Un mensaje para la juventud

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Es obvia la importancia que tienen los jóvenes para la Venezuela de hoy y la del futuro. En principio, pese a la diáspora, siguen siendo numerosos según datos estadísticos, los ciudadanos entre 17 y 35 años constituyen un segmento nada despreciable de la población. Los jóvenes son los más entusiastas de la red 2.0 y quienes mejor han aprovechado las oportunidades económicas, políticas, culturales y sociales de las tecnologías de la información. Un importante grupo de jóvenes son estudiantes o profesionales de reciente titulación, es decir, que tiene aspiraciones de ascenso social en base al trabajo y a competencias adquiridas académicamente. Los milenials podrían tener un peso político inobjetable.

Ahora bien, son los jóvenes quienes sufren la peor parte de la crisis. La educación media, técnica profesional y universitaria presenta un cuadro de desinversión, deterioro y baja calidad que solo permite diagnosticar la intención gubernamental de desmantelar el sistema educativo. Al egresar, los jóvenes profesionales se encuentran o con salarios miserables, propios de la neoesclavitud, o con el duro desempleo. Peor aún, si son mujeres, no existe en Venezuela el reconocimiento de la doble jornada, es decir, no existe legislación que compense salarialmente a las madres que, además de cumplir su horario de trabajo, al llegar a casa siguen trabajando en los oficios del hogar.

Socialmente, hay cambios fundamentales que los milenials nos están enseñando. Los jóvenes son más abiertos, tolerantes y autónomos con respecto al ejercicio de su sexualidad e individualidad y eso choca de frente con una sociedad pacata, machista, heteronormativa y conservadora que no reconoce legalmente el matrimonio igualitario, la maternidad subrogada, la homoparentalidad, la libre y pública expresión de los afectos, el aborto, la transexualidad, pues, casi nada. De hecho, ser joven en Venezuela es tener que serlo, obligatoriamente, en su versión heterosexual, cisgenero y “provida” o sufrir acoso, violencia y discriminación. Vale agregar que solo este quiebre de la moralidad pública ha conducido a muchos al suicidio.

La participación política de los jóvenes también es un problema. A muchas universidades se le han suspendido, por décadas, la celebración de elecciones estudiantiles o, peor, hay lugares donde ni siquiera existen como en los casos de la UNEFA y la UBV. La voz de los jóvenes es silenciada y solo parecen, desde la perspectiva de los medios de comunicación, que los jóvenes son buenos como decoración en las ruedas de prensa o como “tira piedras”, pero no ejerciendo liderazgo en cogobiernos, en los partidos, en los gremios o en los sindicatos por considerarlos “sin experiencia”.

Ese país sin oportunidades es el motivo sustancial de la diáspora, sin embargo, es necesario advertir que un grupo importante, quizá mayoritario de jóvenes, si se quedará en el país, resistirá el palo de agua de la dictadura, y, finalmente, serán los conductores de la sociedad futura. Quienes hoy se atornillan estúpidamente al poder, como si fueran de verdad “Comandantes Supremos y Eternos” deben enterarse que por vejez o por muerte natural dejarán de estar, “del polvo vienes y al polvo volverás”, y allí estarán los suplentes que recogerán el testigo. Cuando observo a uno de mis estudiantes no veo a un [email protected] [email protected] y [email protected], veo a futuros rectores universitarios, presidentes de colegios profesionales, directivos de sindicatos, secretarios generales de partidos, alcaldes, gobernadores, diputados y presidentes. Este mensaje a los jóvenes es más bien un mensaje a los personeros de la dictadura militar que lleva 20 años envejeciéndonos: tienen dos opciones, o facilitan la transición al nuevo liderazgo emergente o se convertirán en un estorbo cuyo destino es ser superado inevitablemente.

 

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