociando un pantalón ni una blusa de contrabando, no, lo que se estaba vendiendo y comprando ahí era la vida de un ser humano.

    Acostumbrado a aquellas lides, el sicario le dijo a su cliente sin nombre que lo diera por hecho. Así que deslizó los billetes en el bolsillo de su amplia guerrera y fue a tomarse un cafecito “con la mente muy limpia” mientras pensaba la forma de hacer el trabajo.

    Comenzaba el mes de enero de 2009 y aún el ambiente decembrino se dejaba sentir como un remanente benigno del recién culminado 2008. El sicario, luego de la entrevista con el tenebroso “comprador”, se reunió entonces con su camarilla de cómplices en una venta de empanadas de la zona. Siempre que tenían un encargo, se veían ahí, para “cuadrar” la forma más eficiente de liquidar a la marcada víctima.

    Quien les escuchara hablar, por las expresiones y los gestos desprovistos de todo sentimiento, creerían que estaban conversando sobre la forma de hacer prosperar un negocio en común. Y es que precisamente para ellos, era algo así. “No era nada personal, es solo que hay que cumplirle al cliente para no manchar nuestra reputación”, solía decir con frialdad uno de ellos. Lo único que valía era el dinero y no la sangre vertida, las vidas segadas, los gritos del marcado ni el sufrimiento de los familiares.

    La reunión de planeación no duró más de un día. Allí, con la practicidad homicida, resuelta y eficaz que muy bien pudo haberles enseñado el mismísimo Heinrich Himmler (el perverso genocida jefe de las SS alemanas de Hitler), los convocados trazaron “la solución final” para su víctima propiciatoria.

    La lista de la muerte

    La fecha: 5 de enero de 2009. Hacía tres días que los asesinos habían comenzado a seguir al médico veterinario de nombre Francisco, de 51 años de edad. Un hombre noble, altruista y muy conocido y querido en el ámbito nacional. Sin saberlo, él encabezaba la lista de la muerte, creada por un oscuro personaje de quien se decía controlaba un poderoso imperio cimentado en la venta de narcóticos a gran escala.

    Este “poderoso señor” era quien había decidido quitar del camino a Larrazábal al precio que fuera para evitar que atestiguara en su contra en un eventual juicio. Los pormenores del conocimiento que el veterinario tenía sobre ese escabroso asunto solo eran del conocimiento de la Policía Científica, y aunque ellos no lo obligaban para que dijera lo que sabía por los riesgos que eso implicaba, como ciudadano honesto e intachable, Francisco había decidido decir lo que sabía, que en realidad era muy poco, y se limitaba a algunos movimientos extraños de aeronaves en una finca colindante al Haras “Francisco” de su propiedad y ubicada en Tocuyito, municipio Libertador.

    Así que aquel fatídico 5 de enero, “la logística de la muerte” ya había comenzado a marchar y los asesinos siguieron nuevamente al veterinario hasta el casco central de Tocuyito. Cuando él llegó a su consultorio a la 1:30 del lunes, su secretaria le pasó una llamada muy peculiar. Era de parte de un cliente que le pedía que se vieran para que le atendiera un caballo.

    Extrañado, pero sin que sus nacientes sospechas fueran de mucho alcance como para ponerlo en guardia, el doctor Francisco le dijo al desconocido que no atendía a domicilio, pero que podía llevarle el potro para evaluarlo. Al otro lado de la línea, el asesino frunció el ceño y dijo que no había problema entonces. Mentía. Aquella inesperada respuesta trastocaría el plan y les haría a él y al motorizado que lo transportaba llevarlo hasta el haras.

    El asesino colgó, pero inmediatamente le pidió a la muchacha del alquiler de teléfonos donde se encontraba que le permitiera hacer otra llamada. Se comunicó con sus cómplices y les informó lo sucedido. Estuvieron de acuerdo en que debían ir hasta allá. Pero solo los dos designados, dado que así se correrían menos riesgos a la hora de escape.

    Sudando la gota gorda, el sicario montó de parrillero en la moto y ordenó al conductor que arrancara. Iban a hacerlo de una buena vez. Mientras el motor rugía bajo sus piernas, aquel cuerpo desprovisto de alma, remordimientos, ni nada que pudiera considerarse humano, sentía que rezumaba la adrenalina como si ésta fuera el combustible de la máquina exterminadora en que se había convertido desde que se unió al grupo de sicarios.

    Batalla de Piloneros y Sateros

    Los Piloneros era el apodo de aquel grupo dedicado al funesto negocio de la muerte por encargo y que desde que se unió a ellos, se sentía temido y hasta admirado. La moto avanzaba inexorable, su mente “serena” seguía sumida en divagaciones. Total, “el trabajo era muy fácil” y él estaba acostumbrado.

    Algunas veces escuchó de aquella carnicería que los Piloneros y Los Sateros libraron a las márgenes del río que separaba sus pueblos en una región de no sabía qué parte de Colombia. “Cadáveres flotando en el río como si fueran troncos, sangre dándole color de muerte al agua…, eso sí era una batalla…”, se decía a sí mismo rememorando la eterna pugna entre esas familias colombianas antes de que la trasladaran a Venezuela a mediados de los 80.

    Al llegar a la calle flanqueada de chaguaramos que conduce al interior del haras, el asesino ordenó a su compinche que detuviera la moto, pero que no la apagara y que se pusiera en posición de escape. Acto seguido se bajó, se acomodó la pistola entre sus ropas y avanzó con paso firme hacia la entrada del consultorio del Dr. Francisco.

    El caballo ennoblece al noble y envilece al vil

    Lo primero que vio fue la inscripción del proverbio árabe en la parte alta de la pared que rezaba: “El caballo ennoblece al noble y envilece al vil”. Aquellas palabras llamaron su atención y se le antojó que muy bien pudieran servir de epitafio para aquel noble hombre que iba a matar. “Pero trabajo es trabajo”, murmuró.

    “¡Dr. Francisco, Dr. Francisco!”, llamó el recién llegado y el confiado veterinario salió a ver quién era. Sin temblarle el pulso, el asesino disparó en repetidas oportunidades. El cuerpo de Francisco se estremeció cuando los plomos candentes lo atravesaron, arrancándole chorros y nubes rosa de sangre. Todo acabó para él en fracciones de segundo.

    El sicario, cumplida su mezquina labor, salió a la carrera como alma que lleva el diablo y huyó con su compinche. El cadáver del veterinario quedó tendido. Periodistas y policías, que fueron a la escena del crimen, sintieron escalofríos cuando una yegua alazana, con su relincho lastimero, avanzaba con paso lento, mirando hacia donde estaba el cuerpo ensangrentado. Muchos coincidieron en que parecía algo loco, pero la yegua parecía estar despidiéndose del veterinario.

    La conmoción que causó aquel asesinato aumentaría en los días venideros, cuando el Cicpc descubriría a los autores materiales e intelectuales; pero antes, otro de la infausta lista, un reconocido periodista, sería asesinado vilmente el viernes 16 de enero…, pero eso, eso es otra historia.
     

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