Una lectura provechosa

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Una entrañable amiga me obsequia desde Berlín, vía correo electrónico, la novela "El asco", del escritor salvadoreño Horacio Castellano Moya. Leí sus 118 páginas con la misma velocidad de vértigo con la que gira, avanzando y reiterándose, su apabullante solo de literatura a ritmo de metralla. Línea tras línea son apaleados los juicios y valores que conforman la imagen y la identidad de un país presentado como el más indeseable lugar del mundo. 

Se trata de una crónica sobre el más extraño de los exilios. Porque el personaje de la novela, Edgardo Vega, no abandona El Salvador por motivos económicos, culturales  o políticos sino por un desamor que fue mutando desde el desprecio al más profundo odio hacia el país natal. La repugnancia es universal: la patria, el pueblo, los militares, la educación, la cocina, el folklore, la guerrilla, los paramilitares, los curas maristas, el futbol, la música, los bares o la familia. Ningún elemento de la nacionalidad queda a salvo del monólogo de Vega, pronunciado después de 18 años de residencia en Canadá.

 Es el registro de un fracaso personal elevado a fracaso nacional por las deficiencias y carencias de la transición que se perdió buscando una sociedad mejor que la que dejó una guerra civil con 100.000 muertos. Podría decirse que "El Asco" es literatura de la frustración. 

Pero esa percepción oscura y desagradable que se anticipa al vómito no es una reacción puramente fisiológica. Está provocada por un país que, en esos momentos, había sustituido la política por la guerra, el diálogo por la imposición, atrapada en el deterioro económico, marcada por el empobrecimiento social, regida por el desprecio a la vida y sometida al fuego cruzado de una pugna ideológica y fanática por el poder. Esa catástrofe obliga, según la perspectiva de Vega, a sentir vergüenza por vivir en la ciudad mugrienta, siniestra y rumbo a la inviabilidad en la que se disolvía San Salvador.

Pero antes de encorvarnos hacia el suelo hay mucho que hacer. El desagrado puede ser combatido y los ciudadanos pueden evitar perder su país. Hay muchos motivos para que la gente asuma su propia defensa y adquiera la capacidad de perseverar. Se puede preservar el orgullo de vivir si se logra conquistar las condiciones necesarias para ennoblecerla. El desarraigo cívico, el abandono de los deberes de conciencia no son la solución. Tampoco la desesperación frente a un país cuyo gobierno lo acosa, lo constriñe, lo aprovecha, lo divide y lo destruye a plazos.

Hay gente que ha decidido irse. Tuvieron el valor de salirse de su territorio de confort y saltar hacia otros desafíos. Quisieron dar por si mismos el salto que el país está impedido de dar.  La mayoría adquirirá conocimientos y experiencias que estarán disponibles cuando se supere este periodo de dominación autoritaria y deshilachamiento de lo que hemos sido como nación. Ellos son el ancla que estamos lanzando hacia el futuro.

 Los que decidimos quedarnos, resistiendo los agravios del poder contra el derecho a vivir tranquilos,  somos el país que sigue existiendo. Un país maltratado e inconforme que terminará por encontrar el camino hacia otra sociedad y otra clase de gobernantes. 

Libres de confrontaciones electorales y expulsadas  de los grandes medios de comunicación, las fuerzas alternativas y de oposición tendrán la oportunidad de retornar al país real. Hacerse visibles, accesibles y útiles para la gente.  

Los que nos mantenemos dentro de las fronteras del riesgo tenemos que sudar este país porque hay demasiados motivos para llegar a tenerlo como lo queremos. No nos vamos a resignar a aceptarlo como está hoy. Y leyendo la acida requisitoria de Castellano Mora contra el patriotismo pequeño y los nacionalismos sin sentido, ratificamos la convicción de que jamás nos dará asco luchar por hacer de Venezuela un país vivible.
@garciasim.

 

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